Alejo Carpentier, creador de lo «real-maravilloso»

"La palabra impresa embalsama la verdad para la posteridad"

El escritor cubano fue uno de los artífices de la renovación de la narrativa latinoamericana, en particular por su estilo de escritura, que incorpora todas las dimensiones de la cultura -incluidos sueños, mitos, magia y religión- en su idea de América. Definió su método artístico como expositor de lo “real-maravilloso” americano en su barroca realidad. También incursionó en el periodismo, la poesía, la narrativa, la música y muchos otros géneros que lo convirtieron en un escritor universal. Fue el segundo novelista en recibir el premio Cervantes, el máximo reconocimiento a la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos, «cuya obra haya contribuido a enriquecer en forma notable el patrimonio literario de la lengua».

Origen con dudas

Sobre su origen existen varios espacios en blanco y contradicciones dada la desigual información que se dispone. Según el propio autor, nació en La Habana, Cuba, el 26 de diciembre de 1904, del matrimonio del arquitecto francés Jorge Julián y de la pianista rusa Lina Valmont, y se formó en escuelas de Francia, Austria, Bélgica y Rusia.

El pequeño Alejo Carpentier y Valmont

Sin embargo, después de su muerte comenzó a documentarse un origen muy distinto que situó su nacimiento en la misma fecha pero en Lausana, Suiza, en una familia humilde que luego emigró a la isla caribeña instalándose en el pueblo de Alquízar, donde el futuro escritor trabajó como repartidor de leche.

Como fuera, la vida del futuro escritor estuvo determinada por un mestizaje cultural bastante marcado, en primer lugar por el interés y la curiosidad que mostraba su padre con respecto a lo hispánico y al hecho de vivir en un país joven y nuevo en el que la decadencia europea quedaba atrás. Esta situación llevó a Jorge Carpentier a tomar la decisión de mudarse a La Habana, ciudad que marcaría la personalidad de su hijo.

«Yo creo en la fecundidad intelectual de los mestizajes»

De esta forma es como el joven Carpentier convive directamente con campesinos cubanos tanto blancos como negros, una realidad que más adelante dejaría ver en sus escritos en los que describe la población como “hombres mal nutridos, cargados de miseria, mujeres envejecidas prematuramente y niños mal alimentados, cubiertos de enfermedades”.

Pocos escritores de América Latina han descrito con tanto detalle la realidad cubana de la época y aún más allá, la realidad Latinoamericana, especialmente la situación de opresión que vivieron los negros esclavos de Haití, un tema recurrente en varias obras donde narra la vida de algunos de ellos.

El joven Carpentier

Su infancia se desarrolló cuando Cuba atravesaba los primeros años de la República Independiente (desde la victoria sobre España en 1898-1902, hasta 1959), un período que se caracterizó por la falta de materiales actualizados para estudiar en las escuelas, por lo que la educación se enfocaba en el pasado colonial peninsular, usando los libros vigentes en la España de finales del siglo XIX.

Aunque fueron años buenos y felices, pronto todo cambiaria cuando un día su padre abandona la familia, y con su partida el joven debe abandonar su estudios para trabajar y ayudar a su madre con los gastos de la casa.

Su obra

Lo que está fuera de dudas es que Carpentier inició su actividad literaria en simultáneo con la musicología -su otra vocación de toda la vida- en la dirección de la revista «Carteles», entre 1924 y 1928, dedicada a temas deportivos y del mundo del espectáculo. Su frecuencia era mensual, pero en 1927 pasó a ser un semanario debido a la creciente aceptación que tuvo en el público cubano de la época.

Junto a Carpentier trabajaron importantes figuras de la cultura cubana de aquel entonces, Emilio Roig de Lechsenring y Conrado Walter Massaguer. Entre 1940 y 1950 circulaba por toda la isla y llegaba al mercado internacional.

En el año 1926 fue invitado por el gobierno de México a un congreso de periodistas, en el que conoció al muralista Diego Rivera, con quien mantendría luego una larga amistad.

También colaboró en la fundación de la «Revista de Avance», en 1927, afirmada por esos años como el órgano más importante de renovación estética y de preocupación política en Cuba, así como un espacio de exhibición del vanguardismo en la isla.

Quizá haya sido la publicación más contraria a la influencia norteamericana (que culminaría en 1959 con el triunfo de la revolución de Fidel Castro), pero a pesar de ello divulgó obras de Ezra Pound, Sinclair Lewis, John dos Passos y otros autores. Las novedosas vertientes exploradas fueron la poesía negra y la «pura» o experimental. También incluía elementos de signo proletario o socializante, representados por los poemas de Regino Pedroso.

«Era un país (Cuba) donde la gente no leía y ahora se ha puesto a leer de una manera fabulosa»

Cuando comenzó la década de los años 20, el joven Alejo comenzó a mostrar interés por el mundo política, y empezó a participar en diferentes grupos, que aunque estaban formados basándose en el arte, tenían también ciertos puntos políticos y oponían resistencias contra la dictadura de Gerardo Machado, llegado al poder en el año 1925, además de su repudio por el capitalismo norteamericano.

Gerardo Machado, «el Mussolini cubano» según la revista Times

Una de las sublevaciones en las que participó fue la abortada «Revolución de Veteranos y Patriotas”, en 1923, que si bien fracasó, tuvo la virtud de revelar los entretelones de la política de Estados Unidos en relación a Cuba, dejando claras las intenciones frente a su patria y la lucha que continuarían llevando contra el «gran vecino del Norte».

En 1928 fue encarcelado durante siete meses por el gobierno de Machado. Allí comenzó a escribir su primera novela «¡Ecué-Yamba-Ó!» (Dios-Loado-Seas- publicada en 1933), en la que por un lado continúa con los métodos y temas del naturalismo típicos de la literatura latinoamericana durante las dos primeras décadas del siglo XX, pero por otro denota la influencia innovadora de las preocupaciones estéticas vanguardistas, especialmente del surrealismo francés.

«Para escribir jamás renunciaré al castellano, ni jamás trataré de escribir en francés; además, cubano soy; cubano, y como cubano, latinoamericano; mi idioma es el castellano»

Al narrar la vida de Menegildo Cue, negro cubano en los primeros años del siglo XX, construye una obra fundamental para entender la realidad de la isla caribeña en aquella época, también al propio Carpentier, y se transforma en una piedra angular dentro de la literatura hispanoamericana. De esta forma comenzó formalmente su carrera como escritor.

Su estilo se caracterizó siempre por incorporar aspectos propios de la imaginación para con ellos hacer un panorama de la realidad, construyendo de esta forma construir lo que se dio en llamar lo “real maravilloso”.

Exilio en Francia

Una vez liberado, fue parte de un Congreso de periodistas que se celebró en La Habana, donde conoció al poeta francés Robert Desnos, quien fue encargado de suministrarle un pasaporte y acreditaciones para que pudiera embarcarse con destino a Francia, y así escapar del régimen dictatorial de Machado.

Desde 1927 y hasta 1939, Alejo Carpentier se asentó en la tierra gala, hecho que lo ayudo a enriquecer su mundo literario ya que lo conectó con nuevas técnicas y funciones expresivas muy vanguardistas.

Su llegada a Francia se dio en el mismo momento en el que tomaba auge el boom del movimiento surrealista (de arte en general), en el que fue magníficamente recibido por figuras como Federico García Lorca y Salvador Dalí.

García Lorca y Dalí en París

Se estableció formalmente en la capital francesa donde de inmediato comenzó a trabajar y colaborar con diferentes revistas locales y cubanas, con poemas y artículos de música.

En esta tarea, se convirtió en miembro de diferentes círculos musicales de la ciudad en los que trabajó con el compositor francés Darius Milhaud, el brasileño Heitor Villa-Lobos y el cubano Alejandro García Caturla.

Este cuarteto creo gran diversidad de poemas, libretos y textos entre los que destaca “Poèmes des Antilles, nuevos cantos sobre textos de Alejo Carpentier con música de M.F. Gaillard”. Además Carpentier produjo una serie de artículos en el año 1928 titulada “Ensayos convergentes”.

Roberto Desnos, el poeta surrealista

Con el apoyo incondicional de su amigo Desnos, Alejo comenzó a frecuentar a artistas del género surrealista, y formó parte de este movimiento literario que influyó determinantemente en su obra, por ejemplo en sus dos primeros cuentos cortos, “El estudiante” y “El milagro del ascensor”.

Carpentier se vio involucrado en lo que se llamó “Révolution surréaliste”, un movimiento artístico que le permitió codearse con los poetas Louis Aragon, Tristan Tzara, Paul Eluard, y los pintores Giorgio de Chirico, Yves Tanguy y Pablo Picasso.

Pablo Picasso en su atelier de París

En el año 1933 terminó oficialmente su novela “¡Ecué-Yamba-Ó!” ya empezada en Cuba. Luego de que el régimen de Machado cayera en 1936, regresó a su patria aunque no para quedarse. Volvió a Francia y después se lanzó al mundo.

Haití, México y Venezuela

En 1943 y acompañado de su esposa Lilia Esteban (también cubana) y de su amigo el director teatral Louis Jouvet, Carpentier viajó a Haití, país que lo ayudaría a descubrir lo que el definía como el mundo americano llamándolo lo “real maravilloso”.

El matrimonio Lilia Esteban y Alejo Carpentier

Además pudo realizar importantes investigaciones como “La música en Cuba”, publicado en el año 1945.

Al año siguiente se embarca rumbo a México, donde escribe la novela “El reino de este mundo”, la que aparece en 1949 en suelo mexicano. Calificada por Mario Vargas Llosa como «una de las más logradas que haya podido producir la lengua española», recrea en forma incomparable los acontecimientos que entre los siglos XVIII y XIX, precedieron y siguieron a la independencia de Haití. Estimulado por la prodigiosa historia original y valiéndose de un magistral dominio de los recursos narrativos, Alejo Carpentier describe un mundo exuberante, desaforado y legendario en el que brillan con luz propia el «licántropo» Mackandal (hombre lobo mitológico), en quien se conjugan la rebelión popular y lo poderes sobrenaturales, y el dictador Henri Christophe.

«El «Quijote» y el «Ulises» son las dos únicas obras donde se ha logrado de una manera absoluta la coexistencia de lo real y lo maravilloso»

Autoexiliado, eligió Venezuela como país de residencia, y se estableció en Caracas entre 1945 y 1959. Sus biógrafos consideran que estos 14 años pueden ser considerados como los más prolíferos de su vida, pues es donde puede escribir todo lo que ha aprendido mientras trabajó como estudioso, periodista, crítico musical y editor de cuentos.

Durante su estadía en Venezuela, Carpentier quiso conocer más a fondo el país y la naturaleza americana, por lo que en 1947 emprendió un viaje hacia el interior atravesando zonas deshabitadas hasta llegar a Ciudad Bolívar y la selva amazónica.

Llegó a San Carlos de Río Negro, donde pudo conocer y convivir con algunas tribus de indígenas. Esta experiencia quedó tan marcada en la vida de Carpentier que más tarde describiría este viaje como el momento en el que “surgió la primera idea de «Los pasos perdidos». «América es el único continente donde distintas edades coexisten”, dijo.

Caracas fue el escenario que le sirvió de inspiración para componer de manera íntegra tres de sus más grandes obras, “Los pasos perdidos” en 1952, tomando como referencia la geografía venezolana, luego le siguieron “El acoso” en 1956 y “El Siglo de las luces”. Esta última fue terminada en 1958 y publicada en 1962. Con la primera de ellas logró conquistar la crítica parisina y ganar el premio al «Mejor libro extranjero».

«Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?»

«Los pasos…» es la historia de un musicólogo antillano que reside en Nueva York, casado con una actriz, enviado a un país sudamericano con el encargo de rescatar y encontrar raros instrumentos. En el viaje lo acompaña una amante francesa, que parece representar la decadencia europea y a la que el musicólogo abandona por una mujer nativa a través de la cual entra en contacto con la vida de una comunidad indígena, de donde es rescatado y llevado de nuevo a una ciudad civilizada a la que no llega jamás a adaptarse, hasta que regresa a la selva. Es un relato abstracto e irreal, en el que se funden los conocimientos y la inteligencia del autor con las imágenes más profundas de su expresión literaria.

«El acoso», en tanto, escrita también tras su experiencia en Venezuela, es una novela corta de temática entre política y psicológica, en la que se refleja fielmente el círculo de represión y violencia de la Cuba anterior a la revolución de Fidel Castro, en la década de 1950, aunque no fue documental: lo maravilloso de la obra es que los episodios se suceden en coincidencia con los cuarenta y seis minutos que dura la interpretación de la Quinta Sinfonía de Beethoven, llamada «Heroica».

La trilogía «venezolana» fue completada por «El siglo de las luces», describe brillantemente el impacto de la Revolución Francesa en las Antillas: los sueños de libertad, y con ella, la sombra de la guillotina, en el juego de tensiones que configuran la grandeza y la servidumbre del alba de una época nueva. Es, en esencia, la peripecia vital de un personaje real, Víctor Hugues, un comerciante antillano que navega por un mundo sometido a cambios radicales luchando por implantar en las islas las ideas revolucionarias del gobierno al que representa.

De regreso

“El triunfo de la Revolución cubana me hizo pensar que había estado ausente de mi país demasiado tiempo”, dijo Carpentier en 1959. Volvió a su patria tras el triunfo de Fidel Castro, que derrocó al dictador Fulgencio Batista.

Alejo Carpentier y Fidel Castro

En 1962 asume como Director Ejecutivo de la archipoderosa Editorial Nacional de Cuba, órgano del gobierno revolucionario que se encargaba de organizar las exigencias en materia de cultura del Ministerio de Educación, del Consejo Nacional de Universidades (La Habana, Las Villas y Oriente), las ediciones de la Academia de Ciencias de Cuba, la Editorial Juvenil, y el Consejo Nacional de Cultura, grupo que incluye la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el Archivo Nacional, la Biblioteca Nacional, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), el Instituto de Artes Cinematográficas Cubanas (ICAIC) y la Casa de las Américas.

El gran poeta Nicolás Guillén (izq.), Fidel Castro, Carpentier (atrás) y su esposa (der.)

Dos años más tarde también dirigió un programa difundido por Radio Habana, llamado “La cultura en Cuba y el mundo”. El tema principal del programa eran la novela y la música en América Latina. Al final de este año, 1964, publicó una colección de ensayos llamada “Tientos y diferencias” en la ciudad de México.

En 1966 fue nombrado embajador en París, donde permaneció hasta su fallecimiento.
En 1972 se editan en Barcelona, España, sus libros “El derecho de asilo”, “Concierto barroco” y “El recurso del método”. Y ese mismo año la Universidad de La Habana le brinda un homenaje por su septuagésimo cumpleaños y le entrega el título de Doctor Honoris Causa en Lengua y Literatura Hispánicas, además de recibir el premio internacional Alfonso Reyes.

«Concierto barroco» es una obra breve de 1974 en la que reconstruyó, con minucioso detalle y estricto rigor histórico y musicológico, el viaje de un criollo por la Europa del siglo XVIII, acentuando la funcionalidad de la música en su narrativa, ya que el libro está organizado y estructurado sobre fundamentos musicales. En ese mismo año publicó «El recurso del método», en la que recrea la imagen del tirano ilustrado, en versión latinoamericana.

Cuatro años más tarde (1978) apareció «La consagración de la primavera», novela en la que recreó una historia ambientada en tiempos de la Revolución Cubana, y que muestra su proceso autorreflexivo acerca de las revoluciones en general, a lo largo de un período que abarca desde la soviética hasta la castrista, incluyendo los hechos de Playa Girón, y en la que además aparecen la Guerra Civil Española y los ecos de la Segunda Guerra Mundial.

El entonces rey de España, Juan Carlos I, entrega el premio Cervantes a Carpentier

En 1977 recibió el premio Cervantes, instituido para destacar el conjunto de una obra literaria a propuesta de las Reales Academias de la Lengua de España e Hispanoamérica.

El argumento fue que (la de Alejo Carpentier) «es una obra completa en la que el análisis de la americanidad llega a uno de sus puntos más finos y agudos, inserta dentro de una constante de lo temporal, tanto en las vidas humanas como en los pueblos. Dos o tres de sus últimas novelas son verdaderamente antológicas».

El final

Un año antes de su muerte publicó «El arpa y la sombra» (1979), novela que supuso una visión desmitificadora de Cristóbal Colón y el descubrimiento de América a través del relato de una íntima confesión en la que el Almirante, a las puertas de la muerte, decide hacer una especie de inventario de sus hazañas y debilidades.

En su totalidad, la narrativa de Carpentier no se caracterizó por los análisis psicológicos, dada la vastedad de una propuesta que planteaba más bien la diversidad de lo real. No mostró por tanto con excesivo detalle los aspectos de la vida individual, más allá de arquetipos como el Libertador, el Opresor o la Víctima. Su propósito central fue acaso cambiar la perspectiva del lector, trasladarlo hasta un universo más amplio, un cosmos donde la tragedia personal queda adormecida dentro de un conjunto que, aun siendo sencillo, es mucho más vasto y profundo.

Alejo Carpentier y Julio Cortázar en Francia

Además de su primer teorizador, el escritor cubano fue, junto con el guatemalteco Miguel Angel Asturias y el venezolano Arturo Uslar Pietri, uno de los precursores del realismo mágico, tendencia que marcaría la producción de parte de los autores del «boom» de los años 60 (Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, entre otros), con «Cien años de soledad» (1967) del autor colombiano como obra culminante.

«Escritor comprometido soy y como tal actúo. Trataré de realizar las tareas que aún me quedan por cumplir en el Reino de este mundo»

Alejo Carpentier y Valmont falleció de cáncer en París el 24 de abril de 1980 -tenía 76 años- cuando se desempeñaba como embajador de Cuba en Francia. Su cuerpo fue embalsamado y repatriado a la isla para ser enterrado en La Habana.

Comprometido con el tiempo que le tocó vivir, ocupó por mérito propio un lugar destacadísimo y ejerció gran influencia en la literatura latinoamericana, al punto de ser considerado como uno de los autores principales si se trata de estudiar la lengua española del siglo XX.

 

 

Fuentes: nodal.am; personajeshistóricos.com; elcanarioamarillo.wordpress.com; fidelcastro.cu; lecturalia.com; Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Alejo Carpentier». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona, España, 2004.
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