Apenas cruzar el río Colorado e ingresar a La Pampa, es entrar en una dimensión diferente. En donde el tiempo no importa; donde el vértigo de la velocidad se transforma en una aventura sinuosa. La posibilidad de llegar desplaza al apuro. La seguridad puede ser una quimera.

Podría tratarse de un nuevo programa de supervivencia, al estilo de la TV yanki, pero no. Se trata de una simple realidad que padece todo aquel que deba transitar por la ruta nacional 151. El título de “ruta” es por demás pomposo, por cierto. Una huella en la Región Sur está en mejores condiciones que ese camino.

Este camino en cuestión tiene una extensión total de 315 km, entre Cipolletti y el cruce con la ruta 143, a pocos kilómetros de la ciudad pampeana de Santa Isabel. Con la finalidad de integrar una región interior, con el sur mendocino, La Pampa y el resto de la Patagonia, cumple un rol estratégico en las comunicaciones. O debería cumplirlo. Los baches se lo impiden. Empiezan ni bien se transpasa el puente sobre el Colorado, siguen hasta el cruce con la Conquistadores del Desierto, y se extiende hasta algunos kilómetros antes de Algarrobo del Águila. Esos 140 kilómetros son una invitación expresa a buscar otro camino. O a renunciar a comunicarse con la otra parte. No se trata de un bache cada 100 metros, lo que ya sería un escándalo. Se trata de una ruta abandonada, carcomida, con cráteres que perforan toda la cinta asfáltica y una banquina arruinada. Un trayecto que podría cubrirse en una hora y media (andando con cierta prudencia), insume más de tres horas.

La gran pregunta es: ¿cómo puede haberse llegado a esta situación? Porque ese abandono es apenas el síntoma de una forma de pensar el país. Si en la Europa de la Edad Clásica “todos los caminos llegaban a Roma” porque la capital del Imperio era el centro del mundo, en la Argentina todavía los caminos siguen convergiendo hacia Buenos Aires… y el resto parecen no existir.

La ilusión de la integración

Ya hace muchos años que Raúl Scalabrini Ortiz demostró que la traza de los ferrocarriles argentinos llevaba el cuño exportador: una extensa red que convergía en el puerto de Buenos Aires; y redes más pequeñas que llevaban a los puertos de Rosario y Bahía Blanca. Las rutas nacionales, en principio, siguieron ese mismo recorrido.

A pesar de ese clima ideológico mayoritario, a mediados del siglo XX aparecieron técnicos y dirigentes que podían ver un poco más allá de la nariz y aportaron una mirada desarrollista y de integración. Así se pudo consolidar la ruta nacional 22, que conecta al valle rionegrino con Bahía Blanca y la llanura pampeana. Y así surgieron alternativas pensadas en comunicar regiones que estaban aisladas. Por ejemplo, el sur mendocino con el norte de la Patagonia.

Ese fue el objetivo de la 151, que nos abre el paso desde el Alto Valle hacia la zona de San Rafael, Mendoza capital y al resto de Cuyo. La zona de Malargüe, más vinculada por historia y por economía al norte neuquino, encontró su camino por la ruta nacional 40. Y existe otra alternativa de llegar por la “ruta del petróleo”: desde la 151, a la altura de Catriel, se toma la 6 hasta Rincón de los Sauces y de allí, la ruta mendocina 180, hasta El Nihuil.

Cuando se planificaron esas rutas no existía el desarrollo económico actual ni se pensaba en las posibilidades de la explotación hidrocarburífera. En el vocabulario “desarrollista” de la época se pensaba que estas vías de comunicación iban a ser factores de desarrollo económico para las zonas que alcanzaba, potenciando la producción y el intercambio de bienes y servicios.

Pero no siempre las cosas salen como se las piensa.

La realidad y el abandono

Los intereses económicos dominantes son fuertemente centrípetos para la distribución de recursos y la realización de obras de infraestructura. En una Argentina donde nunca sobraron los fondos públicos, asignar una partida a una región implicaba aplazar a otras. Y las elites provinciales quedaron atrapadas en esa ilusión “atlantista” de llegar a Buenos Aires a cualquier precio. Un precio que pagaron con la postergación de sus propias regiones interiores.

Los distintos gobiernos nacionales han privilegiado las obras de infraestructura en la zona Centro. Razones no faltan: si es el sector que mayor cantidad de recursos produce, en la franja más densamente poblada del país y la que produce la mayor cantidad de dólares vía exportaciones.

Mientras realizaba ese viaje hacia el sur mendocino por la ruta 151, ya sea intentando esquivar los pozos o cambiando el neumático que no resistió los golpes del camino, pensaba en las razones de ese abandono. Ese gigantesco agujero en la cinta asfáltica no se produjo por la negligencia de un año o dos, sino por un sistemático olvido y la permanente priorización de otros espacios.

Porque en todo caso, ¿qué significa el sudoeste pampeano? ¿El gobierno de Santa Rosa habrá hecho alguna gestión para protestar por esa situación? ¿O lo habrá dejado como moneda de cambio? Las cuatro ciudades pampeanas que están al costado de la ruta, 25 de mayo, Puelén, Algarrobo del Águila y Santa Isabel, suman 12.000 habitantes. Menos que General Acha, la otra ciudad del sur provincial. La producción, históricamente escasa. Poco comercio interno. ¿Gestionar una ruta para favorecer el turismo de Mendoza? Antes muertos, parece ser la consigna. Con la lógica de Santa Rosa, la prioridad pasaría por fortalecer los caminos productivos hacia el este y hacia el norte. El resto, inexistente.

Ni siquiera la presencia de un inversor privado en 25 de mayo, que estableció la refinería Refi Pampa y la cadena de estaciones de servicios low cost Voy, sirvió como un argumento de peso a favor de la ruta. Tampoco el surgimiento de la villa turística de Casa de Piedra, al borde del lago del lado pampeano. La ruta de acceso, la 152, sigue siendo una pesadilla.

Por su parte, los gobiernos mendocinos estuvieron mucho tiempo privilegiando la vinculación con Chile y con Buenos Aires. El sur nunca interesó demasiado en la capital cuyana y es una queja habitual en Malargüe. Si el tramo de la 40 km que vincula esa región con el norte neuquino es una fantasía; la provincial 180 desde El Nihuil a Rincón de los Sauces es una mentira. Apenas una huella mal mantenida, al decir de los propios medios mendocinos.

En tanto, los gobiernos rionegrinos enfocaron sus esfuerzos en lograr el mantenimiento de la ruta en su propio territorio, donde sí es estratégica por su importancia económica.

En el territorio provincial, la 151 es una ruta de producción: comunica las ciudades que están sobre el Neuquén con el resto de la provincia, dedicadas a la producción de peras y manzanas; y la región de Catriel, con un importante desarrollo petrolero y gasífero. Además, es una vía alternativa para el tránsito de insumos y logística hacia la zona de Vaca Muerta.

Este tramo de 140 kilómetros tiene un tránsito intenso de camiones de todo tipo, camionetas y vehículos pesados. El pavimento sufre las consecuencias. Y los automovilistas, con un alto índice de siniestrabilidad. Pero a pesar de ser una vía colapsada, que necesita una urgente ampliación en los primeros 40 kilómetros (hasta Sargento Vidal), y una reelaboración entre el confín del Valle y la zona del río Colorado, es un camino transitable. Alcanza con cruzar el puente para darse cuenta de la importancia que se le puede conceder desde Buenos Aires.

Cambiando la sintonía

La ruta 151 nunca será una ruta prioritaria para la economía nacional, pero sí puede a ser un facilitador de inversiones y un articulador de los intercambios en una región del país. Una ruta en buen estado puede mejorar la economía de las pequeñas localidades pampeanas. Y permitir el intercambio entre San Rafael, Alvear y el Alto Valle.

Entre la mirada centralista de las anteriores conducciones de Vialidad, y el propio pragmatismo de provincias a las que nunca les interesó incluirlas con un pensamiento estratégico, el camino va muriendo de muerte natural.

La actual dirección de Vialidad promete planes para reconstruir y una mirada diferente para solucionar años de abandono. Por ahora, sólo se ven unos carteles que anuncian “Ruta deteriorada”. Y a veces, las palabras no alcanzan a hacer justicia a la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

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