«De gansos y carpinchos»

Escrito por: Alicia Beatriz Scaglia. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

-«Se van», dijo la señora acomodando sus Ray Ban sobre la nariz respingada a la fuerza en la última cirugía, «son feos, malolientes, destruyen los jardines, defecan en todos lados y ni siquiera son graciosos; no pueden quedarse en Surdelta».

-«Se quedan, dijo el muchacho», ajustando el zoom de su Nikon para retratar los discutidos invasores, «son pacíficos, vegetarianos, simpáticos y forman parte de la fauna autóctona».

-«Podrían decidirse», pensó el carpincho viejo mientras mordisqueaba una brizna de pasto tierno; «es verdad que somos unos cuantos, pero con un poco de buena voluntad habría sitio para todos, necesitamos agua y comida y después de todo… quién invadió a quién en estos humedales?»

-«Se van», dijo el señor del country Los Rosales atándose los cordones de sus Nike de tenis, «son ruidosos, agresivos, ensucian y dejan plumas por todos lados; han invadido el lugar y no los queremos».

-«Se quedan», dijo la jovencita de trenzas acomodándose la corbata de su uniforme de la School Best, pensando que la situación podría ser un buen tema para su monólogo de Ciencias Naturales; «son simpáticos, tienen un no sé qué semejante a los cisnes y como mascotas son recopados».

-«A ver si se deciden», pensó el joven ganso mientras se pavoneaba (o ganseaba?) delante de una hembra que se hacía la desentendida; «es verdad que llegamos sin aviso, pero nuestra parvada creció mucho últimamente y estos humedales son perfectos para nosotros, hay agua y los nidos están a resguardo entre los arbustos de la orilla del río».
-«Votemos», dijo la señora de los Ray Ban, dirigiéndose al grupo de personas que se había dado cita cerca de los capibaras que dormitaban en el verde; «el sol está fuerte, no tengo puesto protector y se mancha mi piel».

-«Votemos» , dijo el señor de las Nike mientras se golpeaba la pantorrilla derecha con la raqueta de tenis; «me esperan en la cancha, levanten la mano quienes estén a favor de que los gansos se vayan», ordenó a los vecinos que se habían convocado; en tanto, las aves se dirigían en hilera al agua.

-«Al final nos quedamos», pensó el carpinchito bebé mientras tomaba la teta de su mamá recostada en el césped, «y me alegro porque me gusta este lugar y puedo estar cerca de la casa de ese chico rubio que me trae manzanas todos los días».

-«Por fin nos quedamos», pensó el ganso coqueteándole nuevamente a la joven hembra, que esta vez lo miró un poco más convencida de aceptar el cortejo.

-«Es necesario diagramar un plan conjunto», dijo el funcionario de Fauna del municipio, pensando que una decisión contraria alteraría a los ambientalistas y pondría en peligro la futura reelección del intendente; «dispondremos espacios de refugio para las familias de carpinchos, donde tengan pasto suficiente y agua y no invadan las propiedades de los vecinos».

-«No es problema nuestro y no intervendremos», dijo con cara de pocos amigos la representante de la municipalidad de la ciudad a la que pertenece el country, «estos gansos no son silvestres, son domésticos y su reproducción se ha descontrolado. Les ofrecemos llevarlos a una reserva en la zona rural donde estén en libertad, vendrá un camión a buscarlos».

-«Con la piel de este carpincho podría hacer mmmm…. Una cartera, dos billeteras o quizás un par de alpargatas», pensó el cazador ocultándose detrás de una cortadera con penachos semejantes a plumas, mientras apuntaba al animal con un rifle con la intención de dispararle un dardo adormecedor.

-«Atrápenlos a todos», ordenó el conductor a los dos hombres que lo acompañaban mientras abría la jaula que tenía sobre la caja del camión, «no tiene que quedar ni un ganso».

-«Ayuda! Un hombre quiere matar a los carpinchos!» Gritó el nene con todas sus fuerzas haciendo volar por el aire los trozos de manzanas que llevaba en sus manos, alertando de este modo al personal de seguridad que no demoró en reducir al cazador.

-«De qué reserva son ustedes?», preguntó la jovencita de trenzas al conductor de la camioneta, «no veo que tengan ningún logo oficial. Vengan todos! Son de un frigorífico de aves, se llevan a los gansos para sacrificarlos!» Siguió vociferando mientras los vecinos salían de sus casas, en tanto uno de los hombres, asustado, abría la puerta de la jaula, hecho aprovechado por los gansos que salieron despavoridos y se dirigieron huyendo hacia el río en bandada.

-«Por el momento estamos a salvo», pensó el joven ganso recorriendo la parvada que dormía en la isla a la que habían llegado, buscando refugio; «por cada uno de nosotros que se convierta en paté nuestras hembras pondrán cientos de huevos y veremos quién gana la pulseada; acaso no son los seres humanos quienes se lo pasan haciendo gansadas?»

-«No tenemos nada que envidiar a nuestros primos del Iberá», pensó el carpincho viejo mientras paseaba llevando en su lomo a un picabuey que le sacaba los piojos, «después de todo, no cualquiera vive en Surdelta!»

Por: Alicia Beatriz Scaglia

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