Juan Rulfo, el genio descarnado

"Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo"

Un solo libro de cuentos y una única novela, bastaron para que el escritor mexicano fuese reconocido como uno de los grandes maestros de la narrativa hispanoamericana y mundial del siglo XX. Su obra, tan breve como intensa, ocupa por su calidad un puesto encumbrado dentro del llamado «boom» de la literatura de esta parte del mundo de los años 60, fenómeno editorial que dio a conocer el valor de los nuevos (y no tan nuevos, como en su caso) narradores del continente. En 1983 le fue otorgado el premio Príncipe de Asturias de las Letras «en reconocimiento de la alta calidad estética, hondura inventiva, acierto y novedad expresiva, así como de su decisiva influencia en la posterior narrativa de su país y el lugar destacado que ocupa en el conjunto de las letras hispanas».

Comienzo incierto

Tal como sucedió con su colega, el cubano Alejo Carpentier, el nacimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno está rodeado de distintas versiones, algunas alimentadas por el propio escritor.

Por supuesto, se sabe que vino a este mundo en México pero el lugar preciso gira entre tres sitios: Apula, donde estaba la casa familiar, San Gabriel y Sayula, todas poblaciones del estado de Jalisco. Fue el 16 de mayo de 1917.

La adopción del apellido Rulfo fue debido a una petición de la abuela María, pues en su familia hubo 7 hermanas y un solo varón que murió soltero y sin descendencia. Para evitar que se perdiera pidió a sus nietos que adoptaran el que usó siempre el escritor.

Rulfo (adelante) en su etapa escolar, en San Gabriel, Jalisco

Su niñez se vio afectada por las luchas religiosas de su país, la «Guerra de los Cristeros» (de 1926 a 1929 entre militantes católicos y el gobierno dictatorial que intentaba limitar y controlar el culto); fue particularmente violenta en Jalisco, lo que llevó al escritor a decir: «Viví en una zona de devastación. No sólo humana sino geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica».
Este mundo en el que se crió durante la infancia le formó como un niño retraído al que le gustaba jugar solo.

Fusilamientos durante la «Guerra de los Cristeros»

Vivió en la pequeña población de San Gabriel, pero las tempranas muertes de su padre, asesinado en 1923 de un disparo en la nuca (en la guerra antedicha), y de su madre en 1927, obligaron a sus familiares a inscribirlo en un internado en Guadalajara, la capital del estado.

Entrevista a Juan Rulfo en Radiotelevisión Española

Durante sus años en San Gabriel entró en contacto con la biblioteca de un sacerdote y recordará siempre estas lecturas, esenciales en su formación literaria. Algunos autores acostumbran destacar su orfandad como determinante en su vocación, mientras otros aseguran que su conocimiento temprano de los libros mencionados habría tenido un peso mayor en su formación.

Juan Rulfo explorando su país

Una huelga de la Universidad de Guadalajara le impide inscribirse y decide trasladarse a la ciudad de México. La imposibilidad de revalidar los estudios hechos en Jalisco tampoco le permite ingresar a la Universidad Nacional, pero asiste como oyente a los cursos de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras. Se convierte en un experto conocedor de la bibliografía histórica, antropológica y geográfica de México, temas que un estudio minucioso de su obra literaria y fotográfica permite rastrear en la misma, además de los textos y la labor editorial que les dedicó.

«Nada de esto es cierto. Arrieros en camino». Fotografía de Rulfo

Instalado la capital, su familia lo incitó a estudiar la carrera de leyes pero al fallar en los exámenes de ingreso se dedicó a trabajar. Como viajero descubre una veta de experiencias en los pueblos, la que será fundamental en su obra posterior. Sus periplos por diversas zonas del país le permitieron entrar en contacto con etnias apartadas que aún resguardaban sus tradiciones.

Durante buena parte de las décadas de 1930 y 1940 viaja extensamente por México, trabaja en Guadalajara o en el Distrito Federal y comienza a publicar sus cuentos en dos revistas: «América», de la capital, y «Pan», de Guadalajara. La primera de ellas significa su confirmación como escritor, gracias al apoyo de su gran amigo y compatriota Efrén Hernández, poeta, dramaturgo y guionista. En estos mismos años se inicia como fotógrafo, dedicándose de manera muy intensa a esta actividad, publicando sus imágenes por primera vez en «América» en 1949.

A mediados de los cuarenta inicia una relación amorosa con Clara Aparicio, de la que queda el testimonio epistolar. Se casa con ella en 1948 y los hijos (cuatro) comienzan a aumentar su familia poco a poco. A a principios de los ’50 abandona su trabajo en la empresa Goodrich, fabricante de neumáticos, y obtiene en 1952 la primera de las dos becas consecutivas que le otorga el Centro Mexicano de Escritores, fundado en 1951 por la mecenas y escritora estadounidense Margaret Shedd. Ella fue sin duda la persona determinante para que Rulfo publicase “El Llano en llamas” en 1953, obra en la que reúne quince cuentos, siete ya publicados en revistas y otros nuevos, y, en 1955, “Pedro Páramo”.

Rulfo (centro) y Shedd (der.) durante una conferencia

Dos obras maestras

En su trabajo más conocido, «Pedro Páramo» (1955), Juan Rulfo dio una forma más perfeccionada al mecanismo de interiorización de la realidad de su país, en un universo donde cohabitan lo misterioso y lo real; el resultado es un texto profundamente inquietante que ha sido juzgado como una de las mejores novelas de la literatura contemporánea.

El protagonista de la novela, Juan Preciado, llega a la fantasmagórica aldea de Comala en busca de su padre, Pedro Páramo, al que no conoce. Las voces de los habitantes le hablan y reconstruyen el pasado del pueblo y de su cacique, el temible Páramo; Preciado tarda en advertir que en realidad todo los aldeanos han muerto, y muere él también, pero la novela sigue su curso, con nuevos monólogos y conversaciones entre difuntos, trazando el sobrecogedor retrato de un mundo arruinado por la miseria y la degradación moral.

García Márquez, Rulfo y su esposa

Como el Macondo de «Cien años de soledad», de Gabriel García Márquez, o la «Santa María» de Juan Carlos Onetti, la ardiente y estéril Comala se convierte en el espacio mítico que refleja el trágico desarrollo histórico del país, desde el «Porfiriato» (gobierno del militar Porfirio Díaz, entre 1876 y 1911) hasta la Revolución Mexicana, que derrocó al tirano y se desarrolló entre 1910 y 1917.

El uruguayo Juan Carlos Onetti junto a Juan Rulfo

Desde el punto de vista técnico, «Pedro Páramo» se sirve magistralmente de las innovaciones introducidas en la literatura europea y norteamericana de entreguerras (Marcel Proust, James Joyce, William Faulkner), línea que en los años 60 seguirían Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Carlos Fuentes y otros autores del boom literario. De este modo, aunque la novela se plantea inicialmente como un relato en primera persona en boca de su protagonista, pronto se asiste a la fragmentación del universo narrativo por la alternancia de los puntos de vista (con uso frecuente del monólogo interior) y los saltos cronológicos.

Jorge Luis Borges (izq.) y Juan Rulfo (der.) en 1973 en México

Según Jorge Luis Borges, «Pedro Páramo» es “una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aun de la literatura mundial” y algunos testigos cuentan que el siguiente fue el diálogo entre el argentino y el mexicano en su primer y único encuentro:

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver su país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, solo Borges.
BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, cómo ha estado últimamente?
RULFO: Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.
RULFO: Cómo así?
BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichados que seríamos si fuéramos inmortales.
RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
RULFO: Así ya me puedo morir en serio.

 

El paso previo

Antes de «Pedro Páramo», Rulfo había publicado en 1953 «El llano en llamas», un libro que contiene quince de los mejores cuentos de la literatura hispanoamericana. Algunos ya habían sido publicados en revistas literarias.

En esta obra, el autor emprende la crónica de un país -el sur de Jalisco, su tierra nativa- al que ve en proceso de una larga agonía, matizada por el vigor subsistente de sus antiguos pobladores, los muertos que siguen pesando sobre los vivos dentro de la comarca polvorienta y melancólica, a cuyo atrofiado crecimiento contribuyeron aquellos mismos.

«No oyes ladrar los perros», cuento de Juan Rulfo narrado por él mismo

Esta región mexicana, de límites vagos e imprecisos y de una geografía tan obsesiva que adquiere rasgos de pesadilla, nutre habitantes huraños y lacónicos que se expresan en un lenguaje que, paradójicamente, tiende más bien al silencio que a la palabra: «la gente allí no habla de nada» dice Rulfo.

«Desgraciadamente, yo no tuve quien me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí»

Pero el autor ha decantado en esta aparentemente primitiva o casi nula forma de expresión popular un eficaz idioma literario en el cual se relatan historias vivas, más allá de los monólogos descarnados de quien no espera ser escuchado, o del que sabe de antemano que está condenado a repetir -como una suerte de maldición- siempre los mismos hechos ante la misma indiferencia.

El actual rey de España, Felipe VI, entrega a Rulfo el premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1973

En 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura de México, y en 1983, el Príncipe de Asturias de la Letras.

El final

Las dos últimas décadas de su vida Rulfo las dedicó a su trabajo en el Instituto Nacional Indigenista de México, donde se encargó de la edición de una de las colecciones más importantes de antropología contemporánea y antigua del país. Había sido un atento lector de la historia, la geografía y la antropología de su país a lo largo de toda su vida, y con este trabajo colmaría una de sus vocaciones más duraderas.

Campesinas en Oaxaca, uno de los estados de México. Fotografía de Juan Rulfo

En 1980 presentó una colección de fotografías suyas que abrió al público el conocimiento de esta parte de su creación. Su legado fotográfico comprende aproximadamente seis mil negativos, material que aún se encuentra en proceso de clasificación por lo que algunas fotografías no cuentan aún con una ldentificación definitiva. En los últimos años el interés por este monumental trabajo ha sido creciente y se ha visto reflejado en exposiciones y libros dedicados a sus imágenes.

«El tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre»

Fue un hombre marcado por la tierra donde nació, tragedia de sus padres y su vida en un internado para jóvenes -el período más triste y depresivo de su vida, según dijo-, volcó en la literatura el inmenso amor por su país, mostrando la faceta menos agradable de la historia. Pero lo hizo en forma magistral.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno falleció en la capital mexicana el 7 de enero de 1986, admirado por colegas de todo el mundo. Tenía 69 años y quizá como ningún otro escritor, con una obra tan breve -en extensión- obtuvo tanto reconocimiento. Merecidísimo, por supuesto, ya que entre otros logros supo capturar con maestría el corazón y el alma de México.

 

Fuentes: fce.com.ar; rincóncastellano.com; oncubanews.com; el estudiante digital.com; latercera.com; elem.mx; excelsior.com.mx; Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Juan Rulfo». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004.

 

Comentarios
¿Qué opinas de esta nota?
  • Me gusta (0%)
  • Interesante (0%)
  • Útil (0%)
  • Aburrido (0%)
  • No me gusta (0%)