Kenzaburō Ōe, la voz del dolor humano

"Cuando quiero mirar nuestro mundo con los dos ojos, lo que percibo son dos mundos superpuestos: uno luminoso y claro, sorprendentemente nítido; el otro impreciso y sutilmente sombrío"

A los 86 años continúa su notable tarea este autor que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1994, «por la fuerza poética con que ha creado un mundo imaginario, donde la vida y el mito se condensan en una imagen estremecedora de la situación del hombre en el mundo contemporáneo», según la Academia Sueca. Calificado como el «enfant terrible» de la literatura japonesa, él mismo describe su estilo como realismo grotesco y lo refiere con frecuencia a François Rabelais, autor francés de «Gargantúa y Pantagruel». Según sus propias palabras, «escribo para los lectores japoneses y especialmente para las mujeres, que son las únicas que se preocupan seriamente por los problemas del país». La impactante historia de su hijo, que inspiró su obra.

El comienzo

Kenzaburō Ōe (大江 健三郎) nació el 31 de enero de 1935, en Ose, una aldea ubicada en los bosques montañosos de Shikoku (la más pequeña de las islas principales de Japón), de la que su familia -descendiente de una estirpe de terratenientes de herencia samurai- apenas había salido hasta entonces. Sufrió allí la Segunda Guerra Mundial -1939/1945-, pero su decisión de estudiar lo llevó a Tokio, en cuya universidad ingresó para interesarse en Filosofía y Literatura Francesa en 1954. Para ello tuvo que perfeccionar su japonés ya que hablaba un dialecto propia de la zona de origen y finalizó su licenciatura cuatro años después, especializándose en literatura europea.

La vocación literaria de Ōe nació en cierto modo de la necesidad de aliviar el desarraigo cultural y recuperar lo que él llama «la mitología de mi aldea». De esta época data «La presa», que le valió en 1957 el premio Akutagawa de novela corta (galardón instituído en honor al escritor Ryūnosuke Akutagawa, que se suicidó en 1927).

Cuatro años más tarde publicó «Arrancad las semillas, fusilad a los niños» (traducción castiza), en el que -como en la anterior- traza un sombrío panorama de los efectos de la guerra en el idílico microcosmos rural. Aquí narra magistralmente las proezas de un grupo de jóvenes en Japón procedentes de un reformatorio, que son evacuados en tiempos de guerra a una remota aldea de montaña, donde son temidos y detestados por sus habitantes. Cuando la peste hace su aparición, los aldeanos huyen dejándolos bloqueados en la aldea abandonada. Su breve intento de construirse una vida independiente basada en el respeto, el amor propio y el valor tribal chocará violentamente con la muerte y la pesadilla adulta de la contienda.

Tanto en sus relatos y como en las novelas aborda generalmente aspectos de la sociedad contemporánea desde un humanismo crítico, de raigambre existencialista. Su estilo es directo, de frases breves y contundentes, y se nutre de poderosas imágenes poéticas y abundantes reflexiones metafísicas.

Más allá de la importancia de su obra para la literatura japonesa, Ōe es un autor fuertemente influenciado por escritores occidentales. En sus trabajos se percibe un indudable influjo de varios autores: Dante Alighieri, Francois Rabelais, Honoré de Balzac, Edgar Allan Poe o Mark Twain, a los que estudió a fondo, pero también de Jean-Paul Sartre, Albert Camus, William Butler Yeats o Wystan Hugh Auden, por quienes profesa franca admiración.

La obra

Su obra está compuesta de novelas, cuentos, ensayos y artículos periodísticos en los que debate sobre aspectos de la sociedad japonesa, de la que se lo considera un crítico agudo e implacable. Estas críticas las formula desde su condición de intelectual independiente, sin vinculaciones conocidas con algún partido o movimiento político pero con una clara orientación humanista y de izquierda.

Ōe, un activista del pacifismo

Escribió diversos artículos y una novela autobiográfica, «El muchacho que llegó tarde» (1961), sobre la vida estudiantil en Tokio, ciudad que no consigue librarse de la alargada sombra de la ocupación estadounidense luego de la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Lo que subyace en el texto es el conflicto paradigmático del Japón contemporáneo, entre modernidad y tradición.

Pero allí donde su famoso colega Yukio Mishima, que a pesar de las diferencias ideológicas era amigo suyo, vuelve la vista atrás y añora las gloriosas épocas imperiales, Ōe sueña con la democracia participativa.

Otro núcleo en su obra lo constituye la subsistencia del cuerpo de mitos y leyendas rurales de su infancia y juventud en el marco de la cultura urbana contemporánea, que enhebra obras como «El grito silencioso» (1967), «Juegos contemporáneos» (1979) o «Cartas a los años de la nostalgia» (1986).

Ōe durante la entrega del Premio Nobel

Inspirándose en los textos de William Butler Yeats (gran poeta y dramaturgo irlandés), escribió una trilogía titulada «A flaming green tree» (El árbol verde en llamas) y, antes de recibir el premio Nobel en 1994, libros como «M/T, La historia maravillosa del bosque» o la novela de ciencia ficción «La torre del tratamiento» (1990), así como numerosos artículos y ensayos.

También cobró notoriedad mundial por «Cuadernos de Hiroshima», su testimonio estremecedor escrito tras entrevistar a diversos sobrevivientes de la tragedia atómica de 1945 en su Patria. En agosto de 1963, el autor se dirigió a Hiroshima para hacer un reportaje sobre la novena conferencia mundial contra las armas nucleares. Se interesó de inmediato por los testimonios de los olvidados del 6 de agosto de 1945: ancianos condenados a la soledad, mujeres desfiguradas y, sobre todo, los médicos que luchaban contra los efectos tóxicos de la radiación.

El horror en Hiroshima

Oé vio en el heroísmo cotidiano, en el rechazo a sucumbir a la tentación del suicidio, la imagen misma de la dignidad. Cómo otorgar sentido a una vida destruida? Qué nos ha quedado de la catástrofe nuclear? Quién podrá acabar con aquella parte de Hiroshima que todos llevamos dentro? No da respuesta a ninguna de estas preguntas, solo se interroga y nos interroga. Y es así como su «reportaje» adquiere la dimensión de un tratado de humanismo de alcance universal.

El «milagro» de Hikari Ōe

En el contexto de toda la enorme y magnífica obra Kenzaburō Ōe , el punto de inflexión en su vida y su narrativa lo constituyó el nacimiento, en 1963, del primero de sus tres hijos, Hikari, que vino a este mundo con hidrocefalia severa.

El escritor y su esposa, Yukari Itami, con el pequeño Hiraki

Fruto del desconcierto y el dolor ante la minusvalía mental del niño pero, al mismo tiempo, del afán de superación y de la necesidad de dotarse de una ética privada, su novela «Una cuestión personal» (1964), quizá la más célebre de su producción, narra en términos crudos y sin concesiones, el descenso al abismo de un padre atrapado entre el fatalismo y la cínica opción de la huida hacia adelante: “si quiero enfrentar mi responsabilidad, solo tengo dos caminos, o lo estrangulo con mis propias manos, o lo acepto y lo crío. Lo sé desde el principio, pero no he tenido valor para aceptarlo…”, dice.

De esa forma regresa a sus escritos el tema de la relación con su hijo, uno de los dos ejes de su literatura, en los libros «Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura» (1969), «Las aguas han inundado mi alma» (1973) y «Despierten, jóvenes de la nueva era» (1983).

Pero éste es solo el comienzo de una historia fascinante, plena de dolor, amor y resurrección. Apenas nacido Hiraki los médicos aconsejaron a sus padres que lo dejaran morir. Kenzaburo viajó entonces con el pequeño a Hiroshima, donde localizó a un médico que había dedicado su vida a tratar a las víctimas de la bomba atómica: «el encuentro con este doctor me hizo comprender que mi misión en el mundo era mi hijo», contaría el escritor años más tarde.

Kenzaburō e Hikari por las calles de Tokio

Luego de una delicada operación cerebral, se desarrolló físicamente como cualquier niño normal, pero sin ningún contacto con el mundo externo: la intervención le provocó discapacidad intelectual, ceguera parcial, epilepsia y autismo. Nada más… y nada menos.

“Desde niño tengo interés en cómo nuestro limitado cuerpo acepta el sufrimiento”

Itami y Ōe decidieron criar a Hikari de la mejor manera posible. Por eso, comenzaron haciendo el ejercicio más simple que tiene el amor: lo miraron y empezaron a conocerlo. El niño no se movía pero existía, y en el mundo la existencia y la interacción van de la mano. No respondía a las señas, no respondía al lenguaje, pero sí abría los ojos cuando oía el canto de los pájaros.

El trino podía ser la clave, y comienzan a buscar discos de cantos de pájaros; contratan a una profesora de música que empieza a trabajar con Hiraki, le hace oir el canto de un ave y a continuación una voz dice qué especie es la que canta.

Rascón de Okinawa (Gallirallus okinawae)

Y así se va la infancia, hasta que un día Kenzaburō y su hijo salen a pasear y escuchan un pájaro cantar: “Rascón”, dice Hikari, ante un padre que no podía creer cómo este niño de 11 años, esa bella flor que pasaba por la vida impasible, miraba, oía y reaccionaba.

Fue su primera palabra.

A partir de entonces aprendió los trinos de casi todos los pájaros existentes en su habitat, los empezó a imitar y jamás se equivocó al escuchar uno. Por eso la recomendación médica fue que tomara lecciones de música clásica, y a esa edad comenzó otro proceso improbable: aprender a tocar piano.

«La importante lección del drama de Hiroshima es la dignidad»

Empezó lentamente, dadas sus dificultades de expresión, sus complicaciones motrices y su escasa comunicación. Pero avanzaba, hasta que un día, su profesora lo instó a escribir música a partir de hacerle escuchar a Mozart suponiendo que podría copiar los acordes del genio de Salzburgo. Y lo que escribió no solo era bello, era extraordinario.

Las primeras composiciones de Hiraki
La música se transformó en su lenguaje. A través de ella comenzó a conocer el mundo y a mostrar su propia alma. En 1992 lanzó «Música de Hikari Ōe», que contenía 25 piezas breves para piano. Vendió 80 mil copias y algunos de sus movimientos han sido interpretados por figuras de renombre mundial, como la célebre argentina Martha Argerich.
Padre e hijo entrando a un concierto de Hiraki

Kenzaburō Ōe se convirtió en el segundo japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura (el primero había sido Yasunari Kawabata, en 1968), por una obra que le debe tanto a su talento como a su hijo, porque es imposible explicar la obra de Kenzaburō sin Hikari, que es la inspiración de la mayoría de sus textos. Quizás es imposible que un artista pueda abandonar la belleza cuando la tiene tan cerca.

En 1998, el autor japonés publicó otra de sus obras magnas, «Un amor especial», libro entrañable, hermoso y profundo (ilustrado por Yukari Itami, la madre de Hiraki), en el que reflexiona sobre la capacidad de la sociedad para aceptar como miembros de pleno derecho a sus discapacitados y sobre el poder curativo de la vida familiar, la entrega por un hijo que sufre y al que se ama y el coraje inconsciente que es posible encontrar entre quienes lo rodean.

Álex Rovira, escritor y divulgador español, y la historia de Hikari Ōe

Hoy la casa de la familia Ōe está llena de pájaros y pajareras, que deambulan como si fueran los dueños de ese hogar. En parte lo son, porque sin ellos esta historia sería distinta. Pero son solo Yukari y Kenzaburō quienes disfrutan de ese sonido todos los días, pues viven solos. Hikari se casó y además de ser un gran compositor y récord de ventas, tiene su propia hogar.

Y escucha a sus propios pájaros.

 

 

 

Fuentes: Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Kenzaburo Oé. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Artículo: Biografía de Kenzaburo Oé Autor: Víctor Moreno, María E. Ramírez, Cristian de la Oliva, Estrella M
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