Una vida invertida en este trabajo: construir una máquina que pueda burlar las redes del tiempo.

Ahora sé que funciona a la perfección, y estoy completamente decidido a utilizarla.
La materia: una simple estructura que se condiciona en un movimiento temporal.

Sé que cuando me mueva en esta línea, la comprensión de que no soy este cuerpo que habito va a ser definitiva. Qué importancia tendrán entonces los errores del pasado? Por qué habría de querer salvar su vida? Acaso podré hacerlo? O el destino de su muerte prematura, está trazado por variables que yo ni siquiera alcanzo a vislumbrar? Tal vez yo no haya sido tan importante en el inmenso plan su vida, en ese despliegue impensable de posibilidades, es probable que mi presencia haya sido un simple comodín.

Ahora me veo: obsesionado, año tras año encerrado en el laboratorio, con la única intención de regresar y reparar ese error, evitar ese accidente y verla una vez más.
No lo sé, en este momento, teniendo la posibilidad de hacerlo con un simple pulsar el botón, yo… solo quiero dejar atrás esta vida de obsesión, locura y sufrimiento.

Tal vez si escapara hacia el futuro, me encontraría en un mundo tan diferente que no habría opciones de retornar a este tormento.

Las posibilidades son dos: ir al pasado o al futuro.

En el pasado podría repetirse la misma historia, con otros matices, y entonces, simplemente me quedaré mirando, una vez más, cómo su pequeña vida se desliza entre mis manos hacia el impenetrable abismo de la muerte.

En el futuro, probablemente no soporte el vacío de haber renunciado a tan amarga obsesión. Algo, como esto, que fermento por años, no puede simplemente ser barrido de la noche a la mañana sin destrozarme por completo.

Quisiera llorar inconteniblemente, de pronto despertar de este trance y saberme un insignificante alfeñique jugando a ser Dios.
Sin embargo no soporto la risa, me sacuden las carcajadas, y mis ojos desbordan lágrimas de alegría.

Tiré las herramientas al suelo, colgué el guardapolvo desgastado, cerré la pesada puerta de acero. Cambié el código de acceso para que nadie pueda abrir el laboratorio y encontrar tan absurdo invento.

Salí de la casa, el sol acarició este rostro agrietado, inspiré profundo colmándome de aire fresco, me quité los zapatos para sentir el suelo firme bajo los pies y empecé a dar pasos de júbilo, en el único tiempo en el que vale la pena vivir, el único tiempo que merece nuestra absoluta atención: el presente.

Por: Shivani Rodríguez

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