Las hermanas Brontë, tres joyas de la Corona

“Cuando un hombre escribe algo es juzgado por lo que escribe. Cuando una mujer lo hace, es juzgada por lo que es” (Emily)

Fueron tres mujeres extraordinarias que rompieron el molde británico de la época victoriana de finales del siglo XIX: se suponía que debían casarse y dedicarse al cuidado del hogar, los maridos y los hijos, más alguna tarea como bordar o pintar. Sin embargo –adelantadas en todo sentido-, las hermanas Brontë sumaron entre ellas siete novelas publicadas, una antología de poemas conjunta y diversos apuntes y piezas inconclusas. Emily publicó “Cumbres borrascosas”, Anne, “Agnes Grey” y “La inquilina de Wildfell Hall”, las más autobiográficas y preocupadas por el análisis sociológico, material y psicológico de la Inglaterra de aquel tiempo. Charlotte, de mayor conciencia erótica y sentido de lo truculento, escribió “Jane Eyre”, “Shirley”, “Villette” y “El Pofesor”. Todas brillaron en el mundo de las letras, convirtieron sus obras en clásicos de la literatura anglosajona, fueron las mejores novelistas de aquellos años y lograron fama internacional. Un caso único y admirable en medio de una tragedia familiar.

El inicio

A cincuenta kilómetros de Manchester, en el condado de West Yorkshire, en el poblado de Haworth, al norte de Inglaterra, entre el cementerio y los páramos rocosos, hay una casa de ladrillos oscuros con dos filas de ventanas blancas y un modesto jardín. Es monolítica, sobria, y fue edificada a finales del siglo XVIII para albergar a los pastores anglicanos del lugar. Entre 1816 y 1855, en ese discreto edificio ocurrió un hecho excepcional: allí vivieron y crearon sus obras, a escondidas del mundo, tres mujeres geniales: las hermanas Charlotte (21 de abril de 1816), Emily (30 de julio de 1818) y Anne Brontë (17 de enero de 1820).

La casa de Haworth que alojó a las talentosas hermanas

El padre, Patrick Brontë, fue un sacerdote anglicano y escritor irlandés, que residió durante la mayor parte de su vida adulta en Inglaterra; la madre, Maria Branwell, era hija de un próspero mercader de Cornualles, y murió a los 39 años en 1821. Tuvieron seis hijos: María, Elizabeth, Charlotte, Branwell –26 de junio de 1817, el único varón-, Emily y Anne.

Al quedar viudo, Patrick intentó volver a casarse un par de veces pero fracasó en sus intentos y decidió criar a sus pequeños hijos con una gran estrechez económica debido a su magro salario como vicario.

El vicario anglicano de Haworth, Patrick Brontë

Por eso, en 1824, cuatro de los seis hermanos ingresaron a la escuela en Cowan Bridge fundada para los hijos de clérigos de escasos recursos. Al año siguiente, María y Elizabeth –las mayores- se enfermaron gravemente de tuberculosis debido a las malas condiciones imperantes en el colegio y a la rigidez extrema a la que eran sometidos los alumnos más pobres, volvieron a Haworth, pero murieron poco después, el 6 de mayo y el 15 de junio de 1825, respectivamente.

Hablando de las hermanas Brontë

Charlotte y Emily también regresaron más adelanten a la casa paterna. El trauma de perder a sus dos hermanas se refleja especialmente en “Jane Eyre”, en la que Cowan Bridge se convierte en la escuela Lowood, y la patética figura de su hermana María toma la forma de Helen Burns, la señorita Andrews tiene la crueldad de la señorita Scatcherd –la desagradable profesora- y la tiranía del director, el reverendo Carus Wilson, se refleja en el señor Brocklehurst.

Cowan Bridge, la escuela Lowood de “Jane Eyre”

Las tres hermanas escribían desde su niñez y crearon poemas, cuentos y obras de teatro ambientadas en unos mundos imaginarios tan impresionantes que hicieron que los lectores quedasen impresionados con ellos.

Charlotte y su hermano Branwell idearon “Angria”, con el duque de Zamorna como personaje principal; Emily y Anne, “Gondal”, gobernado por la imponente reina Augusta Almeda. Durante muchos años escribieron libros diminutos en los que relataban las crónicas apasionadas de esos reinos.

Las tres hermanas con sus respectivas obras y seudónimos masculinos

En el futuro, aparentarían ser tres hombres quienes redactarían los best-sellers de la época, ya que firmarían bajo el seudónimo de los hermanos Bell –Ellis, Currer y Acton- por el simple hecho de que dadas las costumbres de la época, las mujeres no estaban hechas para ser escritoras y los editores se negaban a recibir –precisamente- textos de manos femeninas.

Sin ir más lejos, a los veinte años Charlotte intentó que un conocido poeta, Robert Southey, leyera sus poemas pero éste le contestó que aun siendo buenos “la literatura no puede ser el objetivo de la vida de una mujer, y no debe serlo”.

Estas mujeres no eran unas ignorantes de pueblo que solo sabían coser y, de vez en cuando, escribir algún cuento. Al contrario, eran mujeres directas, con genio, a las que no les importaba criticar, emocionar o incluso escandalizar con temas morbosos e, incluso, dignos de censura.

Emily, Anne y Charlotte Brontë, las geniales y rebeldes escritoras

Resulta bastante insólito en el mundo de las letras que, de la imaginación de tres mujeres que en el siglo XIX pasaron la mayor parte de sus vidas encerradas en un caserón gris, aisladas en los páramos de Yorkshire, surgieran obras excepcionales que se han convertido en clásicos de la literatura. Pero sucedió y fue real, a pesar de las penurias de las protagonistas.

El varón
Pero falta uno de los integrantes de la banda intelectual: Branwell Brontë, el único varón de los seis hermanos, el preferido del padre, el que se salvó del terrorífico internado Cowan Bridge, quizás el más genial de todos pero también el más inconstante. Escribía, dibujaba y pintaba (hizo un óleo en el que aparece junto a sus tres hermanas famosas, pero luego se borró del mismo), y decidió ir a probar suerte a Londres.

Considerado en su juventud como el artista más talentoso de la familia, fue un elemento esencial en el despertar literario de sus hermanas, a través del desarrollo de un mundo imaginario: Glass Town. Era capaz de escribir dos cartas a la vez, con la mano izquierda y con la derecha…

De izq. a der., Anne, Emily, Charlotte y Branwell Brontë (autor de ambos retratos)

Su vida posterior no estuvo a la altura de las promesas de la infancia. Rápidamente dilapidó los pocos fondos que le había dado su padre entre el alcohol y el opio a los que se hizo adicto. Fracasó en varios trabajos y un amor frustrado con la esposa de uno de sus patrones –que lo había contratado como tutor de uno de sus hijos- lo sumergió en la desesperación, empujándolo aún más hacia la degradación.

Todo esto lo llevó a una muerte prematura en 1848 a los 31 años; tuberculosis y delirium tremens fue el diagnóstico final. Un sino familiar…

Su hermana Anne –como si hubiera querido dejarlo en la posteridad- se basará más adelante en él para componer el alcohólico y abusador personaje de Arthur Huntingdon en “La inquilina de Wildfeld Hall”.

La obra

En 1846, Charlotte convence a Anne y Emily para que todas publiquen sus poemas en una antología conjunta que firmarán con nombres masculinos. Cada una respetará su inicial (Ellis, Currer y Acton) y utilizarán como seudónimo el apellido de Bell, el vicario del pueblo que acabará -algunos años después- por ser el marido de Charlotte. El libro, autoeditado, solo fue comprado por tres personas, y frustrada por el poco éxito de sus versos, Charlotte invitará a las otras dos a que escriban una novela y demuestren al mundo que la fantasía y la literatura son su reino.

Y así se desatará este verdadero vendaval creativo que inventaron las tres hermanas más famosas de la literatura mundial: en 1847 se publicarán simultáneamente “Jane Eyre”, “Cumbres borrascosas” y “Agnes Grey”. Y un año después llegará “La inquilina de Wildfeld Hall” y fallecerá Emily. Nada menos…

Jane Eyre

Es, sin duda, una historia de amor: una institutriz pobre acaba casándose con el aristócrata rico; sin embargo, representa al mismo tiempo la subversión total de la novela romántica. El tema central es precisamente la rebeldía, la lucha de una mujer por no doblegarse ante lo que le ofrece la vida.

Lo que cuenta Charlotte es la historia de una joven huérfana, de infancia desgraciada, primero a cargo de una tía poco cariñosa y después internada en la escuela Lowood, dirigida por el cruel e hipócrita Robert Brocklehurst, en la que los estudiantes nunca tienen suficiente comida ni ropa de abrigo. Sin embargo, Jane encuentra una amiga piadosa, Helen Burns, y una profesora comprensiva, María Temple. Con su influencia, se convierte en una estudiante excelente, aprendiendo todos los detalles culturales que se incluían en la educación de una dama en la Inglaterra victoriana: francés, piano, canto y dibujo.

Posteriormente logra el puesto de institutriz en Thornfield Hall para educar a la hija de su irascible y peculiar dueño, Edward Fairfax Rochester. Poco a poco, el amor irá tejiendo su red entre ellos, pero la casa y la vida de Rochester guardan secretos que Jane irá develando, sin jamás renuncia a ser ella misma ni a ser independiente, abriéndose paso en un mundo regido por los hombres, en el cual no duda en saltar todas las convenciones sociales.

Así, Jane Eyre llegará a convertirse en una rica heredera que puede afrontar la vida y el amor con una libertad inaudita en su época. En cierto modo, es una feminista hecha y derecha.

La historia es demasiado atractiva y no podía ser ignorada por el cine que la adaptó en varias oportunidades, como no podía ser de otra manera.

La crítica en general destaca a “Alma Rebelde” (1944), dirigida por Robert Stevenson, como la mejor adaptación de la novela, con Joan Fontaine en el rol de Jane y Orson Welles en el papel de Rochester.

Cumbres borrascosas

Es la única novela de Emily Brontë. El argumento de la novela gira en torno a las pasiones, el desprecio y la venganza. Adoptado por la familia Earnshaw, el niño Heathcliff (su nombre le sirve durante toda su vida a la vez como apellido) sufre el desprecio de familiares, criados y vecinos. Además, padece el rechazo de Catherine, quien a pesar de corresponderle, opta por un matrimonio de conveniencia. Entonces, Heathcliff trama su venganza.

El desarrollo que hace Emily de este personaje es sencillamente extraordinario. Difícilmente se puede encontrar uno similar a él en la literatura universal, aun estando ésta poblada de tantos antihéroes. Heathcliff no muestra ninguna de las características de sus sucesores, como ligeros rasgos de gratitud, bondad o arrepentimiento.

Durante toda la novela, jamás demuestra apreciar ligeramente a alguien aparte de su amada Cathy. Al patriarca de la familia Earnshaw nunca le agradece en su niñez por haberlo adoptado, ni tampoco le corresponde con afecto; a Nelly Dean, quien lo protegió muchas veces cuando era niño, años después llega a golpearla; y a su hijo, Linton, lo odia por muchos motivos y jamás tiene para con él alguna palabra de afecto.

Emily, la autora de “Cumbres borrascosas”

Tomando en cuenta las circunstancias en que llegó a Cumbres Borrascosas (el nombre de la casa de los Earnshaw, llamada así por los rigores que allí desencadenaba el viento cuando había tempestad), su extraño origen y su más extraña apariencia poco inglesa, aparte de que sus reacciones no se asimilan a las de ninguna otra persona, cabe la pregunta: ¿Heathcliff es humano o un monstruo arrojado a este mundo porque donde nació tampoco lo querían?

También esta novela fue llevada al cine en varias oportunidades y una de las mejores versiones fue la protagonizada en 1939 por el gran actor inglés Laurence Olivier, Merle Oberon y David Niven, dirigidos por William Wyler.

La inquilina de Wildfeld Hall

«Querido Halford: La última vez que nos vimos, me obsequiaste con un relato muy interesante y pormenorizado de los acontecimientos más notables de tu vida, ocurridos con anterioridad a nuestro primer encuentro; y a continuación me pediste a cambio parecidas confidencias. No encontrándome en aquel momento en un estado de ánimo propicio para la narración, decliné hacerlo. Ahora estoy a punto de obsequiarte con un esbozo -no, no un esbozo-, un relato completo y fiel de ciertas circunstancias relacionadas con el hecho más importante de mi vida -al menos de mi vida anterior a mi relación con Jack Halford-, y cuando lo hayas leído, acúsame, si puedes, de ingratitud y reserva hostil».

Con estas palabras, escritas en el prefacio, empieza la historia de Gilbert Markham, escrita por Anne Brontë, y su amistad con la misteriosa mujer que ha venido a instalarse en la mansión desocupada de Wildfell Hall. La casa es una ruina en la que se han habilitado unas pocas habitaciones en las que viven la señora Graham con su hijo Arthur y su criada Rachel.

La llegada de estos tres personajes despierta el interés, y luego las sospechas maliciosas, de los habitantes del tranquilo pueblo inglés.

No saben que ella huye de un turbulento pasado, como irá descubriendo el narrador del relato y enamorado de ella, Gilbert, al leer su diario. Es una gran novela en la que se destacan no sólo las actitudes y opiniones relacionadas con la condición de la mujer, muy avanzadas para su tiempo, sino también una moderna (para la época) representación de las miserias, defectos y debilidades humanos.

Ensombrecida por sus hermanas mayores Charlotte y Emily, sólo recientemente Anne, la menor de las tres, ha alcanzado reconocimiento. Algunos estudiosos no han dudado en señalar que en su otra novela, «Agnes Grey», hay muchos puntos de contacto con la gran escritora inglesa Jane Austen, la autora de “Orgullo y Prejuicio”.

“La inquilina…” es uno de los libros que mejor retratan la brutalidad del abuso y los malos tratos dentro de una pareja, y todo esto habiendo sido escrita en la Inglaterra del siglo XIX por la hija soltera de un párroco. Es increíblemente moderna, increíblemente certera, dolorosa y cruel, porque en Helen se ve encarnado el sufrimiento de miles de mujeres que no tuvieron el valor de alzarse como lo hace ella en esta extraordinaria novela.

Anne Brontë retrata una realidad oculta pero no por ello menos cierta, con una prosa elegante y cuidada y un acertadísimo estudio de los personajes. La brutalidad del marido, la inocencia del hijo, el sufrimiento callado de la esposa, el amor sincero del pretendiente. Todos ellos conforman un retrato fiel de una época en la que un personaje como Helen no solo estaba mal visto, era decididamente impensable. Todo un ejemplo de valentía, de empoderamiento femenino y también de amor.

La novela fue un escándalo y se la acusó de ser grosera y brutal, aun a pesar de que se publicó bajo el nombre masculino de Acton Bell. En una época en la que la mujer tenía con frecuencia menos valor que un buen caballo ante los ojos de maridos y padres, la menor de las Brontë tuvo el valor de dotar a su heroína de fuerza suficiente como para buscar la felicidad por sí misma: una novela maravillosa y un clásico con todas las letras.

Como es de suponer, el cine y la televisión no dejaron pasar la oportunidad de aprovechar el texto de Anne. Una de ellas fue la miniserie de tres episodios filmada en Gran Bretaña en 1996, dirigida por Mike Barker, con un elenco destacado: Tara Fitzgerald, Cathy Murphy, Jackson Leach, Kenneth Cranham, Sarah Badel, Toby Stephens, Rupert Graves, Sean Gallagher, Jonathan Cake, James Purefoy, Pam Ferris y Joe Absolom.

Gran calidad fílmica y una impecable reconstrucción de la época victoriana destacaron esta producción, que obtuvo varios premios.

El final

La fatalidad de la familia Brontë fue remarcable: el padre perdió a su esposa y quedó ciego tras la muerte de sus hijos. Primero fueron las dos mayores, María y Elizabeth, de tuberculosis; luego les siguieron Branwell, el hermano que murió tísico y con delirium tremens, y poco después Emily y Anne, también tuberculosas. Esta última murió en la costa, en Scarborough, adonde Charlotte la había llevado enferma porque, ya moribunda, deseaba ver el mar.

El feminismo en la obra de Charlotte Brontë y Mary Shelley

Desesperada y sola, Charlotte –la única que acarició la fama- asumió la autoría de “Jane Eyre” (que había publicado con un seudónimo masculino) y continuó escribiendo. Publicó otras dos novelas, “Shirley”, y “Villette”, ambas de gran éxito. Tras varios pretendientes, se casó en 1852 con un clérigo.

Charlotte Brontë, la autora de “Jane Eyre”

Pero las desgracias no cesaron y falleció embarazada en 1855, aparentemente también de tuberculosis, la maldición familiar. Tenía 39 años, la edad de su madre al morir.

Las hermanas Brontë, a pesar de haber llevado una vida de dolor y sinsabores, fueron capaces de salir de un mundo oscuro a través de su gran imaginación y nos han legado un conjunto de fantásticas obras literarias.

Con justicia, el paso del tiempo ha multiplicado su gloria.

Fuentes: brontesisters.com.uk; elespectadorimaginario.com; revistamadreselva.com; larazon.es; bbc.com; mujeresbacanas.com; xlsemanal.com; elpais.com; Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004).

 

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