«El monstruo»

Escrito por: Verónica C. Bruno. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

El deseo de concluir con aquel tormento me rompía de a poco, a pesar de que sabía que era imposible cortar con ese interminable círculo. Por eso me adapté lo mejor que pude a vivir con ese extraño y repugnante ser tocando la puerta de mi habitación a cada hora.
Su origen era de un recóndito lugar de la mente de un maniático ansioso y enfermo. Un pequeño monstruito, sumamente delgado y de ojos tristes y maléficos de color sangre, como si en él se hubieran depositado las almas más despiadadas del mundo. Su caminar era afilado y doloroso, y su presencia solo me generaba un dolor tan profundo que era imposible de combatir. Y aquel monstruito ahora vivía en mi casa, acechando mi sueño y manipulando mis pensamientos subconscientes. Sabía cómo pasar cada puerta a pesar de que yo me esmerara en clausurarlas, y se apoderaba de mis bienes, mi comida, mi dinero. Vivía intentando escapar de su horrible presencia para volver a ser feliz. Mi familia había desaparecido, para nunca más volver; desconocía su paradero o su destino. Estaba solo en el mundo, y el amor que alguna vez había conocido desapareció con la atormentada compañía del demoníaco hombrecillo.

Un día, un asqueroso día, tuve una conversación como nunca había tenido con mi acechador, ya que la soledad me había hastiado de tal forma que no podía seguir aislado. Temía su presencia por el mero hecho de que su existencia era dedicada a mi fracaso y desdicha, pero el dolor era tan punzante en mi corazón que decidí hablar con mi único acompañante y, cuando el hombrecillo vino a hacerme su inminente visita matutina, le abrí la puerta y lo dejé entrar. Su horrible cara de sorpresa me erizó los cabellos de la nuca, y las palabras que estaba por articular desaparecieron ante aquel miedo que sentía. Pero adquirí coraje y me aventuré a moverme para dejarlo pasar.

-Desde cuándo me dejas pasar a tu habitación? -dijo el despreciable monstruo, riendo y burlándose de mi cara de pavor, con su voz fina y estridente.

-Estoy cansado de estar solo -musité, intentando no llorar.

-Me alegra que intentes por fin hacerme formar parte de tu vida, tomando en cuenta de que ya no tenes nada ni a nadie -escupió acercándose a mi cara con escarnio, acariciándome el rostro con sus largas y afiladas uñas, dejando detrás de ellas una línea fina de sangre.

Luego de aquel infinito encuentro, estuvo atormentándome durante largas horas y despojándome cada vez más de mi humanidad y dejando en mí un vacío tan grande que lo único que podía llenarlo era el odio, porque, dónde podría yo conseguir amor, a estas alturas?

Entonces lo llené, sí, con odio. Odio hacia la vida, odio hacia mí mismo, odio hacia el maldito hombrecillo que ahora todas las mañanas y todas las noches iba dejándome cada vez más desgraciado y solo. Y fue el odio que atrofió mis músculos, que me imposibilitó caminar, que me hirió desde lo más profundo de mi ser, el que cambió mi cuerpo modificado por sus mismas manos, el que me dejó tendido en mi cama con una abrumadora fiebre a la vida, de la que sólo obtenía cuidado del monstruo. El dolor se canalizó en ira y la ira en enfermedad. Mi mente se convirtió en la de un animal y atentaba cada día contra mi propia vida, inconsciente de que quizá ese sería mi final.

Sin darme cuenta, llegó un día en el que mi único amigo no volvió a pasar por mi habitación y el silencio se apoderó de mis horas. La potente fiebre me había dejado dormitando sobre la nube de decadencia en la que me encontraba, Una mañana me levanté; el mismo odio que me había arruinado era el que ahora me daba fuerzas. Me sentí más pequeño que lo normal, y pude ver que mis huesos sobresalían de mi carne, blanca y rota por mis largas uñas. La luz lastimó mis ojos hasta el llanto, que acabó cuando por fin me acostumbré al inmenso dolor. Luego, cojeando, caminé hacia la puerta de mi habitación y recorrí mi antiguo hogar hasta la salida. El aire fresco y el sol me lastimaron, pero eso no detuvo mi viaje inminente hacia la casa de algún pobre solitario, para el cual yo tenía destinada una larga visita.

Por: Verónica C. Bruno

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