«Miedo nocturno»

Escrito por Graciela Díaz. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

 La noche está cerrada, herméticamente oscura. De temer. Es aproximadamente la hora cero. Terminó de cenar y se arrimó a la estufa de leños, súbitamente interrumpen sus pensamientos unos golpes secos… toc, toc, similares a pisadas de caballo. Sin meditarlo fue a su habitación, buscó el rifle de caño recortado heredado de su abuelo y lo ubicó arriba de la mesa muy cerca suyo.

Una leve pausa silenciosa lo tranquilizó, sin embargo, de nuevo los golpes secos contra el piso se hicieron sentir. Se le heló la sangre, sintió que estaba atornillado a la silla. El miedo lo invadió y paralizó, los únicos que se movían como un péndulo eran sus ojos y su cerebro elucubrando posibilidades. Pensó, “son ellos los gitanos, andan de mercachifles por los campos vendiendo abalorios, telas, bazar o intercambiando esta mercadería por cueros o lana. Ya estuvieron, observaron todo, es lo que hacen siempre y hoy han vuelto para robar».

De inmediato sintió maderas astilladas y se dijo a sí mismo, ”están forzando la puerta del almacén de ramos generales, tengo ahí toda la mercadería para mí y para la venta”; sin titubeos seguía hilvanando pensamientos, “ahora están intentando violar los portones de entrada a los galpones donde guardo la zafra”. Luego se preguntó: «y los perros que no ladran? Seguro que me los envenenaron”

“Sí, no cabe duda, me están robando y después van a venir por mí”; de un arrebato se levantó de la silla, fue a la habitación y buscó los oros de sus padres y abuelos, ahora suyos, los puso enfrente de su vista y pensó ”antes de que me maten los voy a seducir con las joyas, primero la vida, después el capital”.

Los ruidos cesaron, dormitó algo sentado apoyando la cabeza sobre sus brazos. Se despertó con el cantar de los gallos, amanecía, corrió las cortinas y miró por las ventanas; tomó el rifle y salió, fue hasta el almacén y los galpones: para su asombro todo estaba en su lugar. Observó los perros cómodamente dormidos en el lugar de siempre; tampoco había rastros de pisadas o cubiertas de carro o auto. Fue hasta los corrales, el tobiano no estaba, observó la tranquera astillada, destruida y la manea en el piso.

Ahora tenía algo pendiente para investigar y encontrar el tobiano. La intriga lo superaba, “se fue solo o se lo llevaron los gitanos”, dijo muy seguro.

Por: Graciela Díaz

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