El limbo de las palabras olvidadas

Que cosa maravillosa son las palabras… más allá de que nos permiten comunicar ideas, sentimientos, informaciones, nos desnudan desde lo más profundo de nuestra intimidad.

IMAGEN: GENTILEZA

Las palabras no son neutras, obviamente. Nacen y perduran en una sociedad por una significación compartida. Y las diferentes culturas desarrollan las palabras necesarias para describir su propio entorno.

Transcurrido algún tiempo – que antes podía medirse en generaciones y hoy en años -, muchas de esas palabras van cayendo en el olvido, se dejan de usar simplemente porque ya no reflejan una determinada realidad o una forma de sentir. Perdurarán en algún pliegue de nuestras memorias, como un capital colectivo que en algún momento alguien puede rescatar.

En el castellano, nuestro vapuleado idioma compartido por más de 400 millones de hablantes distribuidos en tres continentes, tiene algunos problemas adicionales. La extensión y la distancia hace que el habla tenga diferentes matices según la región en que nos encontremos. Lo mismo ocurre con el inglés, claro está.

Lo que los angloparlantes no tienen es una Real Academia de la Lengua con un criterio conservador, supuestamente purista y en realidad tan centralista como aquella “realeza” a la que brinda homenaje desde el título. Esta Real Academia que pretende imponernos el “español” como nombre de la lengua en vez del “castellano” y que entregó las letras “ch” y “ll” (para que no molesten en las tabulaciones, según un insidioso colega), tiene la pretensión también de mantener el monopolio del “buen decir”.

Ese supuesto “buen decir” sería entonces el que estos regios académicos van declarando como válidos a través de las gramáticas, manuales y diccionarios que publican periódicamente. Y así como se han atribuido esa autoridad, también se han concedido la libertad de sumar y quitar palabras del diccionario real. La que sería la máxima referencia del castellano para todos los hablantes de América, España y Asia.

El espíritu cervantino

El Instituto Cervantes se tomó el trabajo de arrojar transparencia a esta situación y publicó un manual con las 2.793 palabras que entre 1914 y 2014 perdieron su condición de figurar en el Diccionario de la Real Academia Española. La investigación culminó con la publicación de un libro que reúne aquellos vocablos caídos en desgracia. Además, propone un foro para que los hablantes puedan opinar sobre las diferentes entradas. Se puede consultar en https://19142014.es/foro/

El Instituto Cervantes aclara que no todas las palabras incluidas en este diccionario límbico “han caído en desuso pero todas comparten el haber perdido su propia entrada en el diccionario”.

Un cierto afán “minimalista” de los académicos los llevó a quitar las entradas para algunos diminutivos (los terminados en “uelo”), superlativos que eran repetidos y adverbios terminados en “mente”. También liquidó (tal vez por redundantes), algunos plurales y ciertas referencias al género (para irritación del movimiento feminista). Un criterio que sería justificable en un diccionario. Además, en este último siglo también accedió a cambiar palabras y significaciones que tienen una marcada descalificación de los que piensan diferente.

De judíos y musulmanes

En esta centuria, la Academia eliminó una definición ofensiva para el mundo musulmán y todos los que profesan la religión islámica. Hasta 1914 (al menos), el diccionario registraba la definición de “mahoma” como “Hombre descuidado y gandul”. Y aclaraba que “en esta palabra se aspira la h”.

Esta descalificación tal vez pueda entenderse a la luz de la guerra que libraron los españoles por la reunificación del reino, que terminó en 1492 con la conquista del último bastión nazarí  de Granada, y la expulsión de judíos y musulmanes entre 1609 y 1613. Un régimen de intolerancia que persistió en el diccionario más de tres siglos.

Esta búsqueda también permitió encontrar la eliminación de una entrada: “matajudío”, un pez muy común en las costas de Murcia que por estos lados conocemos como “lisa”.

 

La bronca americana

Una de las palabras ingresadas al limbo lingüístico fue “abrumado”. Y despertó la indignación de varios hablantes del lado americano del Atlántico. Desde uno que se siente “abrumado al pensar que la dieron por muerta” a quien recuerda que “aturdido y abrumado… comienza la letra de la canción “La Copa Rota” muy famosa en latino américa”.

En ese intercambio de ideas también alguien trató de aclarar que “abrumado” es el participio de “abrumar”, verbo que sigue formando oficialmente en el equipo de la academia. Pero una traductora aclara que la continuará “usando donde corresponda. Es sinónima de “agobiado” y ambas me parecen de uso común. Realmente no entiendo el criterio para excluirlas del diccionario”.

“¡Claro que se utiliza! Yo también son traductora y es el equivalente perfecto para “overwhelmed”. ¡¡¡No la saquen!!!!”, terció otra participante del foro.

Y desde Argentina, otro hablante enojado explicó: “No entiendo el criterio de selección ¿Los miembros de la RAE toman en cuenta el léxico usado en Nigeria para su selección? En Argentina y países circundantes es muy usado este término y varios otros que en la lista han sido considerados muertos o dados de baja. Y hay agregados que deben de haber sido tomados de China porque aquí no los conoce nadie. ¿O sólo es tenido en cuenta el uso del registro no escolarizado o “vulgar” del léxico?”.

¡Caracoles! Estás acurrucado

Al parecer de nuestras amables generaciones de académicos que han participado de las podas del último siglo, la palabra “¡caracoles!” (así, con signos de admiración), ya no tiene categoría como para ser tenida en cuenta en el diccionario. Decisión con el que quedarán mudos millones de superhéroes de historieta y series de televisión. Los que ahora deberían recurrir al menos sonoro “¡Cáspita!” ante alguna sorpresa incómoda.

Claro que aquel “¡caracoles!” despertaba las carcajadas de los adolescentes de diferentes épocas, para quienes esa palabra sonaba a un manual de buenas costumbres del pasado.

Pero en tren de simplificar, la Academia eliminó también el término “acurrucado” para consternación de foristas de diferentes puntos de América. Chile, Argentina, El Salvador, Ecuador, México, Puerto Rico y también desde la misma España cayeron los cuestionamientos a la RAE.

Otra palabra que quedó descartada fue “aimará”, reemplazándola por el vocablo “aimara”, y “zacateco” como gentilicio del estado mexicano de Zacatecas, quienes prefieren llamarse “zacatecanos”. Claro que esa eliminación alcanza a la cultura precolombina Zacateca, y a algunos usos regionales (en Cuba, zacateco significa “sepulturero”).

Los matices olvidados

Esa vocación “minimalista” de los académicos de la lengua terminó despertando las iras de muchos hablantes no por una cuestión reglamentarista, sino porque de un plumazo borran matices y acepciones que son mucho más amplias que la referencia original.

Las palabras no morirán porque un diccionario las recoja o no. Se desvanecerán y permanecerán en el olvido sólo porque para los pueblos han dejado de ser útiles. Y en ese sentido, están bien dejadas de lado palabras como trafalmejo (“persona bulliciosa y de poco seso”); el arcaísmo yoglar (por juglar); chicorrotín (diminutivo de chico), o halacabullas (marinero aprendiz).

En cambio, el vocablo “triangulado” despierta connotaciones que el verbo “triangular” no podrá referenciar ni contener.

Churruscarse” (“comenzar a quemarme una cosa, como el pan, el guisado”) es otra de las palabras que perdió entidad para la academia española, pero que sigue teniendo buena llegada en América e incluso en la misma España.

Una hablante de Gran Canaria manifiesta en el foro del Instituto Cervantes que se sigue utilizando en su región. En similares términos informan desde Valdepiélagos, Madrid, Alicante, Chile y otros lugares.

Un hablante de España despotrica contra la RAE: “¿Por qué quieren empobrecer la lengua mientras aceptan sandeces y analfabetismos?”. Y otra participante del foro dice con sabiduría irrebatible: “Las palabras las vamos a seguir utilizando diga lo que diga la RAE. Y dejaremos de usarlas del mismo modo. Cuando la academia intenta modificar la lengua mala cosa”.

 

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