El problema no es la grieta sino qué hacemos con el otro

A cavar trincheras, señoras y señores. Lo más profundas que puedan. De este lado, nosotros, los puros. Del otro, todos los demás. Cavemos y separemos. Sí, y en lo posible acusemos a aquellos de ser culpables de haber empezado. Que nadie se quede sin su pala, sin su azada. Y si no hay herramientas, a darle con las manos. Porque esta zanja, esta brecha que nos permite mantenernos a salvo, no se construye de un día para otro. No, no y no. Es una cuestión de machacar y machacar hasta que lo asumamos como una cuestión cotidiana.

¿Qué pasaría si un día descubrimos que esa trinchera no existe? ¿Qué la zanja estaba apenas en nuestra imaginación? Lo más probable es que nos sentiríamos a la intemperie, desolados, sin un punto fijo al que agarrarnos. Y muchos empezarían a buscar otro concepto que le brinde un mínimo de seguridad para después sí, andar despreocupadamente por la vida.

Así es nuestra historia reciente. Un día, un buen señor con pasado de periodista progresista y presente de vaya uno a saber qué, se iluminó con una idea: la sociedad estaba dividida por una “grieta” y la culpa de fomentarla era el gobierno. Más estrictamente, una mujer. La entonces presidenta Cristina Fernández. Cientos de artículos periodísticos “serios”, horas de debates televisivos y ni que hablar en las radios, más algún que otro libro, pretendieron interpretar que el gran problema de la Argentina pasaba por la grieta. Todos asumieron que esa “grieta” existía. La oposición, aseguraba que las órdenes llegaban desde la Casa Rosada. El oficialismo respondía que se trataba de una conjura de Clarín y el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Lo que se necesitaba era ponerle al otro la responsabilidad por haberla fomentado y construido.

Humanos son los que cavan trincheras

El dúo Pastoral (Alejandro De Michele y Miguel Angel Erausquin), compusieron su canción pacifista destacando que precisamente “humanos los que cavan trincheras, son los que rompen higueras, humanos, humanos son”. Y en la historia de la humanidad está la génesis de aquella grieta que se pretende tan deformadora de nuestra realidad nacional.

Esos humanos se han caracterizado por “cavar trincheras” (a veces mentales; muchas veces reales), que les permitiera mantenerse a salvo de las amenazas externas. Para no irnos demasiado lejos en la geografía: Argentina es un país que se ha caracterizado por estos “Boca – River” intensos con los que nos hemos identificado, justificado y peleado en las más diferentes áreas del accionar humano.

Desde antes del 25 de mayo de 1810, cuando la polémica pasaba por si el virrey seguía teniendo autoridad después de la caída del rey; y después del 25, cuando la división pasó por “saavedristas” o “morenistas”. Ya estaba todo dicho. O al menos, se había marcado la línea en el piso. Se estaba de un lado o del otro. Y hemos seguido siendo implacables con estas divisiones que no dejan lugar a dudas: directoriales o artiguistas; unitarios o federales; monárquicos o republicanos.

Hasta ahí, la cosa pasaba por la identidad propia: una parte de la sociedad era “A”; la otra parte era “B”. Unos tenían una idea para organizar al país; los otros tenían una propuesta distinta. El problema empezó cuando uno de los términos pareció volverse invencible, que podía llegar a hacer realidad su idea. El otro dejó de pensar en su proyecto. Simplemente empezó a manifestarse “en contra de”.

La primera vez que pasó fue durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, el caudillo federal de la provincia de Buenos Aires. ¿Había un proyecto común sobre qué hacer después de derrocarlo? No, eso no habría permitido sumar una fuerza capaz de derrotar política y militarmente al informal jefe de la Confederación.

La historia continuó con similares posicionamientos alrededor de las personalidades políticas de su tiempo (Julio Roca, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón). A veces se resolvió con una mezcla de fuerza y política (el primero); otras, a sangre y fuego (los dos del siglo XX).

Un clásico nacional

Y si el país se paraliza al calor de un superclásico como Boca – River; la región contiene la respiración cuando Cipolletti y Deportivo Roca deben dirimir supremacías de campeonatos. Puede ser en las inferiores, en el torneo local, en la reserva o en el Federal A. Paro cualquiera de los dos, ganar es especial.

Primero, la política; después el fútbol. En definitiva, dicen que la guerra es la continuidad de la política. Y que el deporte no es otra cosa que la representación simbólica de una guerra, con la misma intensidad pero sin la violencia de aquella. Si el gran Jorge Luis Borges hubiera visto al fútbol desde este punto de vista, tal vez otra habría sido su valoración del juego.

Pero entonces… ¿puede haber grietas en otras actividades? De hecho, existen.

En la música, los tangueros tradicionales se diferenciaban de la música que componía Astor Piazzolla. Además, no querían saber nada con los amantes del fox trot o el bolero. Por más que después, en los bailes de los ’40 y ’50, todos se juntaban y se cruzaban. Los bailarines, los músicos y curiosos.

El rock nacional, ese apasionante movimiento musical que refrescó la cultura popular a partir de los ’60, también sabe de sus divisiones irreconciliables. Almendra o Sui Generis. Pappo o Spinetta (si hasta se olvidan de que alguna vez tocaron juntos en el grupo Torax). Soda Stereo o Los Redondos. Gustavo Ceratti o el Indio Solari.

En todo caso, representan estéticas y visiones diferentes de una sociedad múltiple; y sus seguidores se afirmaban en una forma de cantar y de versionar imágenes de un país tan cambiante.

El folklore argentino tradicional tuvo sus rivalidades entre Los Chalchaleros y Los Fronterizos; no superada siquiera por la rivalidad que mantenían con otros músicos “perturbadores” como el Chango Farías Gómez, Cesar Isella o el Dúo Salteño.

Ni la literatura argentina se salvó de esta manía de conformar bandos opuestos. Por allí anduvieron “martinfierriestas” y “los de Sur”, con sus diferentes formas de abordar la vanguardia y las referencias a una realidad nacional que para algunos les era tan extraña. O el clásico que disputaban los de “Florida” versus los de “Boedo”. El primer equipo, formada por escritores como el mismo Borges, Victoria Ocampo, Leopoldo Marechal y Ricardo Güiraldes, entre tantos otros. Y sus “adversarios”, con Leónidas Barletta, Clara Beter, César Tiempo, Álvaro Yunque y Roberto Arlt, también entre tantos.

Pero no se privaban de tener sus incursiones en la pintura: los “floridas” eran Xul Solar, Antonio Berni y Lino Spilimbergo; José Arato, Adolfo Bellocq y Guillermo Hebequer entre los “boedos”.

Identidad propia o negación del otro

La bendita “grieta” con la que machacaba nuestro showman periodístico no es otra cosa que una simple ratificación de los propios principios cuando un grupo se siente atacado por otro. Atacado en sus fundamentos más profundos; negado en su valía y trascendencia histórica. Y la respuesta en la polémica pasará por una actitud militante en defensa de su propia identidad. Muy diferente a la que se les exige de aquel poder mediático, una especie de “rendición incondicional” de sus propios valores para adoptar los del adversario.

Ratificarse en las propias ideas nunca podrá ser reprochable. Y el problema – en todo caso -, no pasa por el hecho de la existencia de estas divisiones. Más bien pasan por el objetivo que perseguimos con esas construcciones mentales. Una cosa es decir: “soy ‘A’, quiero este proyecto para mi país / mi literatura / mi música”. Y otra muy distinta pasa cuando nos plantamos en: “soy ‘B’, y no quiero a ‘A’ en el país / literatura / música”.

El problema no es la grieta que nos puede dividir, sino nuestra actitud hacia el que está del otro lado de la grieta. Lamentablemente, muchos están más enfocados en destruir al otro que en crear algo distinto. Eso sí puede hacernos perder el rumbo como sociedad.

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