«Mi hermano mayor»

Escrito por Alicia Beatriz Scaglia. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

Tener un hermano siete años mayor resultaba muy útil, más aún viviendo en el campo. El hermano en cuestión conseguía alcanzar los duraznos más ricos, empeñados en ser los más distantes, era capaz de ahuyentar los perros de la chacra vecina que amenazaban con mordernos cuando salíamos a pastorear las ovejas, o podía enseñarnos a diferenciar una cueva de lechuza de una de vizcacha.

Pero no todo era tan amable y armonioso. El hermano mayor era capaz de fastidiarnos con los peores desprecios, esgrimiendo su aire grandilocuente de ser superior solo por haber nacido antes. Lograba hacernos sentir insignificantes con acciones hechas adrede. Ejemplos: subir al techo de un galpón para ver todo desde arriba comentándonos que la vista era maravillosa, pero que nosotras no podíamos subir por ser muy chiquitas; completar él solo el álbum de la revista Billiken mientras estábamos en la escuela, o prescindir de la dichosa siesta en tanto saboreaba una gallinita de azúcar en el monte de eucaliptus, cuando a nosotras nos obligaban a dormir.

Entre su nacimiento y el mío mi madre había perdido un embarazo; ésta era una buena razón para que Emilio acaparara durante siete años la atención de mis padres, quienes lo cuidaron y disfrutaron todo ese tiempo como hijo único.

Contaba con licencias que a mí y a Catalina, dos años menor que yo, nos eran escatimadas. Ambas lo amábamos y lo odiábamos, con la misma intensidad. Por momentos conseguíamos llamar su atención, tarea en la que caprichosamente nos empeñábamos; entonces nos trataba casi dulcemente, nos contaba chistes y adivinanzas o accedía a compartir rayuelas o escondidas. Otras veces, cansado de nosotras, se divertía tirándonos de las trenzas o haciéndonos llorar diciendo que éramos adoptadas.

Mi mamá lo reprendía tratando de parecer enérgica. Aburrida de lidiar con idénticas situaciones, lo amenazaba con uno de sus latiguillos preferidos:
-Emilio! Dejá de molestar a tus hermanas! Te voy a dar con la chancleta! Ya vas a ver cuando venga tu padre…

Y eso era peor. Victimizadas al extremo, cuando llegaba mi padre Cata y yo reafirmábamos el pensamiento de que Emilio era el preferido. Entre las dos, mientras él nos miraba de lejos y reía socarronamente, le contábamos pormenorizadamente a papá todos los desprecios que durante su ausencia nuestro hermano nos había hecho. Mi padre intentaba consolarnos.

-No le hagan caso, ustedes saben bien que son mis princesas.
Sin hacerlo del todo consciente por ser muy chicas, entendíamos la sutilidad del mensaje: si nosotras éramos las princesas, Emilio era el rey.

Ahora divierto a mis nietos con estas anécdotas, los que tienen hermanos mayores se ven identificados en ellas. Reflexiono sobre esas vivencias y caigo en la cuenta de lo molestas que habremos resultado a veces, sobre todo cuando en su etapa adolescente, Emilio pretendía estar tranquilo, solo, y lo último que necesitaba era que dos mocosas pegajosas estuvieran prendidas a él como abrojos.

Era la mano derecha de mi padre; hábil en el arte de cabalgar, se bastaba solo para arrear animales e ir en busca de alguna vaca que se había apartado de la tropa. Aprendió a conducir siendo muy chico, observando a quienes lo hacían, y manejaba tractores y máquinas cosechadoras con destreza.

En muchos aspectos, siendo todavía muy chico y quizás intuyendo lo que los demás esperaban de él, actuaba como un varón adulto. Pero cuando se daba la oportunidad, afloraba el niño que era en realidad y se comportaba como tal.

Amaba los artículos de pirotecnia; conviene recordar que en aquellos tiempos eran absolutamente permitidos y no había fiestas de fin de año en las que no estuvieran presentes. Desde los últimos días de noviembre, comenzaba a invertir una parte del dinero que mi padre le daba semanalmente para comprar cohetes, cañitas voladoras, baterías y para demostrar que nos tenía en cuenta y evitar nuestras protestas, compraba fosforitos y chispitas para Cata y para mí. Prefería los artículos que despedían luces, los asociaba con los ovnis de la serie «Los Invasores» que veíamos en blanco y negro en nuestro televisor Franklin.

Guardaba celosamente esos artículos en una caja envuelta en lona que, accediendo al pedido encarecido de mi madre por el peligro que representaba, ocultaba en la rama de un añoso paraíso casi sin follaje, al cual se subía hábilmente de tanto en tanto para agregar algo a su colección o simplemente para contabilizarla con deleite. Claro, mientras nosotras mirábamos desde el suelo.

Aquel verano Emilio contaba con dieciséis años recién cumplidos. Faltaban apenas cinco días para el veinticuatro de diciembre y el ánimo de las fiestas navideñas se materializaba con el aroma que despedía un gajo de pino cortado antes del Día de la Virgen, convertido en nuestro árbol de Navidad. La casa tenía un movimiento particular cada vez que se acercaban esas fechas. Los pandulces y turrones hechos por mi madre eran ordenados prolijamente por Cata y por mí en la despensa, y los susurros entre mis padres se hacían más frecuentes mientras consultaban las cartas que, destinadas a los Reyes Magos, ambas habíamos dejado en la maceta que sostenía el pino. Extrañamente para nosotras, Emilio ya no le daba importancia a ese pedido de obsequios que a las dos nos ponía tan ansiosas.

Nunca supimos bien el motivo; probablemente se debió al intenso calor de esa siesta, cuando el sol dio de lleno sobre la caja. Un terrible estruendo de fuegos de artificio nos arrancó del letargo de esa hora; acudimos todos hacia el árbol, nosotros cinco y los dos peones que ayudaban por esos días en la cosecha. Presenciamos perplejos el estallido de los cohetes en cadena y cómo se perdían en el cielo despejado, sin siquiera permitir que se apreciaran sus luces, dada la claridad del momento. Mi padre y uno de los peones reaccionaron rápidamente al accionar la bomba y arrojaron agua con una gruesa manguera. La copa del paraíso sucumbió por el fuego y acabó consumiéndose en el pasto mojado. Un penetrante olor a pólvora impregnó el lugar y el suelo quedó cubierto con los restos de la cohetería.

Emilio solo atinó a sentarse en el piso y a llorar quedamente, mientras sostenía la cabeza entre sus manos. Nunca lo habíamos visto tan afligido. Catalina y yo lo abrazamos en un intento de consuelo mientras mi madre murmuraba por lo bajo que era sabido que eso sucedería algún día, que menos mal que no había ocurrido dentro de la casa o cerca de alguno de nosotros y que, gracias a Dios, no se había provocado un incendio mayor.

Al día siguiente, Cata y yo decidimos vaciar nuestras alcancías y colaborar con la causa de nuestro hermano. Nos agradeció con una mirada húmeda pero no aceptó nuestra donación, argumentó que él tenía ahorrado bastante dinero como para comprarse el doble de los cohetes que había en la caja. Eso imaginamos que haría cuando al otro día partió con papá hacia el pueblo.

Sin embargo, no trajo pirotecnia. Al regresar, con aire de satisfacción, depositó sobre la mesa una especie de maletín color beige, accionó dos botones para abrirlo y un tocadiscos Winco desplegó toda su moderna tecnología. Acto seguido puso un disco simple y el ritmo contagioso de un rock llenó la casa mientras una voz que después escucharíamos hasta el cansancio, y que aprenderíamos a reconocer como la de Elvis Presley, hizo que abriéramos nuestras bocas en señal de sorpresa.

Fue la última vez que Emilio compró pirotecnia; ese verano empezó a frecuentar los bailes del pueblo con los hijos de un vecino, sus amigos. Siempre pensé que ese fortuito incendio fue una señal de que se había convertido definitivamente en hombre.

Por: Alicia Beatriz Scaglia

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