«Más que un ojo de la cara»

Escrito por Adolfo Nicolás Scatena. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

Estoy en el baño de una terminal de colectivos, y mientras el micro levanta a sus pasajeros, me quito de una sacudida esa inagotable necesidad de tener contacto físico con una mujer. Está todo tan fresco… esa mujer que bailaba conmigo en el casino del camping de la localidad de Fray Bentos, en Uruguay…

La playa del río al amanecer y esa huida hacia, primero, la carpa de ella, que encontramos ocupada, después a la mía en la que mis dos compañeros de viaje ya se habían levantado y partían sin mí a tomar el micro dejándome solo y sin mi boleto de regreso, no cumpliendo así la promesa de esperarme hasta terminado el encuentro con mi ocasional partenaire.

Las palabras del gendarme todavía me aturden diciéndonos en la frontera: “miren que los dejo pasar solamente porque yo soy de Fray Bentos, y si me entero de que se mandaron alguna los traigo del fondillo del culo”.

Eramos menores mi amigo de la facultad y yo; el otro, compinche de Alejandro, era apenas mayor y le decían «Chino».

Alejandro me había convencido de hacer ese viaje a dedo desde la Capital Federal hasta Gualeguaychu con unos pocos pesos, y de ahí, después de una noche de descanso, seguir hacia Uruguay. La idea me atraía, primero porque nunca había estado en el extranjero y porque además íbamos a “la tierra del cucumelo” (*).

Ya en el camping llegó la ocasión de encontrar algunos hongos cuando la lluvia empezó a caer. Así que traté de lograr algún dato esa misma noche con los jóvenes uruguayos que residían ahí.

-Mirá -me dijo un pueblerino joven, petiso y de barba prominente- Eso no creo que consigamos esta noche, pero si te parece, mi tío está de cuidador en el casino y podemos aprovechar que duerme para ir y sacarle algunas cervezas.
-Bueno, si son tan solo un par te acompaño.

Así que fuimos, bajo la lluvia que caía en forma torrencial. Entró por un costado donde se apilaban los cajones de botellas, y puede ser que me haya visto con mucha sed o bien con la boca muy grande, porque salió con un cajón entero haciendo algo así como malabares, para querer atrapar todos los envases sueltos entre sus brazos.

Y naturalmente, se le empezaron a caer, lo que obviamente despertó a su pariente, que inmediatamente salió con un machete y mucha furia. Lo que no puedo explicar es como del temor a la advertencia del gendarme de la frontera, las piernas no me daban para huir de la escena del crimen. A la distancia se escucharon gritos de dolor, e incluso, los planazos del machete contra el cuerpo de mi ocasional guía.

Por lo tanto, en ese viaje no hubo ni hongos ni cerveza. Al otro día salí del camping hacia el pueblo. A la salida me topé con mi «socio», el infractor. Me mostró la espalda enrojecida por los planazos del machete y sus ojos morados por los puños del sereno, y me contó además que su padre era el comisario del lugar, y como castigo, por algo que podría haber quedado en familia, lo encerró en una celda a “dormir la mona”.

Está todo muy fresco todavía, cuando ya parte el ómnibus hacia Buenos Aires, pero me voy tranquilo porque puedo alcanzarlo y recuperar a mis compañeros. Ahora tengo una buena historia para contar sobre la ciudad que años atrás entró en litigio por la famosa papelera, además de lo bien que nos trataban a los jóvenes, con la excepción de que la cerveza puede salir poco más que un ojo de la cara…

(*) Hongo alucinógeno que crece en los excrementos de vacas y ovejas.

Por: Adolfo Nicolás Scatena

Comentarios
¿Qué opinas de esta nota?
  • Me gusta (100%)
  • Interesante (0%)
  • Útil (0%)
  • Aburrido (0%)
  • No me gusta (0%)