Thomas Merton, literatura, meditación y amor

“Nuestro trabajo es amar a los demás sin detenernos a preguntarnos si son dignos o no”..

Tanto su talento versátil y como su compromiso cultural se expresaron en una obra muy amplia y variada -más de 60 libros- que va desde diarios hasta ensayos, pasando por la poesía y por textos de meditación. Su elección cristiana, como monje trapense, se unió a su interés por el pensamiento oriental, la vida contemplativa y la participación en las crisis de su tiempo. “La montaña de los siete círculos”, que se publicó en 1948, es su trabajo más famoso y fue incluido entre los 100 mejores libros de no ficción. Fue teólogo, poeta, ensayista, autobiógrafo, periodista, activista por la paz, monje trapense, presbítero católico y escritor, y siempre trabajó denodadamente por crear un puente entre oriente y occidente, desde la cultura y -especialmente- la literatura.

El comienzo

Thomas James Merton nació el 31 de enero de 1915 en Prades, Francia. Su padre era neozelandés y su madre estadounidense, ambos artistas plásticos orientados a la pintura. Ella falleció cuando él era un niño y su infancia fue inestable en cuanto a su residencia, pues vivió en Francia, en las Islas Bermudas, en Estados Unidos y en Inglaterra.

“Nadie puede decirme qué hacer ahora, tengo que intentar averiguarlo por mí mismo”.

En Gran Bretaña estudió en la Universidad de Cambridge y concluyó sus estudios en la Universidad de Columbia, EE.UU., donde su tesis de doctorado en Lengua y Literaturas extranjeras la tituló «La naturaleza y el arte en William Blake» (poeta, pintor y grabador británico que permaneció en gran parte desconocido durante el transcurso de su vida, aunque actualmente el trabajo de Blake está altamente posicionado). Después de adherir al marxismo durante su juventud, influido por sus lecturas místicas e impulsado por una llamada interior a unirse con Dios, Merton se convirtió al catolicismo en el año 1938.

Thomas Merton en los años ’30, antes de su ingreso en la trapa de Kentucky

La obra

Trabajó como profesor de Inglés antes ingresar en 1941 a la famosa Abadía Trapense del Huerto de Getsemani, en Kentucky, EE.UU., de la Orden de los Cistercienses de Extricta Observancia, donde fue ordenado sacerdote en 1949. Publicó más de sesenta obras entre ensayos, poesía y prosa -especialmente dedicados a los temas de ecumenismo- y se hizo conocido por su autobiografía titulada «The Seven Storey Mountain» (La montaña de los siete círculos, 1948), en la que expuso el proceso que lo condujo al catolicismo.

La siguieron, entre otras obras, «Ascenso a la verdad» (1951) y «Los hombres no son islas» (1955), todas con extraordinario éxito editorial. Más adelante intentó una aproximación al orientalismo en obras como «Místicos y maestros del zen» (1967) y «El zen y los pájaros del deseo» (1968). Su visión espiritual siempre fue más allá de la doctrina tradicional.

Ésta y otras obras de Thomas Merton, como «El exilio y la gloria» (1948) o «La vida silenciosa» (1957), superaron velozmente los umbrales de la fama. Era un monje rompiendo todos los clasicismos monásticos para describir los personajes y la vida con un lenguaje moderno y asequible a todos los públicos, y combinando con magistral perfección la trascendencia y la contemplación del claustro con los problemas del mundo, del que en ningún momento se encontró desligado y al que valoró con un criterio esperanzador.

Merton jamás cayó en la vulgaridad o en los sentimentalismos infantiles del hombre y el mundo; por el contrario, trazó una línea, aunque con ácida ironía a veces, que puede conducir al humano hacia la felicidad plena, felicidad libre y de compromiso que le obliga a realizarse como ser individual, sin dejarse llevar por la propaganda, por el dinero o por los espejismos de una palabrería hueca.

Thomas Merton y el Dalai Lama en 1968

El talento versátil y el compromiso cultural de Merton se expresaron en una obra muy amplia y variada que va desde diarios hasta ensayos, pasando por la poesía y por textos de meditación. Su elección cristiana se une a su interés por el pensamiento oriental, la vida contemplativa y la participación en las crisis de su tiempo, como se muestra en el ensayo «Acción y contemplación» (1949).

Por otra parte, la producción poética del autor comprende una vena mística y una sátira contra la sociedad de consumo, en una búsqueda también formal que llega a la experimentación y a la fragmentación del lenguaje en «Cables to the Ace» (Liturgias familiares de incomprensión-1967) y «The Geography of Lograire» (La Geografía de Lograire-1969). El primero es un poema de 88 partes, publicado en 1967, en el que encuentra un curioso punto medio entre el juego de palabras exuberante, y la desesperación aparentemente amarga respecto a la falta de sentido moderna. Es más fuerte al principio (incluido el divertido Prólogo de Merton sin presentación), donde el uso y abuso del lenguaje del monje encuentra su mejor y más nítido tono.

La reseña de una obra como «Incursiones en lo indecible» (1966) puede servir como ilustración del carácter y el pensamiento del autor. Esta serie de ensayos, distribuidos en capítulos, tratan de llamar al hombre a la reflexión del porqué de su existencia y de valorar justamente lo que acontece voluntaria o involuntariamente a su alrededor.

“La mejor, la única manera de conservar el amor, es darlo”.

Merton parte de una idea bien clara y advierte, además, que no debemos hacernos ilusiones: la situación actual es turbulenta y grave (al momento de su publicación, aunque no por eso ha perdido actualidad); no es fácil encontrar un remedio para la soledad y para la desesperanza, para un malestar en el que se ha perdido el sentido y el valor de las cosas: «creen que lo que no tiene precio no tiene valor, y que lo que no se puede vender no tiene realidad de verdad, de modo que la única forma de hacer que algo sea ‘verdad’ es ponerlo en el mercado.»

Por ejemplo, asegura, «los hombres no tienen tiempo de reflexionar sobre el valor de la Biblia; nadie se ha dado cuenta de tantas y tantas cosas que son ‘gratis’ y satisfacen tanto. No las percibimos hasta que no las materializamos. Con solo una pequeña operación muy sencilla, toda esta confusión resultaría aclarada: ‘Que los negocios hagan la lluvia. Eso le dará significado».

El hermano Patrick Hart (izq.), último secretario de Merton (der.)

«La desorientación -dice- hace que el hombre individual termine por masificarse y que en todas las ciudades del mundo sea lo mismo. El hombre moderno es el hombre precipitado, un hombre que no tiene tiempo, que es prisionero de la necesidad. Sufrimos todas las necesidades que la sociedad quiere que suframos, porque si no tenemos esas necesidades, perdemos nuestra utilidad en la sociedad: la utilidad de absorber. Tememos estar solos, ser nosotros mismos y, de esta manera, recordar a los demás la verdad que hay en ellos».

De ahí que, añade, «el problema de hoy es que no hay desiertos, sino sólo ranchos postizos. Esta es la razón por la cual no surgen verdaderos poetas». Uno de los capítulos de la obra incluye precisamente un mensaje a los poetas, únicos seres que escapan a los sistemas políticos establecidos, a la publicidad, a la vida colectiva, que está organizada a menudo sobre la base de la astucia, la duda y la culpabilidad. El poeta se basa en la inocencia y en la creencia; no está «a favor» ni «en contra». Está, eso sí, a favor de la libertad y del respeto a todos. Sin embargo, a pesar de los negros horizontes que se vislumbran, siempre, al fin y a la postre, llega a iluminarlos la verdadera esperanza cristiana.

Merton y el cine

En la pantalla grande también se ocuparon del autor. «Búsqueda del alma: el viaje de Thomas Merton» (Soul searching: the journey of Thomas Merton) es un documental del año 2006 que examina la vida de un monje moderno, una vida llena de conflictos, controversias y amor (en Inglaterra habría tenido un hijo con M., una mujer a la que llamaba así, aunque aparentemente la madre y el niño murieron durante los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial).

Merton creció abrazando las actividades intelectuales y bohemias que lo llevaron al comunismo, que luego dejó de lado por el catolicismo, que lo llevó a una vida estrictamente enclaustrada en un monasterio rural de Kentucky. Los escritos que fluyeron de su celda durante los siguientes 27 años examinaron la espiritualidad (de Oriente y Occidente), la Guerra Fría, el movimiento de los derechos civiles y la difícil situación del individuo en el mundo posmoderno.

«Búsqueda del alma: el viaje de Thomas Merton»

Fue una obra del cineasta independiente Morgan Atkinson, que brindó una nueva meditación conmovedora ya veces provocativa sobre la vida del monje. La narración del director brilla más cuando persiste en aquellos que mejor conocían a Merton, es decir, que no lo conocían como un escritor famoso, un santo de porcelana o un pionero místico, sino como «un tipo corriente que bebía demasiada cerveza», como «el maestro de novicios meticulosamente preparado y a menudo bastante divertido» o como «el ermitaño célibe cuya cuidada soledad se rompió extasiada y dolorosamente por una historia de amor con una joven enfermera».

“Soy un sacerdote con el mundo entero como parroquia”.

«Cuando rezo por la paz», entona la voz narrada de Merton en el film, «rezo no solo para que los enemigos de mi propio país dejen de querer la guerra, sino también para que mi propio país deje de hacer cosas que hagan inevitable la guerra… Si amas la paz, entonces odias la injusticia, odias la tiranía, odias la codicia, pero odias estas cosas en ti mismo, no en los demás «.

Un personaje controvertido

Merton se había convertido, como observa el jesuita John Dear, en una figura «peligrosa» para los católicos que preferían la personalidad piadosa y el dualismo del mundo de la fe de «La montaña de los siete círculos». Daniel Berrigan (sacerdote católico, activista por la paz y poeta estadounidense, que estuvo en la lista de los diez fugitivos más buscados por el FBI a raíz de su participación en las protestas civiles contra la guerra de Vietnam) recuerda desde la perspectiva de activistas católicos como él y Dorothy Day (periodista y oblata benedictina anarquista cristiana estadounidense): «fue un camino largo y difícil, y necesitábamos ayuda en el camino, y él (Merton) la dio. Era muy importante para todos nosotros «.

El poeta jesuita Daniel Berrigan (izq.) y Thomas Merton

Merton ofrece un perfil atractivo pero a la vez controvertido de un hombre cuya presencia en el mundo conmovió a millones de personas, y cuyas palabras y pensamientos continúan teniendo un profundo impacto y relevancia en la actualidad.
Sigue siendo uno de los escritores espirituales más influyentes de los últimos 100 años, apasionado del jazz, que le brindaba la capacidad de perderse y, al hacerlo, encontrarse a sí mismo también, amigo del Papa Juan XXIII y del filósofo francés Jacques Maritain y su «Humanismo integral», y de la argentina Victoria Ocampo, que lo tradujo en su revista «Sur» (con quienes intercambió profusa correspondencia) y porqué no, de Tenzin Gyatso, el mismísimo Dalai Lama, y del poeta nicaragüense y también sacerdote, Ernesto Cardenal.

“El amor es nuestro verdadero destino. No encontramos el sentido de la vida por nuestra cuenta, lo encontramos junto a alguien”.

Cuando el Papa Francisco habló en el Congreso de los Estados Unidos en el año 2015, lo señaló como uno de los cuatro norteamericanos representativos de su Patria, a la par de Abraham Lincoln, Martin Luther King Jr. y Dorothy Day.

“Merton -dijo Bergoglio- era sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certidumbres de su tiempo y abrió nuevos horizontes para las almas y la Iglesia. Fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones».

El final

Para el escritor jesuita James Martin, la paradoja final de la vida de Thomas Merton sucedió en 1968, cuando después de años de polémicas con sus superiores, finalmente se le dio permiso para dejar el monasterio de Kentucky y viajar a Asia. En el camino se detuvo en un pueblo llamado Polannaruwa, en Sri Lanka, donde ante unas estatuas inmensas del Buda, se sintió invadido de un sentimiento de gracia y de alegría como no lo había experimentado jamás. “Mirando estas estatuas”, escribió, “súbitamente sentí que me limpié casi a la fuerza de una visión medio ciega de las cosas y que una claridad más profunda brotaba de las túnicas mismas para presentárseme evidente y obvia”.

Merton en Tailandia, días antes de su muerte

Unas semanas después, el 10 de diciembre de 1968, iba a participar en una conferencia ecuménica en Bangkok, Tailandia, donde debía exponer, y mientras tomaba un baño para refrescarse del día cálido, se resbaló en la bañera, tocó un ventilador eléctrico y se electrocutó. Otra paradoja de su vida: falleció el mismo año en que murieron asesinados Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy.

«Nuestro verdadero viaje en la vida es interior, es cuestión de crecimiento, de profundización y de una entrega cada vez mayor a la acción creadora del amor y de la gracia en nuestros corazones. Nunca como ahora fue tan necesario para nosotros responder a esta acción» (Thomas Merton, «Carta circular a los amigos en septiembre de 1968», Diario de Asia).

Así, este monje católico tuvo su última experiencia mística frente a una estatua budista en Sri Lanka; en tanto, el hombre que hizo voto de clausura en un monasterio rural de Kentucky murió a los 53 años a miles de kilómetros de distancia, y fue llamado a la casa del Único a quien siguió en medio de sus contradicciones.

 

Fuentes: Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Thomas Merton. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España).
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