«Radiografía de una ficción»

Escrito por: Adolfo N. Scatena. Taller de Creatividad Literaria conducido por Norberto Landeyro. Para participar pueden contactarse a [email protected]

La historia comenzó una helada noche, en un cine continuado, pasadas las doce en la peatonal Lavalle, en Buenos Aires. No era ninguna noche porteña, ni de clásicos porteños.

Deambulaba como casi todos los días por todo el radio céntrico de la Capital, en mi primera época en la universidad.

Esas caminatas nocturnas consistían siempre en alguna búsqueda (luces rojas, bares, cigarrillos o alguna que otra yerba). Y, en algunas pocas ocasiones, simplemente el andar de un zombie que trasnochaba tercamente.

Producto de esa búsqueda azarosa, obtuve como resultado posar los pies frente a un cartel de estreno que recalaba en el último rincón de aquella metrópoli de sonámbulos y cinéfilos, donde la película o el estreno era o fue “Drácula”, pasada ya la medianoche.
A esa hora, el título e incluso las pisadas que me llevaron a descubrirlo, me han seguido hasta hoy como las fábulas de vampiros que aun también nos acompañan, y se fueron conmigo hasta el último rincón donde todavía pendía allí su última función.

El estreno era «Drácula», no iban a estrenar ningún vampiro, eso era seguro. Cualquiera podría imaginarse que un día de semana, en la última función de una sala despoblada, en una de sus funciones se despedía… (Drácula); podrían también imaginar el estado de la sala. Y fui a buscar ubicación entre las últimas butacas, para no sentir ni el adiós ni el suspiro del que tampoco iba de estreno por vampiro.

Mientras la película rodaba y avanzaba la ficción, mi cabeza no volvió hacia atrás de mí, sino creo no haberla vuelto nunca más detrás del lugar donde bordeaba el límite de la ficción y la realidad. Si me la perdí, «Drácula» no fue, y nunca más me perdería ni tendría que volver.

Me simpatizaron tanto las segundas partes como el libro que leí primero y la película después. No hubo ni un segundo libro ni otro Bram Stoker, y uno solo, como se llame Drácula, era rumano.

Vuelvo nuevamente, después del intervalo con un cigarrillo en la vereda, a sentarme en la penúltima fila y observar el subtítulo que no estaba grabado ni escrito en ningún libro de Bram S., y que decía: “he viajado atravesando continentes, cruzando océanos y mares, para llegar a ti”.

El que estaba en la pantalla no era más Drácula, y el que escribió textuales palabras no podía estar detrás mío nunca más tampoco. Podría quizá viajar más atrás pero no…
Años antes estaba esa historia, no era de un escritor ni de otro, no trataba de vampiros, era un asesino y se encargaba de cumplir la sentencia del tiempo a cualquiera que le llegara la necesidad, podría ser su amada, no inmortal. Tal vez sí… una sentencia que condenaba a algunos amantes a amarse o aniquilarse.

Este “amante” sentenciaba al amor desenterrándolo de todo tiempo, quizá hasta del más imperecedero, si hiciera falta también.

El amor sentenció a Drácula, para que le cumplieran por toda la eternidad y le dieran amor drenándole la sangre; quizá no fuera el amante más mezquino, pero pudo haber exagerado un poco esa nota para quedar como inmortal en aquella historia.

La historia en ese tramo marcaba mis últimos pasos quizá con los primeros que llegué, pero solo desembarqué como un estudiante del interior más. Podría haber un escritor a medio concluir ahora, y muchas cosas mías más a esa edad, mi adolescencia y todo lo que estuviera transitando junto con mis hormonas que nunca viajaron, solo cambiaron algo de mí alguna vez.

Y si había un escritor o medio impostor, ya había textuales palabras que vio por ahí y no podía encontrarle ni a mitad de camino de morir si tuviera la necesidad, pero no de acabar la historia, o de finalizarla a medias.

El secreto más íntimo y custodiado, guardado bajo tres candados, entre las tres dimensiones que ahí hubiera entre vivos, muertos y vampiros, se tratase de una confesión, o de un secreto, no podía ser menos que profanado tratándose quizá de algún vampiro, o quizá de un conde.

De profanadores se podía haber escuchado historias, también de impostores. En ambos casos, solo la podían contar escritores aunque hablaran de ladrones.

Drácula era todavía más joven aun y maduro. Y maduró un lector todavía más joven que el estudiante que dejó todos sus cuentos a mitad de camino y en su regreso los llevó todos a la basura.

Y en mi alma sembró un alma longeva e inmortal; el resto es o será nada más que la biografía de un escritor o de ese escritor que nunca fui.

Por: Adolfo N. Scatena

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