Empleos perdidos, millones de personas que cambiaron abruptamente sus rutinas y añoraron el ocio al aire libre y las reuniones con amigos; depresión, incertidumbre y angustia. Un encierro imprevisto para el cual la humanidad no estaba preparada. Quién encontraría algo positivo en el confinamiento por la cuarentena? Alguien lo hizo, fue Julián. Julián, el tímido y retraído, Julián, el que no fue a la secundaria por miedo a que le siguieran preguntando qué le había pasado. Julián, el que salía a hacer mandados cuando oscurecía, para que la gente no lo viera. Julián, el del rostro cubierto de cicatrices.

Tenía cuatro años cuando el vidrio de un ventanal estalló cerca suyo. Los médicos hicieron lo posible pero no fue suficiente y las heridas le grabaron surcos en su cara y en su alma. Nunca sería como los demás. Durante los veintiséis años que siguieron al accidente, las personas, exceptuando su familia, lo habían tratado de distintas maneras: asombro, fingida indiferencia mientras lo miraban de reojo, temor; en alguna ocasión, asco o burla. Cualquiera de esas reacciones no hizo más que profundizar el daño. Su voluntario aislamiento lo condujo a desarrollar magníficamente su espíritu y su mente.

Leyó autores clásicos, escuchó óperas y conciertos, escribió poemas y aprendió a entonar bonitas canciones acompañándose de una guitarra. En lugar de fomentar el resentimiento, cultivó la belleza de su espíritu sin haber concurrido jamás a ninguna universidad.

Ahora le tocaba como a todos vivir la cuarentena y encontró en el barbijo un escudo que lo protegía. No perdió oportunidad de salir a la calle, siempre según lo reglamentado. Para él, acostumbrado a pasar las horas en su casa, significaba descubrir parte de un mundo desconocido.

La vio un mediodía mientras regresaba de hacer un trámite, los casos de contagio habían disminuido en la ciudad y algunas reglas eran más flexibles: se podía pasear por espacios públicos o sentarse en algún lugar a tomar sol. Aparentaba ser joven, un cabello negro y ondulado caía sobre sus hombros. Con tapaboca y anteojos oscuros, sentada en un banco de la placita del barrio donde vivía Julián, levantaba levemente su rostro hacia el sol de julio. Ensimismada, parecía disfrutar de ese calor y del gorjeo de los pájaros que alborotaban las ramas de los fresnos, ya sin hojas.

Una sensación desconocida, mezcla de curiosidad y profunda atracción lo animó a sentarse en el banco contiguo, a un poco más de un metro de distancia y saludarla. Ella respondió con amabilidad e inmediatamente empezaron a conversar animada y naturalmente, como si se hubiesen conocido desde hacía tiempo.

Hablaron de música, de arte y de poesía. Se dieron cuenta de que acordaban gustos y pensamientos. Ambos comprendieron que no solamente se entendían con palabras: una conexión de espíritus se instaló acercándolos, como si algún duende travieso y amoroso los hubiera hecho coincidir en tiempo y espacio. Julián sintió el deseo de nunca más separarse de ella. Como si hubiera adivinado su sentir, ella le propuso seguir encontrándose en ese lugar y a esa hora en días venideros. El asintió encantado y se lo agradeció cantándole una canción.

Quizás el exagerado entusiasmo puesto en la interpretación hizo que un ademán desprendiera su barbijo. Se interrumpió abruptamente, una sensación de angustia y vergüenza se apoderó de él y agachó la cabeza.

-Pasa algo?– preguntó ella, sorprendida.
-Es que no esperaba que hoy vieras mi rostro tan feo, lleno de cicatrices. Tuve un accidente una vez y me quedaron estas marcas para siempre.
-Julián– dijo ella dulcemente- tienes un espíritu hermoso, eso es lo que me importa y si estás de acuerdo sigámonos encontrando para compartir bellos momentos como el de hoy. En los tres últimos años de mi vida aprendí como nunca antes a valorar a las personas por su alma y no por su físico: no puedo verte pero sí sentirte, estoy ciega.

Por: Alicia Beatriz Scaglia

 

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