Lydia Cabrera, la ’negredad’ de Cuba a través de los cuentos

“Un hombre subió al cielo por una cuerda de luz. El sol le advirtió: no te aproximes demasiado que quemo. Este hombre no hizo caso: se acercó, se tostó, se volvió negro de pies a cabeza... Fue el primer negro, el padre de todos los negros”

Escritora, etnóloga y antropóloga referencial para entender las raíces afrocubanas, sus relatos han contribuido al enriquecimiento de la Literatura Hispanoamericana por la atractiva visión estética con que plasma el mundo misterioso y fantástico de los ritos, las creencias, las supersticiones, las tradiciones y el folklore africanos a lo largo de la historia de la isla caribeña. Espacio y tiempo engendraron la fuerza del minucioso entramado de su literatura, en la constante búsqueda de su impetuoso afán del conocimiento de la raigambre del continente negro, cimientos muy imbricados en la cultura cubana. A través de su obra descubre los tesoros de la oralidad en su Patria y con su vasta y fértil investigación, muestra la verdadera herencia africana de la que es depositaria Cuba. Con su investigación penetró y viajó por las raíces de su tierra para conocer los misterios que en ella se encerraban; todo ello contribuyó a lograr obras que son extraordinarios patrimonios de la literatura.

El comienzo

Lydia Cabrera Marcaida nació el 20 de mayo de 1899 en Nueva York, circunstancialmente, y desde bien pequeña vivió en Cuba. Sus padres eran Raimundo Cabrera y Bosch (escritor, abogado, hombre prominente y defensor de la independencia cubana) y Elisa Marcaida y Casanova. Lydia era la menor de ocho hermanos y debido a su naturaleza enfermiza, durante su niñez no asistió a la escuela: estudió principalmente con tutores en su propia casa, lo que contribuyó a que su aprendizaje no tuviera rigor didáctico.

Su padre también era presidente de la primera corporación cubana, La Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en el siglo XVIII. Dueño además de la revista literaria Cuba y América, en ella Lydia hizo sus primeros ensayos como escritora. A los trece años escribía para la publicación una columna semanal con el seudónimo “Nena”, en la que cubría temas de sociedad como casamientos, anuncios, nacimientos y notas necrológicas.

Y leía con avidez: sus escritores favoritos eran Núñez de Arce, Gustavo Adolfo Bécquer, el duque de Rivas, Ramón de Campoamor y José de Espronceda.

Lydia y su padre, el abogado Raimundo Cabrera y Bosch

Muchos años más tarde, recordaba que su preferido era «Alejandro Dumas. Todas aquellas historias de D’Artagnan, Athos, Portos y Aramis se me subieron a la cabeza como a Don Quijote los libros de caballería, convirtiéndome yo en D’Artagnan… ¡en el duque D’Artagnan! -no en duquesa-, que no hubiera sido lo mismo».

También desde niña se sintió atraída por las leyendas y creencias mágicas de los negros. Fue iniciada en el folklore afrocubano por el notable investigador Fernando Ortiz y Fernández, un etnólogo, antropólogo, jurista, arqueólogo y periodista, estudioso de las raíces histórico-culturales afrocubanas, que realizó notables aportes relacionados con las fuentes de la cultura de la isla.

Fernando Ortiz y Fernández junto a Lydia Cabrera

Por su labor investigadora, así como por la amplitud y profundidad de sus temas de estudio Ortiz es conocido como el tercer descubridor de Cuba, después de Cristóbal Colón y Alejandro de Humboldt. Investigó especialmente la presencia africana en la cultura de su país. Con el concepto de transculturación realizó un importante aporte a la antropología; indagó y profundizó en ese concepto y en la formación histórica de la nacionalidad cubana e insistió en el descubrimiento de lo cubano.

A Europa

El padre de Lydia murió en 1923, y dos años más tarde ella viajó a Santander, España, y luego siguió a París; allí decide volver a Cuba para hacer «dinero propio» y así poder regresar a la capital francesa a estudiar pintura. Y volvió; a principios de 1927 está nuevamente en París con su amiga Amelia Peláez, para quedarse. Se instaló en el bohemio barrio de Montmartre, en el número 11 de la Avenue Junot, donde pasó dos años pintando, como estudiante de L’Ecole du Louvre (La Escuela del Louvre), en la que se graduó en 1930; también estudió culturas y religiones orientales y pasaba los veranos en Italia. En 1932 murió su madre.

En Cuba había dejado una tienda que se dedicaba a importar decoración de interior y antigüedades, además de una fábrica de muebles de cierto nombre en la cual trabajaban 25 ebanistas. En La Habana había recibido clases del pintor Leopoldo Romañach y en París conoció a Alexandra Exter de la cual también recibió clases. Cuando descubrió que las artes plásticas no eran lo suyo destruyó parte de su obra, por lo que no ha llegado hasta la actualidad más que sus letras y sus fotografías.

La edición francesa apareció cuatro años antes que la española

Durante su estancia en París asistió a una exposición de arte africano con el escritor Francis de Miomandre. En la velada Lydia le comentó al destacado autor que ella tenía unos cuantos cuentos negros que había escrito para entretener a su amiga Teresa de la Parra, escritora venezolana, cuando ésta había estado enferma. Francis, amante del mundo afro, insistió en leerlos, los tradujo y tres días después se apareció con el cheque de la editorial para publicar aquellos Cuentos negros de Cuba que aparecieron en francés -1936- cuatro años antes que en castellano.

Habían sido publicados en forma dispersa en Cahiers du Sud, Revue de Paris y Les Nouvelles Littéraires.

Estaban inspirados en relatos oídos a viva voz, que constituyen tanto un enorme aporte al conocimiento del folklore negro como una recreación poética. Apasionada por el universo imaginario de las diferentes culturas africanas en Cuba, Cabrera se unió de esta manera a la poderosa corriente que las raíces del misterioso continente negro habían despertado en Europa de la mano de Leo Frobenius, Blaise Cendrars y Paul Morand, entre otros. El libro atrajo inmediatamente la atención de la crítica.

“El negro cubano era muy abierto y estudioso de su herencia, conservaba sus lenguajes y todo el folklore de sus tierras africanas; ellos se abrieron a mí porque me acerqué con respeto y educación…”

María Zambrano (izq.) y Lydia Cabrera en España

De regreso a Cuba en 1939, Lydia Cabrera continuaría, con rigor de etnógrafa, el estudio y la recopilación de las leyendas y mitos afrocubanos. Como afirmaba la filósofa y ensayista española María Zambrano, la obra de la autora cubana “es el mundo de la raza esclava hasta el dintel de nuestros días el que ella libera. Tuvo que ir muy lejos porque ha tenido que adentrarse en su infancia. La raza de la piel oscura es la nodriza verdadera de la blanca, de todos los blancos en sentido legendario. Lo ha sido de hecho desde la esclavitud y verdadera libertad del liberto de esta Isla de Cuba donde las gentes de más clara estirpe fueron criados por la vieja aya de piel reluciente, cuyos dichos, relatos y canciones mecieron, despertando y adurmiendo a un tiempo, su infancia. Y así la venturosa ‘edad de oro’ de la vida de cada uno se confunde en la misma lejanía con ‘el tiempo aquel’ de la fábula, ¡felices los que tuvieron pedagogía fabulosa!… Memoria, fiel enamorada que ha proseguido su viaje a través de las zonas diversas en que cosas y seres danzan”.

Por su dedicación a su trabajo se ganó la confianza de los afrocubanos, algo –entre otras cosas- que le permitió en 1950 recorrer todo el país y recopilar mucha información sobre rituales y mitos que eran conocidos por pocos, pues estaban guardados como un gran tesoro por los ancianos negros.

Todo esto contribuyó a lograr obras extraordinarias, verdaderos patrimonios de la literatura. Su libro El Monte es considerado por muchos una obra maestra, una especie de Biblia de las religiones afrocubanas, en el cual según su propia autora el mérito radica en que son los mismos negros de Cuba los que hacen el texto, sin mediar el filtro cientificista que pudo haber puesto ella; es un libro desde los mismos negros, quizás en ello radique su importancia, la estructura a decir verdad es un poco desordenada, pero sin dudas es un viaje por las costumbres más arraigadas del pueblo cubano.

Mariela A Gutierrez sobre Lydia Cabrera

Sus relatos abordan diversos temas: el origen del universo africano, animales personificados, los dioses, los animales y las plantas, su destino y quehacer en la vida.

Lydia Cabrera y los personajes de su cosmovisión

Nadie ha podido superar la sabiduría condensada en este libro sobre los principales fundamentos de La Regla de Ocha, El Palo Monte o alguno de los celosamente guardados secretos de los abakúas. La cubanía se desparrama en estas verdes páginas donde se puede hallar remedio para «vencer» cualquier obstáculo (brujerías, mal de ojos) y curarse a partir del conocimiento de plantas medicinales.

El monte – Lydia Cabrera (1954). Santería: religión afrocubana

El prólogo ha sido escrito por el agrónomo-poeta cubano –amigo estrecho de Lydia- Gastón Baquero: «Lo que Lydia Cabrera ha llevado a cabo en forma impecable, en forma casi tan apasionante como la de una buena novela, es transmitirnos la vitalidad concedida o reconocida por nuestros antepasados al monte».

Dibujos y notas de Lydia Cabrera para “El Monte”

En el libro se revelan los misterios de La Regla de Ocha o Santeria, la muy difundida pero poco conocida y misteriosa constelación de religiones provenientes del suroeste nigeriano, que se conformó en Cuba desde finales del siglo XIX. En este credo se rinde culto a los orishas (deidades) y a los antepasados, cuyas funciones principales son las de proteger a sus devotos y orientar sus vidas. Para tomar decisiones o mantener determinada conducta, los creyentes se valen de la interpretación de diversos mitos, leyendas, proverbios y sentencias que acompañan a cada deidad y celebran diversos ritos para lograr la armonía y de conquistar la voluntad del objeto de devoción.

Leyendas de antes y después de la Conquista-Lydia Cabrera y Rubén Darío

Los oráculos de La Regla de Ocha o Santeria ayudan a consultar problemas de la vida diaria, como la pérdida del trabajo, trastornos en la salud, conflictos matrimoniales o amores imposibles, muertos que acompañan y no dejan vivir en paz por una mala jugada del destino. Todos estos sistemas de adivinación dirán las formas de evitarlos o superarlos, de acercarlos o desprendernos de ellos.

La realidad de Lydia Cabrera

Como a leyendas de antaño se puede uno acercar a la cuentística de la escritora cubana. El maravilloso encanto que exhalan las páginas de Cuentos negros de Cuba, Por qué… y Ayapa: cuentos de jicotea, traslada siempre a un mundo mágico donde se desvanecen esas fronteras que, dentro del imaginario convencional de la sociedad occidental permanecen infranqueables.

Se trata de un mundo en el que un árbol no sabe ser enteramente un árbol, ni objeto la cosa, o animal el animal. No, han de ser lo vegetal, lo animal y lo inanimado también hombre para que el ser humano se confunda en materia universal. Circulan las voces con los besos y los golpes en este universo, selva de significados inextrincables, que vierte la autora en su literatura de ficción.

Sin embargo, algo atrae tanta magia hacia lo real, plantándola cabalmente en la cotidianeidad. Y es que en esa orbe espesa de fantasías son protagonistas las aguas y los fangales, los vientos y caminos, los animales, los hombres y las mujeres de la Isla de Cuba. Universo poblado de misterios, litúrgico y negro, pero aún más, y por sobre todas las cosas, cubano.

Mujeres en los cuentos de Lydia

Sus mujeres irrumpen con la fuerza de los mitos que interpretan. Yemayá, Ochún, Oyá, Obba y otras diosas de La Regla de Ocha o Santería cubana, son con frecuencia concebidas por Cabrera como madres y hembras: mitos de una cierta femineidad a quienes se les permite, en el universo representado en estos cuentos, comportamientos considerados por el resto de la sociedad como ilógicos, imposibles o immorales. En su papel de hembras plenas y sensuales, estos personajes llevan vidas notablemente cubiertas de un simbolismo que no ilumina los senderos de la moral en uso, porque responden a otro Vocabulario Congo, ordenamiento cósmico de la realidad.

Son mujeres míticas andando y desandando un mundo propio, el de los cuentos de Lydia Cabrera, el que captara la sensibilidad de la sagaz investigadora y trasmitiera la imaginación literaria de la prosista.

El mundo de estos personajes no es real pero no sabría ser tampoco enteramente irreal. Se contentaría tal vez en constituirse en una especie de entidad surreal, a la que se llega por el suave transporte de una mirada singular. En este espacio surreal vive cierta mujer cubana negra e intensamente mágica. La que ve la escritora, y que, como su ambiente, no llega a ser totalmente real o irreal.

Persiguiendo el halo fantástico que despiden estas particulares figuras femeninas, así como su gracia y su inmoralidad magnífica, habrá posibilidades en estas páginas de adentrarse en las construcciones éticas del universo cuentístico de Lydia.

¿Quiénes son estas mujeres?

Aunque pululan numerosas, impregnando de resplandeciente belleza cubana la totalidad de la obra ficcional de Cabrera, esta peculiar representación femenina desplegada por la narradora pertenece al libro Cuentos negros de Cuba.

De la veintena de relatos recogidos en dicho volumen, cuyo valor literario no ha dejado de ser elogiado desde que fuesen editados por primera vez, pueden seleccionarse tres: Los compadres, Apopoito Miamá y Suandénde. En ellos, interpreta la mujer papeles protagónicos, donde aparece no solamente convertida en explosión de belleza y encanto, sino también de astucia e inteligencia que le sirven para imponer su voluntad y su deseo. La alegría de vivir vence en estos cuentos la fuerza inercial de las conveniencias morales. La imagen que aquí se ofrece de la mujer dista en grado sumo de aquella que se funde bajo el sol de la existencia ordinaria, entre las tenazas éticas de la sociedad contemporánea.

Lydia Cabrera en Matanzas, Cuba, en 1956, haciendo trabajo de campo

Desde las primeras líneas de Los Compadres, Cabrera nos recuerda que, en el mundo de sus cuentos, lo que por lo común es considerado un pecado, deja de serlo inclusive a los ojos de las divinidades que lo rigen. La autora explica, a través de dos graciosos relatos míticos de Ochún, el escaso rigor acusativo que se extiende sobre la infidelidad. “Todos somos hijos de los Santos, y lo de la malicia y el gusto de pecar ya le viene al hombre de los Santos”…, sentencia la narradora.

Es así que hace su entrada la bella Dolé, “que no era mala, pero no era fiel”: la complacían todos los hombres menos el suyo propio. Era esta una muy digna hija de Ochún, a quien, como se sabe, le gustaba seducir siempre nuevos amantes, dejando abandonado al marido, fuese éste Oggún o el poderosísimo Orula.

A punto de ser sorprendida por su marido Evaristo en brazos del amante, Dolé no tiene reparos en fingir dolores y enviar al confiado esposo en búsqueda de remedios que deshicieran el hechizo del que ella juraba ser víctima. La escena se repetía siempre, Dolé disfrutaba con su amante mientras el marido se marchaba al río a conseguir huevos de caimán. Hasta que llegó fatalmente el día en que Evaristo descubrió el engaño. Tras golpear al intruso y regañar a la infiel, todo volvió a ser como antes: Dolé juró un arrepentimiento que difícilmente sentía y Evaristo la perdonó.

Lydia (izq.) y su gran amor, la historiógrafa María Teresa de Rojas

También en Apopoíto Miamá, un monstruo, pide Lydia Cabrera que se ponga en el lugar de aquella mulata sandunguera y “retrechera”, cuyo pasatiempo preferido era seducir maridos ajenos, abandonándolos poco tiempo después que estos dejaban a sus esposas respectivas. “Sonsacadora de maridos y siempre soltera”, son los epítetos que cubren a esta mujer orgullosa que “olía mejor que un cafetal” y a quien las casadas odiaban.

Recién llegada al pueblo donde la mulata vivía, una mujer había jurado que si enamoraba a su marido la condenaría a caminar hasta que encontrara al temido monstruo.

En Suandénde, es el marido celoso quien es burlado por la esposa joven con quien se retira a lo profundo del monte, lejos de la mirada de otros hombres. A la orilla del río seduce al tímido personaje que da origen al nombre del cuento. Cabrera trata a su protagonista de “inocente e indecente”, pero como a la mulata presuntuosa y a la infiel Dolé, no la condena. Muy al contrario, la dota de una astucia tremenda: la mujer consigue librarse del marido celoso, pidiéndole que buscase en el río, su “cosa dulce” que había perdido. Viéndolo alejarse corriente abajo, ella remonta las aguas, reencuentra al amante Suandénde entre las cañas bravas y de su brazo regresa al pueblo, donde todos se burlaron del marido celoso.

Un cosmos diferente

El comportamiento de estos tres personajes, bellísimas y astutas mujeres, sería capaz de alarmar a espíritus defensores de la moral dominante en la realidad ordinaria. La autora presenta, sin embargo, su listado de mujeres indecorosas con una naturalidad asombrosa, burlándose inclusive de quien pretende enjuiciarlas, atar sus alas. Si a veces se les cuelga el juicio condenatorio, no tarda la escritora en conmutarles la pena, por el aquello de que, en definitiva, no es tan grave el daño que ellas causan. Infidelidad, orgullo y seducción son delitos bastante mínimos, casi travesuras que no alteran la marcha de los días con sus noches en el cosmos reproducido en sus cuentos. Gobierna en estos parajes una ética muy distinta, hacia la que se torna la imaginativa prosa de Lydia Cabrera, dejando así a sus espaldas la ética de la realidad ordinaria. La vida cotidiana, para la cubana como para la mayoría de los escritores de su época, constituye un caos total en el que dominan leyes falsas, absolutamente desprovistas de sentido. Es lo absurdo.

Lydia Cabrera fue una exploradora tenaz de zonas ocultas de la realidad. Indagó en el casi virgen terreno de las religiones cubanas de origen africano y descubrió un mundo maravilloso, del cual se prende y donde halló soluciones a la insensatez cotidiana.

Pero de este mundo negro, como ella le llamaba, no descubre su vista otra cosa que lo que su espíritu persigue: un cosmos de coherencia perfecta. Queda pues la escritora entre las redes de la religión practicada con brío por los negros de su isla, y no ve más.

Cerrados están sus sentidos y su prosa a los conflictos existenciales, económicos, políticos y sociales de un sector secularmente humillado de la población cubana. A veces, un manto idílico se extiende sobre la situación de estos seres, en quienes Cabrera no consigue distinguir la intensa discriminación de la que fueran víctimas durante la República (1902-1959).

Cuentos Negros de Cuba

Aferrándose conscientemente a un objeto único de investigación, se cerraba Lydia accesos hacia otros aspectos de la vida de los negros. Bien lo había ya precisado ella misma: “en mis cuentos no hay protestas ni reivindicaciones… no tienen razón en un mundo de fantasía”.

En este mundo donde las contradicciones y angustias de la vida cotidiana se resuelven en un constante fluir de magias, no había pues cabida para la problemática racial ni tampoco sexual. Así como Cabrera ve armonía en la vida social de “sus negros”, serán las mujeres de este universo ajenas a la definición del pecado del que son víctimas comúnmente, y su afán seductor no podrá entonces ser juzgado. Se trata pues de un paraíso infinito, enteramente sometido a la fuerza del aché.

Es ésta materia divina que todo lo relaciona armoniosamente. Aliento mágico. Único principio que debe ser observado en las relaciones entre hombres, animales, plantas y objetos que aquí se ponen en contacto. El resto, no es ya tan importante y puede resultar, sin consecuencias, objeto de burla por parte de los personajes y de la narradora. En el aché reside, según las religiones cubanas de origen africano que Lydia Cabrera estudiara, el vector de la trascendencia fundamental. Casi como el prana de la India…

Otras mujeres, otro mundo, otra eticidad

En resumen, su mundo es y no hay por qué inventarlo, y en él, lo más importante es no interrumpir la libre circulación de ese aché que todo lo rige obedeciendo a los misteriosos designios de un equilibrio planificado por un Dios siempre oculto y todopoderoso: Olofi en la Regla de Ocha. Si la supuesta “mala acción” de alguno que otro de los personajes femeninos de los “Cuentos negros de Cuba” no atenta contra este orden, no hay por qué castigar a la “pecadora”, a quien basta con dirigir un cierto regaño. Es así que la infiel Dolé no se arrepiente ni después de muerta de sus andanzas, que la mulata “sonsacadora de maridos” es salvada, sí, pero debe antes sufrir su poco y llegar desahuciada hasta el terrible Apopoíto Miamá, y que, cuando la joven esposa logra burlar al marido celoso y parte con el amante Suandénde, la narradora no puede más que agregar un levemente irónico: “Es triste”. Porque es así, y así está bien.

Lydia Cabrera en su universo de ‘negredad’ cubana

En estos cuentos, la moraleja se tambalea indecisa entre el bien y el mal. Y es que, en fin de cuentas, en tal cosmos dominado por las fuerzas divinas del aché, ¿qué puede ser el mal y qué puede ser el bien? ¿Cuál ser podría la gran disyuntiva de estos seres, cuando la sola exigencia que se les hace es el indolente estar en medio de un gran equilibrio universal, sin osar inquietarlo?

Elogia pues Lydia el gozo físico, porque en ello va mucha de la gracia y de la alegría que también mueven al mundo. Se siente, al retratar a sus muchas negras y mulatas que desfilan por entre las páginas de sus libros, el alborozo, el canto a la vida y a la belleza exhuberante que no se detiene ante absurdos preceptos morales.

Exilio y final

Luego de la revolución marxista que instaurara a Fidel Castro en el gobierno de Cuba, en 1960 Lydia abandonó la isla rumbo a Miami porque no estaba de acuerdo con las ideas socialistas del nuevo régimen. Como todo exilio, éste fue triste, y eso devino un largo período de silencio, diez años, en los cuales no escribió, aunque brindó numerosas conferencias.

Finalmente, en 1970 publicó Otán Iyebiyé, las piedras preciosas al que en 1971 lo siguió el ya mencionado Ayapá: cuentos de Jicotea.

Lydia Cabrera Marcaida murió el 19 de septiembre de 1991. Tenía 92 años y dejó un legado incalculable e impercedero de cincuenta y cinco años de investigación de la riqueza folklórica en el universo afrocubano.

 

Fuentes: fotosdlahabana.com; lecturalia.com; mcnbiografías.com; revistalevadura.mx; espaciolaical.net; hoteltelegrafo.blogspot.com; elveraz.com; rialta.org; mujeresparapensar.com; cubadebate.com

 

 

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