Quisiera estar alegre pero mi alma oscura sufre un dolor que me paraliza. Un temor avasallante recubre mi ser y un llanto sin lágrimas me nubla la visión.

Sin saber adónde ir, ni a quién recurrir, escribo y describo mi pena que se agranda más y más, sin encontrar consuelo. Clamo a Dios: líbrame de este castigo, aparta de mí esta agonía, reaviva mi ser herido…

En la cruel soledad yo me debato y llamo al oeste, al este, al norte y al sur: Hijo de David, ten misericordia de mí! Señor de la Gloria, ten piedad de mí!

Sin consuelo, perdido, voy hacia el abismo tropezando de pena en pena. En mí solo encuentro temor y temblor. A quién podré acudir? Un horror mortal me ha alcanzado.
Me dejo consumir por la angustia roja, me entrego en los brazos del espanto ciego, oigo los gemidos de mi alma herida, me retiro a una cruenta soledad que no se disipa.

Perdida toda esperanza me arrastro en silencio con la boca seca, respirando en vano, buscando en el medio de la nada, revolviendo mi interior. Tarea sin sentido…

La gracia y el perdón han sido revocados. Camino desorientado por grutas agrestes, de cabeza gacha, sufriendo frío, hambre y sed. Nadie sabe dónde estoy, pues me he perdido en mi soledad, y ya no busco compañía humana ni espero el consuelo de los hombres.

Respuestas no tengo y, en la montaña bravía, subo paso a paso. Subo por subir nomás. No busco nada, pero mi ser se refresca en las alturas. Hemos llegado! Es el amor bello que renace!

Por: Alberto Félix Suertegaray

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