«La señalada»

Escrito por A.S. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

El texto decía: “Desde Bajada del Diablo, Fermina, viuda de Painenen, comunica que el 31 de diciembre y 1° de enero próximos realizará su tradicional fiesta familiar, quedando todos invitados”.

A Fermina, durante estos días se la ve siempre tranquila, nostálgica, pero segura de que nada va a salirse de los planes. Es que la señalada de don Painenen ya es una tradición para todos los vecinos del paraje; cuarenta y dos años de una celebración que comenzó cuando Carlitos tenía 3 y Francisco era apenas un dulce niño que poco entendía de lo que pasaba a su alrededor, pero la paz en su cara daba cuenta de que había nacido donde, definitivamente, habría elegido como territorio. Seis fueron los hijos, todos varones, que en total habían traído a este mundo con el Nenei, como ella lo llamaba cariñosa y un poco pícaramente.

Dos días antes de que el calendario se termine, y ya por la hora en que el cielo se oscurece, se puede ver en lo de Fermina cómo se incrementan los quehaceres del día a día. Y es porque los hijos empiezan a llegar, tres de ellos desde el pueblo, los otros dos desde Bariloche. El mayor de ellos con su ropa algo manchada y percudida, como consecuencia de sus largas jornadas de trabajo como pintor, aunque con la sonrisa siempre a cuestas porque, como él siempre afirmaba, “por suerte, trabajo no me falta”.

El menor, por su parte, triunfante luego de haber logrado negociar hasta el cansancio con sus superiores para poder disponer de ese día y los dos siguientes, dejando de lado solo unas horas su trabajo como policía para viajar a ver a su mamita. Ella, que con muchísimo amor y casi ninguna moneda, lo había visto crecer hasta su temprano ingreso a la residencia estudiantil de varones de Bariloche, donde aprendió de convivencias y lejanías y logró terminar sus estudios secundarios. Era el único de los seis que había llegado “tan adelante”, como decía Fermina cuando hablaba de ellos.

Ramoncito, el que le seguía al menor, había muerto en un accidente de auto hacía ya más de diez años, aunque la vida siguió apaciblemente luego del obligado duelo.
Más allá de los distintos caminos elegidos (si es que, pobreza de por medio, es posible pensar en elecciones), los días previos al año nuevo huinca, como ellos le llamaban a los otros, los de las pieles más claras y las camionetas más confortables, los cinco hijos vivos de doña Fermina se reencontraban para estrecharse en abrazos y comer las torta fritas hechas apenas salido el sol.

Además, acondicionaban con paciencia -solo haciendo una pausa para el sagrado momento del almuerzo- el corral repleto de ovejas y el solar de tierra siempre seca, donde se extenderían los tablones con caballetes que oficiaban de mesas comunitarias, en un espacio que también era para bailar y jugar a la taba.

Fermina repetía sus oraciones de agradecimiento cada mañana y, aunque no lo demostraba, los últimos días del año la llenaban de alegría y ansiedad, por ser el único momento en el que los hijos que estaban lejos podían hacerse de tiempo y algo de dinero para viajar a verla.

Entonces, aprovechaba esas horas que de tanto quehacer pasaban tan rápido, llenaba de comida a sus hijos que solo descansaban cuando el sol ya no les permitía seguir embelleciendo ese sagrado pedazo de tierra que los había visto crecer y, entonces sí, alrededor del fuego, exageraban sus rutinarias vidas para sorprender y hacer reír a su mamita, que ya estaba grande y que por nada del mundo dejaría la inmensa soledad de su campo para trasladarse al pueblo.

El año en que transcurre la historia no fue la excepción y, ese 31, algunas horas antes del mediodía, vecinos de los campos más cercanos se acercaron al humilde puesto de doña Fermina, la viuda del finado Nenei, como bien supieron conocerlo y quererlo allí, en la infinita meseta que cuando era necesario, no conocía de distancias, fríos paralizantes ni calores abrasadores, dispuestos a disfrutar con alegría ese momento tan esperado que llenaba de olores y sabores aquel territorio ignoto, que solo conocía de lunas y de lanas.

Y de señaladas, por supuesto.

Por: A.S.

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