«Hoy volvemos…»

Escrito por: Liné Leticia Rodriguez. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

Repito como un karma la frase, «por qué esto?», mientras trato de juntar lo indispensable para vivir.

En realidad no sé muy bien qué llevar, necesito una camioneta y tengo un auto bajito; mi cabeza es un desorden, solo quedan cuatro horas para que la tengamos encima.

Todas las películas de catástrofes que vi pasan ante mí: las de terremotos y maremotos, meteoritos, ciclones… Tengo ganas de llorar, no puede estar pasando esto. Me concentro, busco algo de abrigo, la bolsa de dormir, documentos y varios bidones con agua. Intentaré llegar con el auto hasta el Canal Grande; si puedo cruzarlo, fantástico, si no, sacaré las cosas para seguir a pie.

Salgo al patio, tres pares de ojos me miran, cómo puedo dejarlos me pregunto y me siento una desgraciada, seguramente ellos no me abandonarían. Con esto en la cabeza pego la vuelta, entro y aparto algo de alimento seco; ahora la que me mira con su habitual seriedad es la gata, me despido de ella, sé que va a morir, también soy consciente de que no es posible llevarla en el auto suelta con los perros. Decido abandonarla, la abrazo fuerte y dejo abiertas todas las ventanas, a lo mejor logra salvarse.

Me preguntas qué pasó? Me pregunto que pasó…

Tendrían que haber frenado el fracking; molestar el suelo rompiéndolo en toda la región para sacar petróleo rápido hizo que comenzarán los pequeños sismos, cada vez más frecuentes. Parecía que estaba lejos, hasta ayer que se quebró la represa.

Siempre dijeron que estando aguas abajo teníamos más o menos 4 horas para que la ola nos tapara, en un lío de barro, piedra y agua.

Me tiemblan las manos, respiro bien hondo, subo los perros, miro para despedirme de mi casa y veo la gata en la ventana de arriba; siento culpa y no lo puedo resolver.

Me meto en el auto y arranco por la calle casi colapsada. Todos vamos barda arriba y con dificultad llegamos al Canal Grande por la calle Jujuy en la que -suponemos- habrá menos gente; los perros van mudos, están tan asustados como yo.

En el puente hay controles policiales, todos están nerviosos, me piden que baje los perros y suba gente, no tengo opción. Suben tres jóvenes, mientras tanto llevo a la Manchita, al Chino y al Rulo al borde del agua, entienden la orden y se tiran; subo corriendo el terraplén para poder verlos cruzar. Freno con el auto en el primer hueco que encuentro y salgo disparada para el borde del Canal, me siguen mis pasajeros y todos vemos llegar a la otra orilla al Chino y a Manchita pero el viejito, Rulo, está todavía peleando con el cemento del borde.

Uno de los chicos, no sé con qué ni cómo hace, de golpe lo enlaza por la panza y lo levanta en un santiamén. Qué alivio y qué agradecimiento siento!

Arrancamos y vamos con los perros grandes corriendo al lado y el Rulo sentado a upa de su salvador. Trepamos bastante y cuando encontramos un lugar sin tantos autos estacionados, frenamos para ver por dónde seguir y qué hacer; bajamos todos. Uno de los chicos ve a alguien conocido que cree que es de Defensa Civil y corre a averiguar qué sucede.

En ese momento escuchamos con claridad seis toques de sirena. «Son seis! Son seis!» repetimos; comienzo a aliviarme cuando veo venir ligerito y a los saltos a nuestro delegado, que nos confirma que fue una falsa alarma o simulacro o qué sé yo. De golpe los cuatro que veníamos en el auto saltamos abrazados como en un gran pogo, mientras todos los que nos rodean hacen lo mismo; los perros observan la escena moviendo sus colas.

Nos disponemos entonces a regresar.
Hoy volvemos…

Por: Liné Leticia Rodriguez

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