Carlos Fuentes, el más puro talento mexicano

“No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”

Este narrador y ensayista mexicano, fue uno de los escritores más importantes de la historia literaria de su país. Figura fundamental del llamado “boom” de la novela hispanoamericana de los años 60 (junto a García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa y otros), el núcleo central de su narrativa se situó del lado más experimentalista de los autores del grupo y recogió los recursos vanguardistas inaugurados por James Joyce y William Faulkner (pluralidad de puntos de vista, fragmentación cronológica, elipsis, monólogo interior), apoyándose a la vez en un estilo audaz y novedoso que exhibe tanto su perfecto dominio de la más refinada prosa literaria como su profundo conocimiento de los variadísimos registros del habla común. Fue galardonado con los premios Cervantes y Príncipe de Asturias de las Letras, la Condecoración de la Legión de Honor de Francia y recibió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, entre otros reconocimientos.

El inicio

Carlos Fuentes Macías nació el 11 de noviembre de 1928 en la embajada de México en Panamá, donde su padre –Rafael- comenzaba la carrera diplomática como representante de su país. Tuvo una infancia y juventud cosmopolitas, inmerso en un ambiente de intensa actividad intelectual por su madre, Bertha Macías.

Sus primeros años se vieron marcados por el constante movimiento de residencia, ya que Rafael Fuentes fue también embajador en Ecuador, Brasil, Chile, Argentina y Estados Unidos.

Carlos Fuentes a los seis años

Vivió en Washington desde 1932 hasta 1941, donde estudió en una escuela de lengua inglesa. Publicó sus primeros escritos en Chicago, en el periódico del colegio. Regresó luego a México, permaneció allí algunos años, comenzó a trabajar como periodista colaborando en la revista “Hoy” y obtuvo el primer lugar en el concurso literario del Colegio Francés Morelos (hoy Centro Universitario México).

Posteriormente se inició en el servicio diplomático en Ginebra, Suiza, gracias al cargo que ostentaba su padre.

Estudió luego Derecho en la Universidad Autónoma de su patria y colaboró con varias publicaciones. Tras su graduación, en 1955, fundó la “Revista Mexicana de Literatura”, junto a sus colegas Octavio Paz y Emmanuel Carballo, un foro abierto de expresión para los jóvenes creadores. También se graduó Economía en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. Cuatro años después renunció al servicio diplomático y viajó a Cuba, tras el triunfo de la revolución encabezada por Fidel Castro.

Con los años, se distanciaría del régimen comunista cubano manifestando que su postura era «en contra de la política abusiva e imperial de los EE.UU. contra Cuba, y en contra de la política abusiva y totalitaria del gobierno de Cuba contra sus propios ciudadanos».

Emmanuel Carballo y la revista literaria que fundó con Carlos Fuentes y Octavio Paz

La primera obra

A los veintiséis años se dio a conocer como escritor con el volumen de cuentos “Los días enmascarados” (1954), que fue bien recibido por la crítica y el público. Se advertía ya en ese texto el germen de sus preocupaciones: la exploración del pasado prehispánico y de los sutiles límites entre realidad y ficción, así como la descripción del ambiente ameno y relajado de una joven generación mexicana confrontada con un sistema de valores sociales y morales en decadencia.

Esta ópera prima incluye “Chac mool” (posiblemente su cuento más famoso y admirado); “En defensa de la Trigolibia”; “Tlactocatzine, del jardín de Flandes”; “Letanía de la orquídea”; “Por boca de los Dioses” y “El que inventó la pólvora”. Fuentes mostraba su vitalidad narrativa y recreaba algunos temas que estarían presentes en sus obras posteriores, como la presencia del pasado indígena y la pervivencia de algunos fantasmas de la historia nacional.

Especialmente en “Chac mool”, el autor trata dos de sus intereses más duraderos: la fantasía y los mitos, aquí los de su país natal, aunque luego se complementarán con varios de otras culturas. El cuento revela con humor la tendencia en las letras mexicanas de los años 50 a envolver a la clase media en antiguos mitos, a tal punto que llegó a ser una fórmula repetida, un cliché.

Chac Mool, ¿dios azteca de la lluvia?

El cuento está inspirado en un suceso ocurrido en 1952: el gobierno envió a Europa por barco la escultura que da nombre al relato para participar de una exposición de arte mexicano. Surgieron tempestades en alta mar, las mayores de que se tuviera memoria en el Canal de la Mancha y las lluvias perseguían a Chac Mool allá donde la llevaran.
“Hace poco tiempo Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa”.

Este es el comienzo de Chac Mool, nombre que hace referencia a la figura de un hombre recostado, con las piernas dobladas, el rostro vuelto hacia uno de los hombros, las manos sobre el vientre y una vasija encima en la que la gente echa monedas para pedir lluvia. Estas piezas se encuentran en el sur de México y es probable que sean representaciones de Tláloc, dios azteca de la lluvia. Aún en la actualidad, esto es un enigma para los estudiosos.

Éxito y fama

Su éxito definitivo llegó con dos novelas temáticamente complementarias que trazan el crítico balance de medio siglo de «revolución» mexicana: “La región más transparente” (1958), cuyo emplazamiento urbano supuso un cambio de orientación dentro de una novela que, como la mexicana de los ‘50, era eminentemente realista y rural; y “La muerte de Artemio Cruz” (1962), brillante prospección de la vida de un antiguo revolucionario y ahora poderoso prohombre en su agonía. Ambas obras manejan una variedad de técnicas de tipo experimental (simultaneísmo, fragmentación, monólogo interior) como vehículo para captar y reflejar una visión compleja del mundo.

Las promesas de originalidad y vigor que ya se vislumbraban en “Los días enmascarados” se cumplieron plenamente en “La región…”, un dinámico fresco sobre el México de la época –la década del ’50- que integra en un flujo de voces los pensamientos, anhelos y vicios de diversas capas sociales. Esta primera novela de Fuentes supuso una ruptura con la narrativa mexicana, estancada en un discurso costumbrista y en la crónica revolucionaria testimonial desde una óptica oficialista. Con esta extensa obra acreditó el autor su vasta cultura, su sentido crítico y su pericia y audacia como prosista, rasgos que muy pronto lo convertirían en uno de los escritores latinoamericanos con más proyección internacional.

Como John Dos Passos en “Manhattan Transfer” respecto de Nueva York (describe el desarrollo de la vida urbana desde la Gilded Age –Edad dorada, 1870/1891- a la Edad del Jazz –décadas de 1920 y 1930- mediante la narración de varias historias individuales superpuestas), o Alfred Döblin en Berlín Alexanderplatz con la capital alemana (una exaltación de ésta), la obra de Fuentes es el gran mosaico de la capital de México, el retrato a la vez atomizado y gigantesco de todas sus clases sociales a través de aproximadamente un centenar de personajes que constituyen su «protagonista colectivo», siendo el verdadero protagonista la propia ciudad; así lo delata su mismo título, que procede de una frase con la que el geógrafo, astrónomo, naturalista y explorador prusiano Alexander von Humboldt describió el valle donde se encuentra emplazado el ex Distrito Federal, “la región más transparente”.

La disección y crítica de la masa social del país (en la medida en que la ciudad incluye lo rural al absorber las migraciones de campesinos empobrecidos) es la propuesta programática de la obra, y abarca desde los desheredados hasta los nuevos burgueses «que no saben qué cosa hacer con su dinero», desprovistos de cualquier inquietud cultural y sin otra clase que se les oponga. El dominio que muestra Fuentes de los distintos registros lingüísticos de cada clase social proporciona veracidad a su retrato y convierte la novela en una magistral obra polifónica.

La capital mexicana en la década de 1950

Los continuos saltos temporales (dentro de un dilatado periodo que abarca desde los años previos a la Revolución mexicana -1910- hasta los años 50) y la irregularidad con que aparecen los personajes, con frecuencia a través del monólogo interior, dan a la narración una apariencia desordenada y anárquica; externamente, la novela está dividida en tres partes desproporcionadas que engloban capítulos distribuidos sin simetría. Sin embargo, en ningún momento se pierde el hilo de la narración, lo que demuestra el especial cuidado que pone el autor en la estructura.

Campesinos en la Revolución de 1910

La primera secuencia es la presentación de sí mismo que hace uno de los protagonistas, e inicia la novela con estas palabras: «Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, Distrito Federal». Su voz, la primera en aparecer, se dirige a sus iguales y a la ciudad. El hálito poético de su palabra dignifica su amargura y su resignación ante el destino que los mexicanos como él están condenados a padecer. La insistencia de frases como «qué le vamos a hacer» refuerza el fatalismo que caracteriza la mentalidad indígena y crea lazos discursivos entre otros personajes marginados dentro de la misma novela. Su parlamento finaliza con las siguientes frases: «Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire».

Placa en la capital mexicana en honor a Fuentes y su novela

La estructura de la novela está presidida por la circularidad: se abre con estas palabras de Cienfuegos y se cierra con «La región más transparente del aire». Este concepto circular, tan ligado al de la repetición, se observa en varios niveles de la novela y es básico para la tarea de enhebrar los numerosos elementos de esta obra y para sostener su simbolismo. Sobresale el que aglutina la muerte de varios personajes (el final de sus ciclos vitales).

“La región más transparente”, enorme radiografía mexicana

Otro factor siempre presente en la obra es que el sacrificio ritual, como la Revolución (1910-1917), cuyos ideales yacen enterrados en el olvido, castigó no a todos sino a los de siempre, para mantener o encumbrar en su sitio a los mismos. En ausencia de cualquier valor, los personajes son figurantes de un teatro vacío; los pobres, los vasallos, están fatalmente destinados a permanecer enclavados en la región más transparente del aire: dentro de la miseria, sin porvenir, fuera de la historia, sin nombre.

La muerte de Artemio Cruz

La denuncia del fracaso de la Revolución se halla en la base de diversas obras de Carlos Fuentes, y muy especialmente en ésta, su segunda novela, publicada en 1962, uno de los mayores textos de las letras mexicanas. Sus páginas detienen por un instante, con una prosa compleja de identidades fragmentadas, el flujo de conciencia de un viejo participante de aquella revuelta que se encuentra a punto de morir, e indagan también en el sentido de la condición humana. La influencia de James Joyce (autor que lo impresionó profundamente) es patente en el uso del monólogo interior como técnica narrativa fundamental; en el manejo de ese monólogo, Fuentes superó en esta obra en complejidad (y también en riqueza) al mismo maestro.

La edición francesa de la obra de Fuentes

Alegóricamente, la historia de Artemio Cruz es la del nacimiento, instauración y muerte de la Revolución mexicana; el antiguo militar refleja el modo en que se prostituyeron sus valores, subrayando que tal traición fue libre decisión de su soberana voluntad y no de presiones históricas, aunque sí quizá de una inquietante atmósfera común o de una huidiza naturaleza humana: el egoísmo, la ambición, la sed de poder y riqueza lo movieron lo mismo que a tantas personas de su entorno, carentes de todo escrúpulo.

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Pero el relato, en el que destacan un amor juvenil de Artemio que coincide con los días entusiastas de la Revolución, su posterior matrimonio por interés y sin amor en tiempos de la institucionalización y un amor clandestino de la madurez con el que intenta rehabilitarse espiritualmente, perdería gran parte de su autoridad de no ser por la forma con que Fuentes ha sabido envolverlo.

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Viejo, rico y poderoso en la hora de su muerte, Fuentes relata la larga agonía de Artemio Cruz y los episodios en ella evocados mediante el empleo riguroso y sistemático del «yo», «tú» y «él». A través del «yo» ofrece, en tiempo presente (la obra se sitúa en el año 1959), el monólogo interior del antiguo revolucionario agonizante, mientras que el «tú» corresponde a su subconsciente, que instruye al moribundo acerca del futuro de sus elucubraciones mentales, y con el uso del «él» recuerda, por el contrario, la historia pasada de Artemio y de quienes lo rodearon o bien con los que se rodeó en los distintos momentos de su vida.

Estas narraciones o intervenciones en primera, segunda y tercera persona forman una especie de tríadas que se van repitiendo a lo largo de las páginas del libro hasta doce veces, tantas como las horas que dura la agonía de su protagonista. A lo largo de la misma aparecen otras tantas revisiones de su pasado, que no se producen cronológicamente, sino a la manera de William Faulkner, de acuerdo con los desordenados y caprichosos saltos mentales a los cuales se entrega el moribundo.

Fuentes y su segunda esposa, la escritora y periodista española Silvia Lemus

El último de todos ellos, que se remonta a 1889, cuando Artemio nació, no es fruto de su pensamiento ni forma parte de la película de su vida que presencia mientras agoniza, sino obra del autor. Una última tríada, a la cual correspondería el fatídico número trece, queda truncada de repente por la muerte de Cruz tras la sola intervención del «yo» y el «tú». Así termina sus días el viejo caudillo mexicano; su historia simboliza la historia colectiva de su país, en cuyo intento de transformación revolucionaria participó, al que luego (como hicieron muchos otros) inevitablemente traicionó, y al que también corresponde buena parte de responsabilidad en sus destinos.

El “boom” latinoamericano

Tanto “La región…” como “La muerte…” otorgaron a Carlos Fuentes un puesto central en el llamado “boom” de la literatura hispanoamericana. Dentro de este fenómeno editorial de los años ‘60 que, desde España, daría a conocer al mundo la inmensa talla de los nuevos (y a veces anteriores) narradores del continente, el mexicano fue reconocido como un autor de la misma relevancia que el colombiano Gabriel García Márquez, los argentinos Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Julio Cortázar, los cubanos José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante, el peruano Mario Vargas Llosa o los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti.

“La nueva narrativa hispanomericana”, por Carlos Fuentes

Entre las dos novelas mencionadas, sin embargo, se sitúa una obra realista y tradicional, “Las buenas conciencias” (1959), que cuenta la historia de una familia burguesa de Guanajuato, México. Esas narraciones iniciales cimentaron un ciclo denominado por el autor «La edad del tiempo», obra en constante progreso a la que se fueron sumando diversos volúmenes.

Con su espíritu versátil y brillante, Fuentes tendió a abordar en obras ambiciosas y extensas (a veces incluso monumentales) una temática de hondo calado histórico y cultural; la novela es concebida entonces con máxima amplitud, como un sistema permeable capaz de integrar elementos en apariencia dispersos pero dotados de poder evocativo o reconstructor.

En el mismo sentido aparece “Cambio de piel” en 1967, con las abundantes divagaciones a que se abandonan cuatro personajes ante el espectáculo de una pirámide en Cholula.

Ellos viajan en automóvil desde la capital mexicana a Veracruz y se ven obligados a pernoctar en Cholula. En este pueblo, completamente accidental en su itinerario y en sus vidas, se revela la personalidad de cada uno, pero sobre todo la frustración de uno de ellos, Javier, que sacrificó su carrera intelectual y política por su vida sentimental, y debe enfrentarse ahora al cambio brutal que el tiempo ha introducido en sus relaciones personales.

“Terra Nostra”, de 1975, es una novela muy extensa que muchos consideraron inabordable, probablemente su obra más ambiciosa y compleja; en ella llevó al límite la exploración de los orígenes del ser nacional y de la huella española en las colonias de América.

Es sin duda uno de los títulos fundamentales de la narrativa hispánica contemporánea. Un lenguaje en constante ebullición, crea, destruye y reinventa la maquinaria crítica de la fábula: desde el remoto silencio del mundo de los mitos cosmogónicos a la noche mohosa y chirriante de grilletes y cuellos de lienzo almidonados de la España de la Casa de los Austrias. También es un vasto viaje por el tiempo, que se remonta a los Reyes Católicos para desvelar el ejercicio del poder trasplantado a las colonias; el de Felipe II, el absolutismo español de los monarcas, el mecanismo y las estructuras verticales del poder en la América española, en definitiva.

Y es, además, un texto que somete a crítica la noción misma de relato. En la historia de la novela representa un caso límite: epifanía y fundación, es la historia vista a través de los ojos de un novelista, con todos los recursos de la imaginación literaria a su disposición.

En “Cristóbal Nonato” (1987), inspirada en “Tristram Shandy” del escritor irlandés Laurence Sterne, narró el Apocalipsis mexicano empleando la voz de un niño que se está gestando; este sorprendente monólogo de un personaje no nacido se sitúa en 1992 y constituye una celebración paródica en un México corrupto y destrozado, ya que para distraer al pueblo de las difíciles circunstancias por las que atraviesa el país, los políticos deciden ofrecer un premio a la pareja cuyo hijo nazca en el primer minuto del 12 de octubre, aniversario del quinto centenario del descubrimiento de América.

A esta selección se agrega la novela corta “Aura”, de 1962, historia mágica, fantasmal y extraña en la mejor tradición de la literatura fantástica. La historia comienza cuando Felipe Montero, un joven historiador inteligente y solitario que trabaja como profesor con un sueldo muy bajo, encuentra en el diario un aviso solicitando un profesional con sus cualidades para un trabajo con un muy buen sueldo. La tarea, en la calle Donceles 815, consiste en organizar y escribir las memorias de un coronel francés y traducirlas al castellano para que puedan ser publicadas.

Análisis de la novela “Aura”, de Carlos Fuentes

En la casa habitan la viuda del militar, Consuelo Llorente, y su sobrina Aura. La novela transcurre alrededor de esta última, dueña de unos impresionantes ojos verdes y una gran belleza, y su extraña relación con su anciana tía. Felipe se enamora de Aura y quiere llevársela de allí porque piensa que no puede hacer su vida ya que Consuelo la tiene atrapada. Al adentrarse en las fotografías y escritos del coronel y la viuda, Felipe pierde el sentido de la realidad y encuentra una verdad que supera la fantasía y amor.

Fuentes y el cine

En numerosas oportunidades los textos del autor mexicano fueron aprovechados en la pantalla grande e incluso él fue guionista de varios films (en uno de ellos en dupla con Gabriel García Márquez), pero el más famoso de todos, el que más trascendió fue “Gringo Viejo” (Old Gringo), dirigido en 1989 por el argentino Luis Puenzo, con el protagonismo de Gregory Peck (fue su última película), Jane Fonda y Jimmy Smits.

La película está basada en una novela de Fuentes del mismo nombre. En 1913, el escritor norteamericano Ambrose Bierce, misántropo, periodista de la cadena amarillista Hearst y autor de bellísimos cuentos sobre la Guerra de Secesión estadounidense, se despidió de sus amigos con algunas cartas en las que, desmintiendo su reconocido vigor, se declaraba viejo y cansado. “Sin embargo, en todas ellas se reservaba el derecho de escoger su manera de morir. La enfermedad y el accidente le parecían indignas de él. En cambio, ser ajusticiado ante un paredón mexicano… Ah -escribió en su última carta- ser un gringo en México; eso es eutanasia. Entró en México en noviembre y no se volvió a saber de él. El resto es ficción”, escribe Fuentes.

El final

Escribió hasta el fin de su vida, aunque su experimentalismo narrativo fue menguando con el curso de los años, como se hizo perceptible en “Diana o la cazadora solitaria” (1994), breve novela que recontaba su tormentosa relación con la actriz Jean Seberg. A pesar de ello agregó a su obra títulos interesantes como “Constancia y otras novelas para vírgenes” (1990), “El naranjo o los círculos del tiempo” (1993) y “La frontera de cristal” (1995), conjunto de historias centradas en la histórica y trágicamente polémica línea divisoria que separa a México de los Estados Unidos.

Posteriormente publicó “Los años con Laura Díaz” (1999), “Instinto de Inez” (2001), “La silla del águila” (2003), “Todas las familias felices” (2006), “La voluntad y la fortuna” (2008) y “Adán en Edén” (2009).

Entrevista a Carlos Fuentes (1997) por Ricardo Rocha

También Fuentes fue ensayista, editorialista de prestigiosos periódicos y crítico literario, y escribió además obras de teatro, como “El tuerto es rey” (1970) y “Orquídeas a la luz de la luna” (1982). En 1987 fue galardonado con el Premio Cervantes, en 1992 con la Condecoración de la Legión de Honor de Francia, en 1994 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y en 2008 recibió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, entre otros reconocimientos.

El gran autor mexicano en el ocaso de su vida

Su intensa vida académica abarca los títulos de catedrático en Harvard y Cambridge (Inglaterra), así como la larga lista de sus doctorados Honoris Causa por las universidades de Harvard, Cambridge, Essex, Miami y Chicago, entre otras.

Una inteligencia atenta al presente y sus inquietudes, el profundo conocimiento de la psicología del mexicano y una cultura de alcance universal, hicieron de su obra un punto de referencia indispensable para el entendimiento de su país y para embellecer la literatura hispanoamericana.

Carlos Fuentes Macías falleció el 15 de mayo del 2012 en la ciudad de México a los 83 años, a raíz de complicaciones cardiorrespiratorias. Está enterrado en el cementerio del Montparnasse, en París.

 

Fuentes: epdlp.com; lecturalia.com; mcnbiografias.com; Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Carlos Fuentes». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona, España, 2004.

 

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