«Disturbios de una paloma»

Escrito por Verónica C. Bruno. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

Eran alrededor de las 8 de la mañana. La rutina siempre fue despertar, volar hacia la plaza y esperar el alba, junto a tantas iguales y tantas distintas a mí. Por qué volábamos hacia la plaza todas las mañanas a esperar el alba? Porque sí. Porque ese era mi propósito: despertar, volar hacia la plaza a esperar el alba, junto a tantas iguales y tantas distintas a mí. A esperar el alba. A observar cómo cada color oscuro derivaba en uno más claro, más brillante… ¿

Qué era eso que cambiaba aquel mundo en el que vivíamos, aquella plaza? Hacía que los humanos comenzaran a caminar, a moverse de quién sabe adónde a quién sabe dónde para quién sabe qué. Un día me lo planteé y lo medité, pero no pude llegar a nada concreto; tantos humanos, tantos lugares, tantos quién sabe qué y quién sabe dónde. Insoportable. Para qué plantear, meditar y llegar a algo concreto si lo único que yo tenía que hacer era despertar, volar hacia la plaza y esperar el alba, junto a tantas iguales y tantas distintas a mí? Ya te digo, insoportable.

Nunca saqué nada bueno de intentar forzar mi cerebro de nuez. Así que solo me dediqué a esperar el alba, caminando, yendo y viniendo, volando de acá para allá, pero siempre adentro de la plaza. Qué podría pasar si yo salía de allí antes de que llegara el alba? No habría cumplido con mi único propósito, y de qué habría servido mi vida entonces, si yo no cumplía con mi único propósito?

Ay de mí, ay de mí! Cómo me hubiera inundado la desgracia al ser completamente inútil en algo tan simple como despertar, volar hacia la plaza y esperar el alba, junto a tantas iguales y tantas distintas a mí! Qué habrían pensado de mí al saberlo, al enterarse! Ay de mí! Por eso siempre recorro la plaza, solo la plaza, porque ese es mi lugar: la plaza. Y yo me sentía feliz en la plaza, no como los humanos, siempre tristes o enojados; pienso que es así porque siempre andan de acá para allá y no se quedan en la plaza, como yo. Tan estúpidos son que nunca se dieron cuenta, con tantos quién sabe qué y quién sabe dónde.

El alba venía en camino, alumbrando el lugar, haciendo que la vista mejorara, que el verde fuera verde, que el rojo fuera rojo y que los humanos caminaran. Revoloteábamos en grupo, yendo de aquí hacia allá, hasta que una de las tantas iguales y tantas distintas a mí apareció a lo lejos, afuera de la plaza y sin esperar el alba.

Oh, pobre compañera! Qué pensarían al verla, al enterarse de lo que ella estaba haciendo! Pero al parecer nadie lograba percatarse de lo que había, ya que revoloteaban de un lado a otro, sin dejar de lado su objetivo. Ay, cómo poder revolotear al ver a aquella pobre afuera de la plaza, sabiendo que le esperaba un atroz final! Entonces fui movida por la compasión y me acerqué y la llamé desde adentro de la plaza.

-Hey! Vos! Qué hacés ahí? Entrá, por tu bien te lo pido! No sos consciente del gran sufrimiento por el que vas a pasar si no entrás! El alba se está acercando, y es nuestro deber aguardarlo.

A pesar de mis intentos por hacer que recapacitara, ella siguió revoloteando como todo el resto, pero afuera de la plaza. Ay de mí! Y grité, grité desconsoladamente, pero sus oídos habían sido inhabilitados por la ignorancia. Luego de un largo rato de gemir y rogar a la desgraciada que inconscientemente jugueteaba con el suelo y el aire, me resigné, y con la resignación llegué a la conclusión (sin tener la necesidad de plantear, meditar y arribar a algo concreto) de que todas eran unas estúpidas. Igual que los humanos. Cerebros de nuez, idiotas e ignorantes! No sirven para nada, ni siquiera para despertar, volar hacia la plaza y esperar el alba, junto a tantas iguales y tantas distintas a ustedes! Estúpidas! Las odio, las odio a todas! Ignorantes!

Allí fue cuando caí en la cuenta de que ya no me importaba la rutina matutina y mucho menos lo que venía después, y que quedarme en la plaza a esperar el alba junto a tantas estúpidas y tantas diferentes a mí era en vano, era un despropósito, era insustancial, y ni siquiera hizo falta plantear, meditar y llegar a algo concreto (o sí?) para que yo abriera los ojos.

Fue así como, dejando atrás y en el pasado toda idea de lo que era antes mi propósito, me dirigí a la salida (o entrada), con el alba surgiendo y persiguiéndome por detrás con desesperación por alcanzarme, para que volviera a mi tarea. Yo corrí, decidida y firme, hacia lo que me había propuesto. El alba no me alcanzaría y así yo podría seguir mi vida en paz, siendo lo que yo estaba destinada a ser y no lo que ellos querían que fuera, estúpidos ignorantes cerebros de nuez. Así que corrí, hasta que llegué a la salida (o entrada), con la luz detrás y pisándome los talones, con mis ex compañeras detrás y yendo y viniendo y revoloteando como estúpidas.

Y llegué, y pude ver el propósito que tanto anhelé sobre mis manos y la felicidad me inundó. Pero hoy en día llego a la conclusión (sin realmente la necesidad de plantear, meditar y llegar a algo concreto) de que si yo no poseyera un cerebro de nuez y no fuera igual de estúpida que tantas iguales y tantas distintas a mí al tener aquel propósito de despertar, volar hacia la plaza y esperar el alba junto a tantas estúpidas y tantas iguales a mí, lo más probable es que no se me hubiera pasado por la cabeza.

 

Por: Verónica C. Bruno

 

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