La historia, un arma cargada de valoraciones

De tanto en tanto, los medios suelen recuperar la biografía de algún personaje histórico con la finalidad de rescatar su memoria, sus luchas y sus logros. Estos aportes a la divulgación de nuestra historia siempre son útiles, claro está. El tema es que no siempre son tan ingenuos o neutrales como cabe suponerse. La lectura del pasado siempre se hace desde una valoración del presente.

El inglés Arnold Toynbee, fundador de la historiografía moderna, se preguntaba para qué se seguirían escribiendo libros sobre los antiguos griegos, si ya nada nuevo podían aportar… Si los hechos fueran tan incontrastables, bastaría con buscar antiguos textos y reeditarlos sin tener que malgastar tiempo en volver a la Edad de Oro de los atenienses. Y sin embargo se hacía – y se sigue haciendo -: cada generación se siente con el derecho y la obligación de reescribir aquellos mismos hechos. La conclusión de Toynbee era que si bien los hechos seguían siendo los mismos, lo que cambiaba era el observador. Que vuelve a analizar los diferentes períodos históricos con la escala de valores y las preocupaciones de sus contemporáneos.

O como lo dice Litto Nebbia en su canción: “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”.

Reinventando a Elpidio

Elpidio González tiene un nombre que bien lo podría convertir en personaje de Jorge Luis Borges. Pero no: el hombre fue un importante dirigente político durante las primeras tres décadas del siglo XX. Abogado, amigo y correligionario de Hipólito Yrigoyen, don Elpidio participó en la revolucion radical de 1905, fue ministro de Guerra y jefe de policía durante el primer gobierno de su partido; vicepresidente de Marcelo T. de Alvear y ministro del Interior en el segundo gobierno de Yrigoyen.

Su permanencia en lugares claves del poder, su proximidad a Yrigoyen, nos permiten suponer que fue un dirigente de primera línea; persona de consulta y de acción. Como tantos ministros y secretarios que suelen pasar por los medios de comunicación blandiendo ideas y respondiendo críticas en el mundo actual. Lo difícil es que se conviertan en “personajes históricos” porque pasada la coyuntura, la historia pasa el tamiz para dejar exclusivamente a los líderes y filtrar a los demás.

Pero en los últimos dos años se rescató la imagen de Elpidio González para volverlo a poner en el escenario, ya no como el hombre de la política sino como el autor de un gesto de austeridad y renunciamiento. Quien fuera jefe de Policía durante la Semana Trágica de enero de 1919, con la secuela de más de 800 muertos, otros cientos de desaparecidos, heridos y 50.000 detenidos, sale del foco de aquellas responsabilidades para asumirse como un casto republicano poseedor de las mejores virtudes de su tiempo.

Pero para que el color no nos gane en este intento por ver el vaso completo: es real que don Elpidio González renunció a una jubilación especial por el hecho de haber sido vicepresidente de la Nación, aun cuando vivía en condiciones más que modestas en una pensión de Buenos Aires. Y se ganaba el pan diario como vendedor ambulante. Su carta de renunciamiento, de una dignidad encomiable, destacaba: “Entregado desde los albores de mi vida a las inquietudes de la Unión Cívica Radical, persiguiendo anhelos de bien público, jamás me puse a meditar, en la larga trayectoria recorrida, acerca de las contingencias adversas o beneficiosas que los acontecimientos podían depararme. No esperaba, pues, esta recompensa, ni la deseo y, al renunciarla, me complace comprobar que estoy de acuerdo con mis sentimientos más arraigados”.

Tan real es este hecho como su actividad como revolucionario de 1905, ministro de Guerra en 1916, jefe de Policía a partir de 1918, vicepresidente en 1922 y ministro de Interior en 1928.

En este caso, el historiador reorientó las luces para que veamos solo a aquel anciano que luego de haber ocupado importantes cargos en la función pública, renunciaba a una jubilación especial porque le interesaba más el honor de haber podido actuar como vicepresidente de la Nación. El resto, funciona como datos aleatorios.

Como un hábil director de teatro, reordenó el tablero para hacernos ver una parte de la realidad. Y está claro que su elección de valores y acciones no en absoluto neutral ni ingenua. Porque en realidad, esas relecturas de nuestro pasado están cargadas de una determinada valoración del presente. Terminan convirtiéndose en una herramienta más de la lucha política. Así lo han interpretado los propios lectores cuando en las redes compiten para intentar dejar su propia apreciación desde su rol como protagonistas de la vida social del país.

Esa imagen del republicano austero y en la miseria busca funcionar como contracara de una supuesta realidad actual de funcionarios que se enriquecen o que perciben jubilaciones. Imagen que funciona para consolidarnos en las ideas que tenemos.

Por eso, a la hora de leer un artículo de historia – o un libro -, viene bien tener en cuenta que la historia es un producto social, que tiene mucho de interpretación y de carga emocional, y pensar que tan importante como lo que cuenta, es lo que calla.

 

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