La Zona Franca, de la ilusión a la propuesta

¿Por qué fracasó hace 20 años y qué cambió para que hoy pueda hacerse realidad?

El lunes, el presidente Alberto Fernández y la gobernadora rionegrina, Arabela Carreras, firmaron el convenio por el que recrearon la “Zona Franca” de Sierra Grande y dieron otro paso para la consolidación del proyecto Hidrógeno Verde. ¿Qué es una Zona Franca, por qué fracasó hace 20 años y qué cambió para que hoy pueda hacerse realidad?

En principio, la “Zona Franca” es una herramienta de política económica y como tal depende de las circunstancias concretas y de las posibilidades reales de una región, un Estado, un país. Según la ley 24.331, sancionada en 1994, las actividades que se realicen en ese sector estarán eximidas de los impuestos nacionales (incluidos los aranceles de importación) y deberán estar destinadas a la exportación. También establece que las Zonas Francas tendrán que convertirse en un polo de desarrollo de escala regional y dispone que tras la firma del convenio, deberá ser aprobado por la Legislatura provincial.

Columna de Energía de Herman Avoscan, en LU19.

En 1996, el gobernador Pablo Verani firmó el convenio correspondiente con el entonces presidente Carlos Menem. Las expectativas eran muy grandes, sobre todo en Sierra Grande: una localidad muy castigada por el desempleo provocado por el cierre de la empresa minera Hipasam. Dos años después se adjudicó la concesión a Carriere Dhainaut, una empresa minera francesa que había comprometido una inversión de 7,5 millones de dólares pero que nunca llegó a impulsar las obras. De hecho, la concesión se cayó en 2000 y se terminó formalmente en 2005 por la inacción de la firma. En el medio, la nada misma.

¿Por qué fracasó esta experiencia, igual que la de Zapala? Porque no puede existir una zona franca sin propuesta exportadora. La pregunta correcta es qué actividad económica dinámica existían a fines de los ’90 en Sierra Grande y Zapala. Una iniciativa que funcionó en otros lugares del país (los ejemplos más claros pueden ser Bahía Blanca o La Plata, zonas francas de la provincia de Buenos Aires asociadas a zonas portuarias exportadoras de cereales, petroquímica y destilerías). Sin esa base económica, era impensable. En ese momento, además, en el Estado Nacional se privilegiaba una concepción del Estado liberal, enemigo de impulsar actividades empresarias, que dejaba en manos del sector privado toda idea del desarrollo.

Has recorrido un largo camino

En estos 20 años pasaron muchas cosas. Por ejemplo, que aquello que sonaba utópico e ideal empezó a tomar forma en la planificación estratégica de las grandes potencias industriales: la búsqueda de energías limpias para frenar el cambio climático y su impacto sobre la naturaleza. En Argentina, se intenta aprovechar la “ventana de oportunidad” para explotar los hidrocarburos de Vaca Muerta (entendiendo que en el futuro puede ser tarde), mientras explora otras alternativas.

Y esa alternativa se encontró en el hidrógeno verde. Producir hidrógeno (que se almacena para ser utilizado después como fuente de energía), a partir de la separación de los componentes del agua y utilizando energías renovables. ¿Qué se necesita para eso? Primero, agua salada (las sales favorecen el proceso). Segundo, energía disponible (eólica o solar). Tercero: un puerto de aguas profundas (para poder exportar).

La Argentina tenía un lugar de esas características en Río Negro. Faltaba el cuarto elemento: el inversor dispuesto a arriesgar una zuma multimillonaria en dólares y con la capacidad de gerenciamiento adecuada. Fortescue, la multinacional australiana, propuso darle forma a esa iniciativa.

La empresa va a invertir 8.400 millones de dólares en el desarrollo del complejo industrial, con la “granja eólica” que generará la energía necesaria; y la planta de electrólisis que dividirá el hidrógeno del oxígeno. Con una ventaja asociada: el oxígeno también es un compuesto de utilidad en el mercado.

Las expectativas es que alrededor de este emprendimiento se puedan desarrollar una cantidad de otros proyectos relacionados y que terminen conformando un polo de desarrollo.

Las cuentas en el papel empiezan a cerrar. Pero como bien dicen los serranos, habrá que ver como funciona en la realidad.

Ley de inversiones, para 2022

En tanto, el proyecto de promoción de inversiones en la actividad hidrocarburífera pasó para el año que viene. Sumido en sus propias contradicciones internas, el bloque del Frente de Todos no avanzó en su tratamiento con la velocidad que le pedían los actores del propio gobierno nacional. Dicen en los pasillos que todo quedará supeditado a cómo avancen las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

En definitiva, lo que subyace es una diferencia de enfoque sobre el rol que debe cumplir el Estado en esta etapa. Una división que tiene décadas de conflictos y polémicos hacia dentro del frente oficialista. Aquí la línea divisoria no pasa por “país agroexportador vs país industrial” sino por “industrialización mirando a la exportación” vs “industrialización centrados en el mercado interno”.

En el gobierno nacional, las miradas urgen hacia la exportación. Se miran las cuentas oficiales y se observa que hacen falta más dólares para equilibrar la economía y profundizar el desarrollo económico interno sin que se dispare la inflación. Para eso es necesario aumentar las exportaciones y que entren más dólares. Por eso el apuro en desarrollar el hidrógeno verde y las inversiones de hidrocarburos mirando los mercados externos.

Del otro lado, los senadores kirchneristas miran con desconfianza ese enfoque y entienden que se debe privilegiar primero el mercado interno. Sin calidad de vida interna, sin mejorar las variables económicas de la distribución del ingreso, no habrá futuro posible, explican.

Serán matices de un enfoque que centralmente pasa por profundizar el modelo de industrialización y diversificación, pero que hacia adentro del gobierno no terminan de zanjarse. Para colmo, este año terminaron el mandato las comisiones legislativas de Senadores y Diputados por lo que se deberán rearmar mirando el nuevo mapa político.

En la comisión de Minería y Energía de Senado, el FdT tenía una amplia mayoría: 11 senadores sobre 19. De esos 11, uno ya no estará: el chubutense Mario Pais, que no renovó. En tanto, la mendocina Anabel Fernández Sagasti si logró la reelección pero por la minoría.

Por el lado de la oposición, quien era vicepresidenta de la comisión, la radical Pamela Verasay, no fue por la reelección y no será parte de la nueva etapa que se abre.

Habrá que esperar entonces hasta marzo de 2022, cuando se reanuden las sesiones ordinarias y se rearmen las comisiones. Quizás en ese momento el panorama esté más despejado.

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