Diciembre del ’01, explosión y reconstrucción de un país

Se cumplen 20 años del estallido que terminó con la “Convertibilidad” y se llevó al gobierno que no supo ver el agotamiento del modelo.

IMAGEN: GENTILEZA

El radical Fernando de la Rua pagó el precio de los errores ajenos y de las torpezas propias. Las rigideces de aquel plan económico ideado 10 años antes como un programa de estabilización inflacionaria, convergían aceleradamente hacia la autodestrucción económica y social del país. Diciembre fue el final en las calles de un régimen que las elites se negaban a terminar.

La bicicleta dolarizada

A principios del fatídico diciembre de 2001, el FMI le suelta la mano al gobierno: decide cortar el flujo de fondos que permitía mantener aquella equivalencia ficticia del peso y que prometía ganancias fáciles a quienes tenían algún ahorro. Los bancos llegaban a ofrecer tasas de entre 14 y 18 % de interés en dólares, cuando lo usual en los países desarrollos era que esas tasas no sobrepasaran el 2 % anual.

Los inversores que apostaban a aquella bicicleta empezaron la retirada.
Domingo Cavallo, que había vuelto como el padre y salvador de la estabilidad, termina generando las condiciones de una “tormenta perfecta”. Por un lado, modifica la forma de cálculo de la “convertibilidad” para ampliar el anclaje a una “canasta de monedas” que incluía el euro y el yen. En la práctica, fue una devaluación del 10%.

Y para frenar la fuga de capitales que erosionaba las reservas, ideó el “Corralito”, congelando los depósitos bancarios y determinando que sólo se podía retirar una pequeña suma diaria en efectivo.

Un país fragmentado

¿Era Argentina un Estado Nacional? El contexto era difícil y algunas usinas ideológicas trataban de instalar la necesidad de buscar nuevos modelos. El gobernador neuquino Jorge Sobisch postuló la unificación de las provincias de Neuquén y Río Negro en un solo Estado, como una fórmula para “ahorrar los costos de la política”. Una consigna que fue acompañada con reticencias por el mandatario rionegrino Pablo Verani (que estaba tratándose de un cáncer), con la única idea de dejar pasar el tiempo. Una estrategia que le resultó exitosa.
Pero también se hablaba de “independizar” algunas regiones con la idea de que así “soltaban lastre” y de esa manera garantizaban una competitividad que en la unidad no tenían. Editoriales del New York Times y The Economist aseguraban que esos planes habían sido analizados por “think tanks” rigurosos y que podían tener éxito.

Cuando la estructura cruje

Diciembre empezó con rumores de todo tipo, con corridas bancarias, fuga de divisas y versiones de entidades financieras que podían cerrar de un momento a otro. Muchos ahorristas se tomaban el Buquebus (el ferry que une el puerto de Buenos Aires con los uruguayos de Colonia y Montevideo), para asegurarse sus dólares del otro lado del Plata.
Y así llegó la semana previa a la Navidad. Un país con pocas esperanzas de que se produjera un cambio profundo; un gobierno que parecía sumergido en su propio sueño; una elite económica que trataba de salvarse a sí misma.

Hacía falta una pequeña chispa para que se encendiera una pradera reseca y abandonada.

El incendio imparable

Primero fueron un par de saqueos a hipermercados en las zonas más empobrecidas del Gran Buenos Aires. En cuestión de horas, los episodios se repitieron en todo el país. Cipolletti, Bariloche, Roca, Neuquén, fueron algunos puntos de la región donde multitudes enfurecidas y frustradas arrasaban con comercios grandes, medianos y chicos. La policía hizo algunos intentos de contención que solo empeoraron la situación: en Cipolletti, Elbira Abaca cayó herida de muerte; y Misael Bravo recibió un balazo en la nuca que le produjo una discapacidad permanente.

En el país 38 muertes fue el saldo de una represión que se salió de cauce.

En primera persona

El 19 de diciembre de 2001 caminaba por el centro de Buenos Aires. Hacía calor; y en los bares se hablaba de la gran final que debía jugar San Lorenzo por la Copa Mercosur con el Flamengo. Los noticieros de la tele seguían con su habitualidad de programas sobre la farándula y algún móvil esporádico que mostraba la llegada de las primeras columnas a Plaza de Mayo. Empezaba la marcha que unía a un sector de los trabajadores formalizados (la CTA), y los sectores más pauperizados por la crisis.

En el ministerio del Interior (Oscar Aguad) y en la subsecretaría de Seguridad (Enrique Mathov), los “halcones” habían ganado la pulseada. La represión comenzó después del mediodía. Utilizaban una saña y una violencia singular. No era muy entendible la estrategia: demasiado torpe para dispersar; mal calculada la proporción si era para ir al choque. Los escuadrones cargaban sobre las columnas de manifestantes y buscaban casi con desesperación capturar a los rezagados. La montada hacía cordones para evitar el paso hacia la Casa Rosada. Las sirenas de ambulancias y patrulleros terminaban de marcar la escena.

Sentado en el café Los 36 billares, al 1.200 de la Avenida de Mayo – que todavía no era el espacio for export actual -, veía a las columnas de la CTA avanzar y retroceder. Venían de la zona sur del Gran Buenos Aires. Carteles de Quilmes, Berazategui y Avellaneda los identificaban. Se aproximaban a Plaza de Mayo y cuando la Federal, la Gendarmería y el efecto de los gases lacrimógenos los obligaban a retirarse, se replegaban hacia la zona del Congreso. Varias veces fueron rechazados y volvieron. La pregunta era: ¿cuánto puede resistir un gobierno si los manifestantes están tan convencidos en echarlo?
En medio de esa reflexión, una granada de gas lacrimógeno entró por el ventanal del café. Todavía recuerdo el momento en que va cayendo, como si fuera en cámara lenta. Después, todo era correr hacia el fondo tratando de escapar de los efectos, los ojos enrojecidos por los efectos irritantes del gas.

Allí, volcándonos agua sobre la cara, me encuentro con otro periodista. Daniel Pérez había sido mi jefe en la redacción de La Voz, y aún en ese momento mantenía su corrosivo sentido del humor. “Mirá que tenías lugares para ir a almorzar, Avoscan”, ironizó.

La anécdota sirve para ilustrar el desquicio de las fuerzas de seguridad que actuaban sin ton ni son. Repartiendo gases, palos, balas de goma y de plomo en una jornada luctuosa, en un intento por tapar el cielo con las manos.

La calle asume un pulso distinto

Pasaba algo extraño en aquellos días. Los manifestantes, jóvenes, de origen sindical, politizados, desempleados, en su gran mayoría “forasteros” del centro, provenientes de los sectores más humildes de la ciudad y del Conurbano, eran perseguidos por las patrullas de la Federal y de Gendarmería. Pero eran defendidos por los propios dueños de las viviendas y comercios de ese centro “vandalizado”.

“Soltalo al pibe, no ves que está reclamando trabajo”, le espetó un señor muy formal al policía de civil que se llevaba al adolescente. Más adelante, una señora desde un balcón también interpelaba a las fuerzas de seguridad, llamándoles la atención por la represión. Siempre había sido a la inversa. Los vecinos llamaban a la policía. Ese día, defendieron a los movilizados.

La clase media porteña había sido la garantía para los gobiernos radicales, pero en esta oportunidad, ni paciencia ni confianza. El congelamiento de los depósitos fue la gota que rebasó el vaso.

Al caer la tarde, el gobierno nacional intentó una medida desesperada: decretó el “Estado de sitio”, la suspensión temporal de algunas garantías constitucionales. Fue agregarle nafta al incendio. Esa noche, miles de porteños se convocaron en Plaza de Mayo y circularon por las avenidas en ruidosas caravanas. El desafío era más que evidente.

Chau país, ¿hola país?

Aquella crisis de diciembre trajo consecuencias perdurables en la vida social, económica y política de la Argentina. Por un lado, terminó con el gobierno timorato de Fernando De la Rua y desembocó en el fin de la Convertibilidad. Tuvo una sucesión dramática de cinco presidentes en una semana, dirigentes que no alcanzaban a reunir el apoyo político necesario para tomar el rumbo. Dio paso a una declaración de default de la deuda por el propio Congreso.

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Algunos investigadores apuntan que al calor de aquella crisis surgieron las dos expresiones políticas que marcaron los 20 años posteriores: el kirchnerismo, con sus banderas de nacionalismo transformador; y el macrismo, con sus definiciones liberales clásicas. Néstor Kirchner y Mauricio Macri fueron los que mejor interpretaron el estado de aquella sociedad y pudieron convertir sus miedos e insatisfacciones en propuestas políticas exitosas.

Mitos y fantasías

Los episodios ocurridos en la ciudad de Buenos Aires, con sus manifestantes reclamando el “que se vayan todos”, sus asambleas vecinales y una breve pero justificada sensación de abandono del gobierno, dieron pie a algunas interpretaciones que todavía perviven. Por ejemplo, en la fantasía de una “democracia directa” capaz de autogestionar las demandas y problemas de una ciudad tan compleja.
O la idea de que en diciembre de 2001 el país expurgaba para siempre las ideas económicas conservadoras y agroexportadoras que tanto daño habían hecho a la sociedad.

La prueba más cabal de lo errado de aquellas suposiciones fueron las elecciones presidenciales de 2003: entre Carlos Menem (el padre político de la Convertibilidad), Ricardo López Murphy (el ministro De la Rúa que ideó el plan económico de mayor ajuste de la historia nacional), y Lilita Carrió (la variante de izquierda del mismo programa), sacaron el 55% de los votos. Nada menos.

Menem fue el ganador de la elección, pero Néstor Kirchner, con solo el 22 % de los sufragios, había salido segundo. Los dos pasaban al balotaje; pero la renuncia del riojano llevó a Kirchner a la presidencia.

“Tengo más desocupados que votos”, comentan que dijo al asumir. Y era cierto: llegaba a la presidencia con un 25 % de desocupación, aunque con una industria en recuperación. Una nueva historia empezaba a escribirse.

 

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