«La confesión escondida de un lugar perdido»

Escrito por Adolfo N. Scatena. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

Hallaba siempre para su sed lo que confundía con todas las cosas y donde nunca encontraba nada más.

Solo en sus búsquedas podía encontrarse con su sed, y podía también mezclarse con la bruma de las nubes de mil tempestades. Pero no podía hacer menos que destilarla quizás, en alguna esquina de algún bar o podía siempre en cualquier otro lugar también.
Esos bares que nunca tienen sus puertas cerradas, solo ahí se entra con sed y si no es así, la puerta queda abierta para la sed en cualquier otro lugar para quien es todo lo que traído con ella.

Algo lejos pudieron quedar sus pisadas, según por donde lo hubieran llevado sus pies, y aunque poco le quedare por seguir, seguiría con ellas hasta el final y ese lugar podría estar a la vuelta de cualquier esquina.

Esa esquina que solo amontona almas, tantas como amores perdidos y quizá puede que también algún perro ladrando.

En aquella esquina donde nunca ocurre otro reencuentro más que esas dos calles cruzándose y entrecortándose, puede tender alguna encrucijada el destino pero nunca antes otro reencuentro.

Tuvo también en algún tiempo relojes que le marcaron alguna cita, que ahora ya no existían y antes de que ocurriera la próxima relojeaba la hora: 1.40 a.m., en alguna esquina de “El Perdido”. Si ese era el lugar no podía ser aquel por el que estaba esperando. Tal vez ya hubiera olvidado su buenosaires querido; tal vez, lo más natural sería que ya tuviese bastante mal aliento por la cantidad de paquetes de más, que por ahora estaría fumando en su lugar.

Podía en “El Perdido” respirarse algo de pureza en el ambiente, pero no lo habían traído por eso sus pies, ni su sed, a estar en el medio del campo aunque estuviera perdido.
Solo había perdido nada más que un par de docenas de minutos en esa esquina, y nunca llegarían a ser tantos como para atraparlo a plena luz del día fumando.

Alguien antes entre las sombras se asomaba ya murmurando:
-Ssssh… señor, ¿me daría fuego por favor?
-Encantado estaría si me dijera dónde- respondió pitando su cigarrillo detrás de la esquina.
-Solo tendría que dar vuelta, estaba ya esperándolo desde hace un año- susurró con una pesada voz del otro lado.

Lo esperaban desde hacía ya un año y no respondía todavía dónde, solo que diera la vuelta. Y dio media vuelta, para arrojar un cigarrillo encendido y luego ya no estaba más ahí.

Se fue silbando junto a los cometas y algún que otro fuego, para ser de repente una difusa y pequeña luz que pronto se hizo humo. En todo aquel cielo nocturno solo brillaba una encendida luz de luna llena sobre esos pies, para que nunca más girara sobre ellos; ni para encontrar algún lugar aunque estuviera muerto el perdido, o no hubiera nadie en lugar del muerto.

Tendría algunos compromisos pendientes y el que menos hizo esperar fue el cigarrillo en su boca. Después, sus pies siguieron adonde apuntaba la Luna; miró su reloj por segunda vez y nunca más detuvo su marcha hacia adelante… donde siempre habrá amigos hasta en el más perdido lugar de su memoria.

Y dejó todo lo demás a su buena memoria… Un amigo.

Por: Adolfo N. Scatena

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