Herman Melville, un inmenso océano de talento

“Solo cuando un hombre ha sido vencido puede descubrirse su verdadera grandeza”

A veces basta una sola publicación para que un escritor pase a formar parte del selecto grupo de los clásicos universales; si son más, mejor. Es el caso de este extraordinario novelista estadounidense, autor de uno de los libros que marcó para siempre la literatura del siglo XX: “Moby Dick”, una de las obras mayores redactada en lengua inglesa. Pero también sus cuentos y relatos breves, la mayoría ambientados en el mar, han alcanzado la fama por su calidad y los recursos utilizados para su estructura narrativa. Aclamado al principio, ignorado luego y reivindicado finalmente a principios de la pasada centuria, hoy es una referencia ineludible al momento de ubicarlo entre los más grandes narradores.

El comienzo

Herman Melville nació en el 1 de agosto de 1819 en Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica, en una familia de buena posición económica. Su padre, Allan, era un hombre culto que había viajado por Europa y su madre, Mary Gansevoort, una mujer refinada, con estudios y sincera piedad religiosa. Durante los cinco primeros años de matrimonio vivieron en Albany, pero después se trasladaron a Nueva York para abrir un negocio de lencería francesa. Allí nació Herman, el tercero de once hijos.

En 1830, el negocio familiar quebró y Allan enloqueció: murió al poco tiempo dejando como única herencia un cúmulo de deudas. El futuro escritor no tuvo otra opción que abandonar los estudios. Trabajó en un banco, un almacén, una granja y a los diecisiete años se embarcó como aprendiz en un navío con rumbo a Liverpool, Inglaterra. Años más tarde, escribiría: “La necesidad de hacer algo por mí mismo, unida a una natural disposición para el vagabundeo, conspiraron para lanzarme al mar como marinero. Un barco fue mi universidad de Yale y mi Harvard”.

El joven Herman Melville

Este viaje despertó en él una desenfrenada pasión marítima que luego habría de tener reflejo en muchas de sus obras. Anduvo un tiempo por Inglaterra y, a su regreso a los Estados Unidos, se instaló en Boston para dedicarse a la docencia. Pero el mar lo atrapó nuevamente en 1841, año en el que decidió dejar su trabajo para embarcarse esta vez a bordo de un buque ballenero -el “Acushnet”- que partía hacia los Mares del Sur.

A los quince meses, el ballenero ancló en Nuku Hiva, una de las islas Marquesas. Melville se internó en el interior con otro marinero, huyendo de la vida a bordo, cada vez más insoportable. Los nativos taipi los acogieron con hospitalidad, pese a ser caníbales. Abandonado por su cómplice, pasó cuatro meses entre los lugareños, disfrutando de una existencia cómoda y relajada, pero se subió al primer barco que llegó a la isla.

Alejandro Dolina analiza a Herman Melville

El barco que lo recogió era otro ballenero, el “Julia”, y su rutina era tan infernal como la del anterior. De hecho, la tripulación se amotinó en Tahití. Melville acabó en la isla de Moorea, sembrando papas a cambio de un pequeño salario pero no aguantó demasiado tiempo. Se embarcó en un nuevo buscador de ballenas, al que él mismo llamó “Leviatán” y que lo condujo hasta Honolulú. Aún navegaría una vez más en una fragata estadounidense, la “United States”, en la que sirvió como marinero raso.

“La verdad no tiene confines”

Melville era atormentado y misterioso, y creció con un agudo sentimiento de desamparo provocado por la muerte de su padre, la ruina financiera y el desdén de su madre, que no aprobaba su inconstancia y la tendencia a no trabajar demasiado, en realidad, en aquella época, nada.

En la inmensidad del mar, sintió que el hombre había sido abandonado por Dios. Cuando volvió a los Estados Unidos con veinticinco años, sus aventuras suscitaron el interés de familiares y amigos, que lo animaron a escribir. Así, comenzó a participar activamente en los círculos literarios de Nueva York y Boston.

La obra

Surgiría de ese modo “Taipi. Un Edén caníbal”, su primer libro. Publicado en 1846 -primero en Inglaterra y después en los EE.UU.-, gozó de un éxito moderado. El autor narra sus peripecias en los Mares del Sur con una prosa sensual que oscila entre el relato de viajes, la etnografía y la crítica social: “¡Las Marquesas! ¡Qué extrañas visiones de cosas exóticas evoca este mismo nombre! Huríes (bellas doncellas) desnudas, banquetes canibalescos, bosquecillos de cocoteros, arrecifes de coral, reyezuelos tatuados y templos de bambú”.

Melville incurre en los prejuicios de la civilización occidental hacia otras culturas, pero al mismo tiempo celebra una sociedad exenta de codicia y represión moral, una especie de paraíso que aún no ha sufrido los estragos del capitalismo y el cristianismo.

Pese al relativo éxito de esta obra se animó a escribir una segunda, “Omoo”, que -en lenguaje de aquellos lejanos nativos- significa “vagabundo”. Publicada en 1847, continúa el relato de sus experiencias en los Mares del Sur. Sus críticas a la explotación que sufrían los indígenas a manos de sus presuntos civilizadores, despertaron la cólera de políticos y misioneros. Frente al ascetismo de la tradición cristiana, Melville exalta la libertad de las tribus que viven en perfecta armonía con la naturaleza, ajenos a los sentimientos de culpa y pecado.

“Lizzie”, la esposa de Melville

En agosto de ese mismo año, se casó con Elizabeth Knapp Shaw (“Lizzie”, hija de Lemuel Shaw, el Presidente de la Corte Suprema de Massachusetts) y se establecieron en la ciudad de Nueva York. Tuvieron cuatro hijos, dos varones y otras tantas mujeres.

Dos años más tarde apareció su tercera novela, “Mardi”, también ambientada en el Sur del planeta. Ahora sí, estas tres obras difundidas en medio de una enorme popularidad lo convirtieron en uno de los autores predilectos de los lectores norteamericanos.

También en 1849 dio a la imprenta “Redburn, his first voyage” (Redburn su primer viaje), una novela basada en su primera travesía marítima, y un año después volvió a las librerías con “La guerrera blanca”, en la que contaba sus experiencias militares.

Ambas fueron recibidas por críticos y lectores con los mismos elogios que habían destinado a sus tres iniciales entregas narrativas, con lo que el escritor neoyorquino se consolidó aún más como una de las grandes figuras literarias de su país.

Decidido, entonces, a quedarse definitivamente en los Estados Unidos, Herman Melville se estableció en una explotación agropecuaria cerca de Pittsfield (Massachusetts), donde conoció al famoso novelista Nathaniel Hawthorne, con quien mantuvo una estrecha relación de amistad durante el resto de su vida. Además, la obra literaria de aquel influyó notablemente en la creación de Melville, quien le dedicó la novela por la que, muchos años después, alcanzaría fama universal: “Moby Dick”.

Aparece la ballena blanca

En 1851 publicó en Londres “Moby Dick”, el famoso relato de las tribulaciones del capitán Ahab, el patrón del ballenero “Pequod”, obsesionado con la captura de una ballena blanca que le había arrancado una pierna a la altura de la rodilla. Un ciego deseo de venganza anima, desde entonces, todos los empeños del marino quien se convierte así en un símbolo literario de las fuerzas del mal gobernadas por la premeditación y la obstinación: “Amontonó sobre la blanca joroba de la ballena la suma de toda la cólera y el odio sentidos por toda su raza, desde Adán hasta el presente. La herida más grave que le había dejado no fue arrancarle la pierna, sino el alma. De ese mal uno nunca se cura”.

Es así como el barco surca los mares con el único objetivo de encontrar y dar caza a Moby Dick, y en su rumbo obsesivo y absurdo, dirigido por el ansia de revancha de Ahab, sume en la infelicidad y la desgracia a todos los miembros de su tripulación, muchos de los cuales son arrastrados a una muerte estúpida. Por su parte, la feroz ballena representa una alegoría de las fuerzas del mal encarnadas en misterios y profundidades insondables, una maldad abstracta que ataca y destruye cuanto queda a su alcance, y cuya razón de ser se escapa a los intentos de explicación que puede hallar el ser humano.

El sentido total, trágico y casi bíblico de la búsqueda de la ballena es fruto, según los estudiosos de la obra de Melville, de la lectura de Shakespeare y del desarrollo intelectual del autor en los años de amistad con Hawthorne.

¿Por qué hay que leer Moby Dick?
En especial “Moby Dick”, pero toda la obra de Melville ha sido analizada y revalorizada por la crítica moderna, que determinó que la historia de la desenfrenada caza del cetáceo es una inmensa alegoría. Indudablemente, el autor escondía “algunas claras intenciones”.

 

De modo que, entre otras delicadezas, no tenía problemas en extenderse a lo largo de un capítulo sobre los posibles significados espantosos del color albino de la ballena, ni en extraer conclusiones puntuales -en las que se habla del sentido de la vida y cosas así- de los sucesos del mar, llegando a afirmar que “en todas las cosas se alberga un significado cierto o, de otro modo, las cosas valen muy poco” y por mucho que unos párrafos más adelante confiese la posibilidad de estar incurriendo en el mero despropósito: “¿He de llamar a esto sensato o necio? Si es realmente sensato, tiene aspecto de necio; pero si realmente es necio, entonces tiene una especie de aspecto sensato”.

“No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres”

Igualmente, y a lo largo del libro, el escritor se refiere al animal como el “leviatán” o el “león de las aguas” y otros apelativos simbólicos revestidos en su caso de una evidente ironía, y lo mismo en el tramo final de la historia cuando el carpintero del barco convierte, por orden expresa del primer oficial Starbuck, un ataúd en boya de salvamento -signo evidente de los peores presagios gracias al cual Ismael sobrevive para referir la historia- y aún antes, Ahab ha bautizado el arpón que ha de enfrentarlo a Moby Dick con la siguiente invocación: “yo te bautizo no en nombre de Dios, sino del Diablo”, exabrupto que según escribió Melville a Hawthorne encierra el secreto lema del libro -a pesar de lo cual apostilla a continuación: “pero adivine usted el resto”– y así hasta llegar a la apoteosis final cuya culminación es una verdadera invitación a la interpretación simbólica.

En la época de “Moby Dick”, la caza de ballenas estaba muy difundida en el mundo

El célebre director John Huston consideraba la novela como una formidable blasfemia de modo que las calamidades que padeció durante el rodaje de la adaptación cinematográfica, no fueron más que una reparación de su ofensa, eficazmente administrada por Dios.

“No tengo objeciones contra la religión de nadie, sea cual sea, mientras esa persona no mate ni insulte a ningún otro porque no crea lo mismo”

A pesar de la enorme fama de que gozaría la obra tanto en el siglo XX como en la actualidad, lo cierto es que en su época constituyó el primer gran fracaso comercial de Melville. Al año siguiente de su aparición, el narrador neoyorquino publicó otra novela titulada “Pierre o las ambigüedades”, en la que se servía de complejas indagaciones alegóricas para adentrarse en la naturaleza del mal desde una perspectiva metafísica.

Pero esta profundidad filosófica tampoco fue del agrado de los críticos y los lectores contemporáneos, y la novela se convirtió en su segundo fracaso. La mala racha continuó con su siguiente novela, “Israel Potter” (1855), una narración de temática amorosa que fue unánimemente rechazada por el público norteamericano de mediados del siglo XIX.

Sin embargo, no se desanimó por estos fracasos y continuó escribiendo algunas obras que, al cabo de los años, se han convertido en piezas destacadas de la literatura universal. Por ejemplo el volumen de narraciones breves titulado “The Piazza Tales” (Loa cuentos de la Piazza-1856), donde tienen cabida algunas obras maestras del género cuentístico, como «Bartleby el escribiente» y, sobre todo, el célebre relato titulado «Benito Cereno», en el que Melville exploraba el desgraciado tema de la esclavitud y lo exponía como una clara muestra del espíritu nacional norteamericano.

Interpretación de «Bartleby, el escribiente»

Además, en esta recopilación de narraciones breves también están recogidas «Las Encantadas», diez espléndidas descripciones fragmentarias del archipiélago ecuatoriano de las Islas Galápagos, puestas de moda muchísimos años después por los ambientalistas.

Un año después, intentó regresar a la novela con “El estafador y sus disfraces”, libro que no llegó a concluir. Publicada posteriormente, esta novela inacabada muestra el intento del escritor por reflejar el egoísmo y el materialismo emergentes en su época y en su entorno geográfico, a través de una sátira ambientada en un vapor que surca el Mississippi.

Pero ya por aquel entonces el desánimo se había apoderado del autor, quien se veía cada vez más abandonado por críticos y lectores, y apartado de esos círculos literarios en los que tanto se había pronunciado su nombre en los comienzos de su carrera. Para colmo de males, su influyente amigo Nathaniel Hawthorne, después de un largo viaje por Europa, se mudó en 1860 a la ciudad californiana de Concord, en la costa oeste de los Estados Unidos, con lo que su aislamiento se hizo ya insoportable.

Moby Dick: ¿simbolismo teológico?

Olvidado por los mismos que tanto lo habían aplaudido, entre 1866 y 1885 se vio obligado a desplazarse a Nueva York para ganarse la vida trabajando como Inspector de Aduanas. Renegó entonces del género narrativo y se dedicó a la poesía, con algunos resultados espléndidos (aunque también desestimados por sus contemporáneos).

Entre esta producción hay libros valiosísimos como “Aspects of the War” (Aspectos de la guerra-1886), “Clarel: A Poem and Pilgrimage in the Holy Land” (Clarel, poema y peregrinación en Tierra Santa-1876), en dos volúmenes, es el poema más extenso en la literatura estadounidense, “John Marr and Other Sailors” (John Marr y otros marineros-1888) y “Timoleon” (1891).

“Permítanos hablar, aunque mostremos todos nuestros defectos y debilidades: porque ser consciente de ello y no esconderlo es una señal de fortaleza”

En general, las piezas que componen el género poético de Melville pueden encuadrarse dentro de cuatro grandes bloques temáticos: su propia búsqueda religiosa, la descripción de sus últimas experiencias viajeras (en especial a través de Italia y Grecia), los recuerdos de la guerra civil estadounidense y la indagación filosófica. Precisamente fue el redescubrimiento de esta faceta lírica del escritor lo que, en la tercera década del siglo XX, contribuyó a la revalorización mundial del conjunto de su producción literaria.

Pero su condición de narrador no le permitió abandonar por completo la escritura en prosa, y en 1891, agobiado por la vejez, la enfermedad y las numerosas deudas que había contraído desde su caída en desgracia, terminó su extraordinaria novela “Billy Budd”, en la que relata la historia de un joven aprendiz que, mediante el enorme talento de Melville, se convertiría en un símbolo universal de la inocencia. La obsesión del anciano escritor por el poder omnímodo de las fuerzas del mal, se encarna aquí en la figura de un perverso oficial consagrado en cuerpo y alma a amargar la vida del joven protagonista.

Melville y el cine

Veinte fueron las adaptaciones de la obra del autor estadounidense que el cine aprovechó a lo largo de su historia. Aquí, algunas de las principales:

La bestia del mar (1926), basada en “Moby Dick”, interpretada por John Barrymore, Dolores Costello, George O’Hara, Mike Donlin, entre otros artistas de la época del cine mudo.

Moby Dick (1930), dirigida por Lloyd Bacon, nuevamente con John Barrymore, acompañado esta vez por Joan Bennett, Lloyd Hughes, Noble Johnson y Nigel de Brulier.

Moby Dick (1956), con la dirección del gran John Huston y el guión de Ray Bradbury, e interpretada por Gregory Peck, Richard Basehart, Leo Genn y James Robertson Justice.

La isla encantada (1958), basada en la aventura vivida por Melville entre los caníbales de los Mares del Sur, con Dana Andrews, Jane Powell, Don Dubbins y Arthur Shields.

Bartleby (1970), adaptada del cuento homónimo, e interpretada por Paul Scofield, John McEnery, Thorley Walters, Colin Jeavons, Raymond Mason.

Moby Dick (Miniserie de TV en dos capítulos-2010), una coproducción austriaco-germana, interpretada por Ethan Hawke, William Hurt, Donald Sutherland, Gillian Anderson y Billy Boyd.

El final

Al poco tiempo de haber concluido su gran novela “Billy Budd”, que en el siglo XX ha dado pie a una versión teatral, una adaptación cinematográfica y un libreto operístico, el autor falleció en Nueva York el 28 de septiembre de 1891, totalmente ignorado por los lectores y la intelectualidad de su tiempo, y convencido –erróneamente, por supuesto- de que era un escritor fracasado.

Melville en sus últimos años

En los diarios neoyorquinos la noticia sobre su final fue bien escueta:

“Herman Melville murió ayer en su residencia, en el Nº 104 de la calle East Veintiséis de esta ciudad, de un ataque al corazón. Era el autor de “Taipi”, “Omoo”, “Moby Dick” y otros relatos marítimos escritos hace tiempo”.

También mencionaban la edad, 72 años, y su descendencia, dos de sus cuatro hijos, Mrs. M.B. Thomas y Miss Melville, la primera casada y la segunda soltera; los varones ya habían fallecido.

La tumba de Melville en el cementerio del Bronx, Nueva York

Un tímido e inmerecido recuerdo para el autor de la gran novela americana, que treinta años más tarde logró finalmente el reconocimiento para ubicarse entre los mejores escritores de todos los tiempos. A partir de 1920, sus obras, caracterizadas por la indagación en la psicología humana y el alcance metafísico de sus contenidos, influyeron decisivamente en la evolución de la narrativa universal del siglo XX.

 

Fuentes: filmaffinity.com; cadenaser.com; ladiaria.com.uy; letraslibres.com; editorialserapis.com.ar; culturagenial.com; elcoonfidencial.com; lecturalia.com; ricardonudelman.com; Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Herman Melville». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona, España, 2004.

 

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