«El diario de Bautista»

Escrito por Graciela Díaz. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

Abril de 2035

Como todos los años en el cambio de estación, Ema y Julián, es decir madre e hijo, trasladaban objetos que habían usado en el verano al desván o a la pieza-galpón del fondo. Los primeros fríos se hacían sentir, estaba comenzando el otoño y ya no se usaban los ventiladores, las sillas de playa ni las sombrillas y otros objetos; todo debía guardarse. Ema dejó encargada esta tarea a su hijo más chico, este año en particular por cuestiones de horario; no podía ayudarlo, ni ella ni el hermano mayor.
Julián, adolescente de quince años, estudiante y muy aficionado a la lectura, al ajedrez, al basquet y a otros deportes, después de la tarea y de correr todos los bártulos al desván, recorrió las estanterías de la biblioteca. Sus jóvenes dedos pasaban, secuencialmente, por esos libros que había leído y reclutado a lo largo de los años. También estaban los de Ema y los de su padre. Y eran tantos que no pudo evitar un suspiro de amor, amor a las historias, a las palabras, al papel, a la tinta, amor a la lectura. Conocía cada palabra de cada libro de cada rincón de esa biblioteca, y aun así, cada vez que leía tomaba un nuevo relato que cautivaba su corazón. Y allí entre ellos encontró, por causalidad, el “Diario de Bautista”, su hermano, el que estudiaba y trabajaba, por eso estaba muchas horas fuera de la casa. Sentía curiosidad por leerlo nuevamente, presintió que algo novedoso iba a develar. Se sentó en la escalera y comenzó.

Italia, 6 de abril de 2020

«Hoy estoy muy triste, mi padre ya casi no tiene tiempo de comunicarse con nosotros, trabaja de manera intensiva en un hospital del centro, es más, vive allí para no contagiarnos, y se comunica por celular y skype con mi madre y conmigo. Mamá está embarazada de casi 8 meses, lo que la hace más susceptible a esta realidad que vivimos. Sin embargo, cuida sus plantas con esmero y dedicación, además realiza las tareas de la casa y le queda tiempo para elaborar trabajos manuales; es muy agradable ver con qué armonía cadenciosa mueve sus manos. Mira poca televisión, a pesar de ello, está al tanto de las noticias».

«A mí ya me aburren los programas en la tele destinados a los más jóvenes, y también el celular y la play. Prefiero salir al patio y tirar al aro de basquet, o jugar con mis mascotas, un perro y un gato. Sí, estoy pendiente de mi madre, aunque llora todo el tiempo y se encierra para que no la vea. No obstante eso, entro despacito a su habitación y la abrazo fuertemente. Hoy se comunicó con mi padre, ambos lloraban y extendían y apoyaban la mano en la pantalla de la tablet como si quisieran tocarse, se decían continuamente que se extrañaban y qué iban a hacer cuando esta pandemia pasara y volvieran a estar juntos».

«Ya en mi cuarto, abro la caja con juguetes que pertenecieron a mi padre: los Halcones Galácticos, Superman, Batman, el Hombre Araña, los soldaditos de plomo y los Power Rangers. Los ubico sobre mi mesa de luz, los miro, los acaricio, les hago peticiones, como si fueran un regimiento de ángeles o arcángeles protectores. Pido una y otra vez por mi padre, que vuelva cuanto antes, que lo necesito tanto como a mi madre».

Italia, 9 de abril de 2020

«Es muy temprano, interrumpe mi sueño el timbre de entrada, es la vecina trayendo un pedido del supermercado. Me levanto, tomo mi desayuno y le propongo a mamá que juguemos un partido de ajedrez. Suena el celular, es mi padre, hizo un alto en el trabajo y aprovechó para llamarnos. Después pidió hablar conmigo, era muy grande mi alegría, me sentía desbordado de felicidad por poder escucharlo, verlo sonreír, aunque lo noté deteriorado, ojeroso, arrugado y algo desprolijo. Le dije que lo extrañaba y le pregunté cuánto faltaba para que volviera. Me prometió que pronto, que me cuidara y que la cuidara a mamá, que la sacara de la tristeza distrayéndola. Con mis escasos 8 años se lo prometí, apoyando mi mano en la tablet: con esa actitud lo garantizaba, ése era el sello de mi promesa. El sonreía y lagrimeaba a la vez, nos despedimos con un hasta mañana, un te quiero y recomendaciones de cuidarnos».

Italia, 12 de abril de 2020

«Hoy es un día dramático, se adelantó el parto de mi madre, yo estoy al cuidado de mi vecina, mientras que a ella la llevaron urgentemente en una ambulancia a una clínica.

Escuché que mi hermano estaba muy apurado por aparecer en este mundo, tal es así que nació en la misma ambulancia. A los tres días, mi madre ya estaba de vuelta en casa, con ese pequeño recién nacido, llamado Julián. Mi padre ya no tenía tiempo de comunicarse, el trabajo lo había absorbido por completo, sin embargo, por aquellos ángeles guardianes que tenía en mi mesa de luz, estábamos protegido y nada podía pasarnos. Toda mi fe estaba depositada en ellos».

Italia, 15 de abril de 2020

«Estoy haciendo la tarea de la escuela, mi maestra manda las actividades on line, siento el lloriqueo del bebé, es la hora de amamantarlo. En eso, suena el celular de mi madre, lo toma apurada y se va a la habitación, ahora la escucho desde afuera gritar con desesperación y vehemencia: ‘No, no puede ser! Cuándo fue? No sabíamos nada…»

«Yo estaba impávido y helado esperando que la puerta se abriera y que mi madre me dijera que nada había pasado. Sin embargo, no fue así, ella vino corriendo hasta mí, me abrazó muy fuerte contra su pecho y me dijo: ‘Tu padre ha muerto por el Covid-19!’. Desde ese día el dolor se apoderó de nuestros cuerpos, no había resignación, ni ese día ni los que siguieron. Fui a mi habitación, guardé con violencia los ángeles guardianes en la caja de madera, sentía bronca y odio, ya no los quería alumbrados por la luz del velador, los encerré castigados en la oscuridad. Ellos eran los responsables de la suerte de mi padre, me sentía defraudado. No dormí en toda la noche, me ahogué en mi propio llanto, no quería molestar a mamá. A ella, supuestamente, le estaría pasando lo mismo que a mí».

Italia, 25 de abril de 2020

«Es primavera, el día está diáfano y cálido, las flores del jardín de mamá están más bellas que nunca. El bebé duerme en su cochecito. Llega hasta mis oídos la conversación de mi madre con los familiares de Argentina. Les dice: ‘me quiero volver allá con los nenes, ya nada me ata aquí’. Pero hasta que no pase esta pandemia no va a haber vuelos de repatriación. Miro a través de la ventana de mi habitación, la ciudad está desierta y llega hasta mí un extraño olor a lavandina, es lo que utilizan para lavar las calles y veredas».

«No como. No duermo. El dolor ha anidado en mi corazón y en mi alma. Otra preocupación más para mamá, por eso llamó a un psicólogo de niños. Me está atendiendo por videollamada».

Argentina,12 de mayo de 2030

«Pasó el tiempo, las ansias y aspiraciones de mamá se hicieron realidad.

«Estamos en Argentina desde hace diez años; ella está contenida y apoyada por la abuela y tía Sara, mi hermano crece vertiginosamente. Se parece mucho a papá, eso nos alegra muchísimo, es blanco de ojos grande y oscuros, además tiene el cabello rizado, propio de los italianos del sur. Nadie quiere hablar del tema, de lo que vivimos en Italia, aunque alguna que otra vez escuché decir a mi madre: ‘murió sin dignidad, solo en la habitación de una clínica, no lo pude auxiliar, ni acompañar en los momentos más difíciles, tampoco tuvo un entierro decente, sin flores ni misa’. Seguía con su voz quebrada, ‘todos pasaron a ser números y de ahí a integrar índices de mortalidad, sin identidad, eso no pasó ni en la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, sabemos que ellos, las víctimas, tenían historias personales, sueños y anhelos de vida, eran personas maravillosas, comprometidos trabajadores, jefes o madres de familias, abuelos… Y ni siquiera tuvieron fosas comunes… Nadie habló de aquello en los medios, todo quedó en el olvido’. Mamá calló, y los allí presentes también nos quedamos sin palabras; el silencio se apoderó del lugar, nos corrió un escalofrío por el cuerpo y terminamos abrazados y llorando».

Julián dejó el diario de lado, su motivación era encontrar la caja con los ‘ángeles guardianes o protectores’ como los llamaba su hermano Bautista. Y allí estaban, en el fondo de un baúl; inútil intentar abrirlo ya que la caja tenía candado. Buscó una piedra para violentar la cerradura. Con aquel ruido Bautista llegó al lugar y le dijo: “no es para abrir hermano, ellos también se fueron y murieron junto con nuestro padre. Me defraudaron siendo muy chico. Por ahora no hay más respuestas».

Ema escuchó esos argumentos y no pudo menos que intervenir. Le dijo a su hijo: «es hora de que te entregue una carta que dejó tu padre escrita para ti, llegó a mí junto con sus pertenencias». Bautista abrió aquel papel en muchos dobleces y ajado por el tiempo.
«Para Bautista: hijo querido, te escribo estas líneas porque no creo que nos volvamos a ver, estoy muy afectado por el virus, más el estrés y el aislamiento, esto se agrava.

Quiero que sepas que estoy orgulloso de vos, así tal cual sos te pensamos con tu madre, estudioso, amigable, respetuoso, buen hijo. Además te digo que todo lo mío va a ser tuyo y de tu hermano Julián, deseo que compartan la bicicleta, el riel de pesca, los esquíes, mis libros, los juguetes, la mesa de billar y la raqueta de tenis. No peleen por motivos innecesarios, cuidense, respétense y amen y protejan mucho a mamá. Te quiero mucho. Tu padre».

Sin más, inmediatamente abrió el candado y la caja mágica y extraordinaria a su hermano: las sugerencias o mensajes de su padre para él siempre fueron casi órdenes. Posiblemente esa noche dormirían bajo el velador en la mesa de luz de Julián. No se sabe. Lo que sí se sabe es que la caja y los súper héroes ya estaban desmitificados, ya no tenían poderes; son sólo juguetes esperando que un nuevo encantamiento les ponga alma y corazón. Por ahora sólo mantienen la magia intrínseca de unos muñecos de plástico.

Por: Graciela Díaz

Comentarios
¿Qué opinas de esta nota?
  • Me gusta (100%)
  • Interesante (0%)
  • Útil (0%)
  • Aburrido (0%)
  • No me gusta (0%)