Eugene O’Neill, el pesimista existencial

"El amor nunca tiene razones, y la falta de amor tampoco. Ambos son un milagro"

Es uno de los dramaturgos más admirados de todos los tiempos. Su talento para las tramas conmovedoras y penetrantes surgió de una vida marcada por los desafíos. Su obra continúa movilizando y fascinando al público hasta el día de hoy. Hijo de un famoso actor irlandés, nació en Nueva York, y dedicó su vida entera a escribir teatro. Su celebridad es inmensa y varias de sus piezas se mantienen vigentes, por la forma en la que representan de forma realista dramas íntimamente personales. Su existencia es capaz de competir con todo lo que él imaginó, entre historias de hijos no reconocidos y mujeres abandonadas. En 1936 ganó el premio Nobel de Literatura «por el vigor, la honestidad y la emoción, honda y sentida, de su obra dramática, en la que cobra expresión una original concepción de la tragedia».

La familia O’Neill

Eugene Gladstone O’Neill nació en un hotel de Nueva York, EE.UU., el 16 de octubre de 1888, mientras su padre -James- estaba de gira representando «El conde de Montecristo», la célebre obra del escritor francés Alexandre Dumas (padre). Su madre, Mary Ellen Quinlan, compositora, era la hija delicada y emocionalmente frágil, de un padre rico que había muerto cuando ella tenía 17 años. Nunca superó la muerte por sarampión a los dos años de su segundo hijo, Edmund, y se hizo adicta a la morfina tras el difícil parto de Eugene.

El niño Eugene de gira con su padre

Su juventud aventurera no solo lo proveyó de las primeras experiencias que utilizaría en las obras con que se dio a conocer, sino que le sirvió también para enfrentarlo con los problemas que plantea el contraste entre el destino y la naturaleza del hombre, y que constituyen el centro de su obra, entendida no en sus relaciones humanas, sino en las que existen entre el hombre y algo que puede llamarse Dios o Hado.

Afiche de la obra «El conde de Montecristo»

Su padre era irlandés y emigró a los Estados Unidos, donde llegó a ser bastante conocido como actor y director teatral, y que durante muchos años fue popularísimo personificando el conde de Montecristo en la versión escénica de la obra de Dumas (más de 4000 representaciones). Hasta los siete años, Eugene lo siguió en las giras; después pasó por varias escuelas, casi siempre católicas. En 1906 se matriculó en la Universidad de Princeton, que abandonó un año después para ser empleado administrativo en Nueva York.

Eugene (izq.), su hermano Jamie (centro) and James O’Neill (der.) en la casa de campo familiar

Dejó ese trabajo para unirse a una expedición de buscadores de oro que se dirigía a Honduras; la experiencia fracasó y de regreso a los EE.UU. fue subdirector de una compañía dramática que recorría el país.

Charles Demuth (izq.) y Eugene O’Neill, dos actores en gira teatral

Pero su espíritu aventurero pudo más y se enroló en un velero noruego que zarpaba de Boston hacia Buenos Aires. Desempeñó en esta ciudad diversos empleos, pero pronto volvió a embarcar como simple marinero en un barco inglés que cubría la ruta Buenos Aires-Durban (Sudáfrica) y regreso. El tercer viaje lo condujo de Buenos Aires a Nueva York, donde entró como tripulante en un transatlántico de la línea Nueva York-Southampton (Inglaterra).

Más tarde diría: “Entré a Buenos Aires como un caballero y terminé desolado como una piltrafa humana en las dársenas del puerto”. Y además, enfermó de tuberculosis.

Vuelto a los Estados Unidos, fue actor en la compañía de su padre e hizo una gira por el Oeste del país; por último, pasó del escenario al «New London Telegraph» (El Telégrafo de Nueva Londres), modesto periódico de esa localidad, en Connecticut, como redactor principiante. Poco tiempo después se enteró de que tenía un principio de tuberculosis y tuvo que permanecer seis meses en un sanatorio, entre 1912 y 1913. Salió curado y decidido a escribir para el teatro.

Un solo acto

En la atmósfera apasionada y entusiasta del Greenwich Village de Nueva York (barrio en el que coexisten clubes de jazz y teatros no relacionados con las grandes producciones de Broadway), compuso las primeras obras dramáticas en un acto que al año siguiente representó un grupo de actores en Provincetown (Massachusetts). Estos «Provincetown Players» (actores de Provincetown) se trasladaron a Nueva York y se convirtieron para O’Neill en una oportunidad para mostrar su abundante producción, que suma más de cuarenta títulos en sus obras completas.

Obras Completas de O’Neill

Las piezas en un acto de la fase inicial, «La luna de los Caribes», «Ruta al Este hacia Cardiff» y «El largo viaje de regreso», utilizan de modo directo las experiencias marítimas: son más estudios de caracteres que verdaderos dramas y muestran influencias de los autores irlandeses George Bernard Shaw y John Millington Synge.

Decir que Eugene O´Neill es el padre del teatro estadounidense no es una exageración. Sería casi imposible imaginar su desarrollo de no haber existido una figura de tal importancia. Y esto es así no solamente porque renovó la escena en su país, sino porque la presencia constante de su figura durante casi cuarenta años en los escenarios neoyorquinos le confirió a la dramaturgia norteamericana la solidez necesaria para poder codearse con los autores europeos, ante los que había sentido un complejo de inferioridad histórico.


El conflicto entre naturaleza y destino fue esbozado en «Más allá del horizonte» (Beyond the Horizon), que en 1920 es su primera obra de extensión normal y su primer gran éxito -ahora sí- en los teatros de Broadway.

En ella, los personajes se atreven a desafiar el destino y eso les acarrea la desgracia. O’Neill presenta un triángulo amoroso formado por los hermanos Robert y Andrew Mayo y Ruth, una joven de la que ambos están enamorados. El primero de ellos ha decidido alejarse acompañando en un viaje a su tío Scott pero, al saber que la muchacha lo ama, opta por quedarse y entonces es Andrew quien parte.

«Dicen que existe la paz en los verdes campos del Edén. Hay que morirse para averiguarlo»

Pasan los años, Ruth y Robert se han casado pero su vida no ha sido feliz, incluso la granja se ha hundido económicamente. Por su parte, Andrew ha recorrido el mundo y logrado una relativa felicidad. Entonces, Robert se da cuenta de su error: su ambición era viajar y conocer mundo pero no quiso escuchar a su destino y optó por quedarse.

Las consecuencias han sido funestas para todos. Así, el mensaje de O’Neill es que nunca se debe luchar contra lo que el destino nos ha preparado, pues es inútil y desata la desgracia.

«El emperador Jones», adaptación al cine interpretada por el gran actor Paul Robeson en 1933

También en 1920 pasó al experimento expresionista con «El emperador Jones», en el lo inconsciente actúa mediante un proceso psicoanalítico. Todo el ambular del negro a través de la selva es un monólogo interior mediante el cual fluye enteramente el pasado tumultuoso y el fetichismo ancestral que pesa sobre el infortunado emperador. El buceo anímico es un recurso que O’Neill utiliza en mayor o menor grado en casi todas sus obras. Mediante el mismo logra una mayor humanidad, desde que las fuerzas que impelen a sus personajes surgen de sus propias almas.

«El hombre nace roto. Vive reparando. La gracia de Dios es pegamento!»

Junto con «El mono velludo», de 1922, marcan el período de influjo de Frank Wedekind y el expresionismo alemán, aunque O’Neill, menospreciando ésta y otras influencias, entre ellas la del escritor noruego Henrik Ibsen, reconociese solamente como maestros suyos, de un modo explícito, al alemán Friedrich Nietzsche y al sueco August Strindberg.

Esta obra ha sido considerada cómo «la tragedia del proletariado», aunque asomen en ella otros propósitos, como el «de la incomunicabilidad de los espíritus».


El fatalismo, que había encontrado ya expresión en «Anna Christie», en 1921 (llevada al cine por Greta Garbo, entre otras actrices), continuó empujando a O’Neill al teatro experimental, alimentado también con las diversas doctrinas nuevas que el autor iba descubriendo. Por esta obra recibió el segundo de los cuatro famosísimos premios Pulitzer que obtuvo.

En este trabajo muestra buena parte de sus fantasmas. Las símilitudes son tan evidentes que este fantástico texto no ha de ser leído solo como la gran ficción que contiene, sino también como una descarnada exposición de su biografía personal y familiar. Son las relaciones emocionales entre hombres y mujeres y padres e hijos, con el telón de fondo del papel del mar como medio de ganarse la vida, en una propuesta en la que no hay espacio ni tiempo para el sosiego.


Con «Deseo bajo los olmos» (1924) comenzó a demostrar la influencia del psicoanálisis, en uno de sus trabajos más famosos; y mientras en «El gran dios Brown» (1926) el uso de las máscaras simbólicas muestra todavía viva la acción del expresionismo, «Extraño interludio» (1928) y «Dynamo» (1929) pretenden traducir el flujo continuo de la conciencia, las frustraciones, los complejos y otros elementos freudianos recurriendo al pensamiento hablado en nueve actos.

«Deseo bajo los olmos», en una de sus adaptaciones al cine

«Deseo…» es un soplo huracanado de pasión cruza el escenario. Es el drama de la posesión, la posesión de la tierra y de la mujer, en que un poderoso sentimiento panteísta parece envolverlo y oprimirlo todo. Un viejo, su tierra, sus dos hijos y una prostituta -Abbie- uno de los tipos femeninos mejor logrados de O’Neill, que es la mujer artera y apasionada, capaz de lograrlo todo en defensa de su instinto. La acción transcurre en un lugar no localizado, en una casa aislada del mundo donde viven unos personajes apartados de la sociedad y de ellos mismos. Moran una casa levantada sobre cenizas y transitada por un aire irrespirable que solo mueve las ramas de unos olmos milenarios, que parecen más vivos que sus propios dueños.

Paréntesis

En esta fase experimental, el drama «Todos los hijos de Dios tienen alas» (1924) representa un paréntesis; es una de sus obras más naturales y conmovedoras, inspirada en la defensa de los negros, a través de la relación entre el protagonista, Jim Harris, y Ella Dowe, blanca, en una historia de superación y evasión.

Este vigoroso trabajo muestra la lucha del espíritu con la materia, la angustia del hombre que ha perdido su fe o la incomprensión racial, que vencida por el amor unirá a Ella y Jim.


De 1931 es «A Electra le sienta el luto», trilogía que figura entre las obras de más empeño (aunque no mejor logradas) de Eugene O’Neill y en la que, aparte del origen psicoanalítico de la trasposición moderna de un mito clásico, la culpa a expiar no es la ofensa a la divinidad sino la violación de la moral social, identificando así el Hado (Divinidad) con la sociedad civil. Cae por momentos en el melodrama, pero es indudable que la inquietud filosófica que alienta su mensaje logra superar esa inclinación al fácil dramatismo, e infundir hondura trágica a sus personajes.


Tanto en «Días sin fin» (1934), obra en la que aparece un protagonista atraído irresistiblemente hacia el catolicismo, como en «Llega el hombre de los hielos (1946) expresa de un modo simbólico la pérdida de las ilusiones y la proximidad de la muerte. En éste último año O’Neill fue diagnosticado con el Mal de Parkinson, enfermedad que puso prácticamente fin a sus actividades.

Tapa de la prestigiosa revista «Time» dedicada a O’Neill (1928)

Pero antes, en 1940, había escrito un drama autobiográfico, «Viaje del largo día hacia la noche», que por expresa voluntad suya no fue publicado ni representado hasta después de su muerte. Es una obra maestra que marcó de forma radical a toda una generación de escritores no sólo del teatro sino también del cine.

Bajo nombres ficticios, se encuentran representadas allí las vicisitudes de su familia. En esta obra, dolorosa y conmovedora, los personajes se acusan recíprocamente del fracaso de sus vidas; no se dan cuenta de que ha sido debido solamente a sus errores y lo atribuyen falsamente a las circunstancias. En otros términos: O’Neill se muestra aquí consciente de que el Hado está adentro, y no afuera de nosotros.


Quizá lo lleva a esta conciencia la comprobación de que solamente él, de toda la familia, logró redimirse y salvarse a través de su obra de escritor; aunque no estaría muy alejado de la verdad el reconocimiento de que su fatalismo pesimista es un reflejo de aquella doctrina Calvinista que el Puritanismo, nunca apagado en la conciencia norteamericana, ha perpetuado desde los tiempos de los Padres viajeros inmigrantes.
En forma póstuma fue publicada, en septiembre de 1957, la obra «A Touch of the Poet» (Un toque del poeta», la primera de una puesta en nueve actos sobre el sistema de clases que rigió en los Estados Unidos en 1828; fue dictada dificultosamente a su última mujer, Carlotta Monterey, quien después se encargó de destruir los últimos manuscritos del autor a su pedido.

Una familia atormentada

O’Neill tuvo dos breves matrimonios (y abandonos) -Kathleen Jenkins y Agnes Boulton- antes de casarse con su tercera esposa, Carlotta Monterey, en 1929.

Dos de sus tres hijos, Shane y OOna, junto al dramaturgo

Pero antes de eso, convivió con una madre morfinómana y un padre alcohólico, perdió prematuramente dos hermanos, conoció la miseria y vivió la angustia existencial de una vida rumbosa. Luego, ya asentado como escritor, brillante, falló en su rol de padre, ya que aunque reconoció a sus hijos, nunca se ocupó de ellos. Dos, también alcohólicos, se suicidaron -Eugene y Shane-, y la «vedette» de la familia, le produjo tantos pesares que terminó por no verla ni hablarle nunca más.

La joven rebelde, Oona O’Neill

Es que Oona, de ella se trata, fruto de la pareja Eugene O’Neill-Agnes Boulton, en la década del ’40, con apenas 17 o 18 años (había nacido en 1925), comenzó a frecuentar el ambiente artístico y musical de Nueva York, deslumbrando con su belleza y desenfado a los hombres, entre ellos al incipiente escritor John Salinger y al mismísimo actor y director Orson Welles.

Sin embargo, al mudarse a Hollywood en busca de una carrera cinematográfica, conoció a Charles Chaplin, que ya era una leyenda y con quien se casó en 1943; él le llevaba 36 años. Cuentan los cronistas de la época que el compromiso se selló con este diálogo: “Cásate conmigo para enseñarte a vivir y enseñarme a morir”, dijo él, a lo que ella respondió: “No Charlie, me casaré contigo para que me enseñes a madurar y te enseñaré a ser joven hasta el final”.

Una historia de amor que duró treinta y cuatro años

La boda fue un gran disgusto para Eugene O’Neill, que llamó «sádico» al cómico y maldijo y desheredó a su hija.

Contra todos los pronósticos, el matrimonio duró 34 años -hasta la muerte del gran Charlot en 1977- y tuvieron 8 hijos, el último de los cuales nació cuando Chaplin tenía 73 años. Ella falleció a los 66, en 1991.

Poesía en el teatro

Considerada en su conjunto, la obra de Eugene O’Neill pareciera desigual por su mismo carácter experimental debido a un temperamento fundamentalmente poético, que ha buscado a menudo un modo de expresión violentando la forma misma del arte dramático hasta triturarlo. No obstante, ese fuerte temperamento poético impregna sus dramas de una sustancia humana y de pensamiento que lo han convertido en el más importante de los dramaturgos de los Estados Unidos, el iniciador de un auténtico teatro norteamericano y el primero que alcanzó, en el nuevo continente, una resonancia internacional, que le fue reconocida en 1936 con la entrega del premio Nobel de Literatura.

Eugene O’Neill, el drama en primera persona

Conforma la la tríada de grandes dramaturgos estadounidenses junto a Tennessee Williams y Arthur Miller.

Para O’Neill, la materialización del hombre es motivo de una preocupación, que cobra mayor significado por cuanto su voz nos llega de un país en el que el maquinismo es determinante de nuevas formas de vida. Sus obras revelan un fuerte pesimismo existencial.

El final

Tras haber padecido numerosos problemas de salud (entre ellos el alcoholismo) durante muchos años, O’Neill padeció también el Mal de Parkinson, lo que le ocasionaba temblores en las manos que le impidieron escribir desde 1946 en adelante. Le dictó a su esposa, pero le resultaba dificultoso crear de ese modo.

Eugene Gladstone O’Neill murió en la habitación 401 del hotel Sheraton de Boston, capital de Massachusetts, EE.UU., el 27 de noviembre de 1953, a los 65 años.

 

Fuentes: historiahoy.com.ar; editorial24.com; criticadelibros.com; bibliotecavirtual.unl.edu.ar; citas.in; pbs.org; Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Eugene O'Neill». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona, España, 2004.

 

 

Comentarios
¿Qué opinas de esta nota?
  • Me gusta (0%)
  • Interesante (0%)
  • Útil (0%)
  • Aburrido (0%)
  • No me gusta (0%)