Amado H.:

Permanecí a la espera; demasiado tiempo esperé. Sé que en mi última carta expresé aquella consentida distancia. Sin embargo, no podés imaginarte cuán fervientemente deseé escribirte para que despertaras de tu ocioso sueño, que se prolonga maquinalmente por tu abúlico desinterés, tu aire distraído; siempre vos y tu desmemoriado sueño, que traza el camino hacia el olvido y la lejanía.
No obstante mi espera, mi aguardar fiel y magnánimo.

Sabés acerca de mi soledad y mis sentimientos, y profundamente conocés mi terrible sensibilidad, mi anhelo; sabés bien que no tienen fin, que son incapaces de devenir en harapos, que al polvo no vuelven. Acaso es de crueldad divina, de lo eternamente reiterado de lo que están hechos y esa debe ser la materia de mi alma; de allí habrá surgido mi carne, mis manos horribles y descuidadas, deseosas de las tuyas.
Tanto tiempo te esperaría, sumida en esta angustia. Nunca podrías mensurar cuánto tiempo te esperaría, H.

Sobre mi perseverancia ya ha caído el otoño; mientras escribo vislumbro, a través de la ventana frente a mí, cómo el sol hiende todo un valle y posa su presencia sobre las hojas secas, todas ellas de colores ocre y vacilantes; y en el vasto horizonte un atardecer, trémulo el cielo por la próxima ausencia del sol, que se despide con gestos que denotan gallardía y gentileza. No quedo exenta de su luz, y sólo esa luz es la que ilumina mis palabras.

Quedarás, acaso, atravesado por ella también, y verás que compartiremos juntos esta rojísima hendidura, escrita en esta carta para que la veas a la luz otoñal, provocada por la orfandad de este cielo y la mía.
Esta será mi última carta. No sabrás nada más de mí; he de inducirme un sueño de entera desmemoria, y olvidaré para siempre lo que significó la vida.
Tuya eternamente,
S.

 

Recostó su cabeza como cada noche en una aplastada almohada de plumas, y recubrió su cuerpo, pesado como el hierro más puro, con sábanas de seda, rasgadas y sucias. Había cerrado ya puerta y ventanas y no asomaba ni un ápice de luminiscencia en el cubículo. No obstante, había una cristalina penumbra, como una piedra negruzca y rojiza hasta su núcleo, acendrada e impecable; una honda sustancia de penetrante aroma a azufre y abandono, a sangre seca y petrificada en un fósil vuelto ya al polvo; un sangriento corazón en su vaciamiento de tristezas, con una profunda hendidura en su centro.

Ella, con su cabeza en dirección al techo, ya dormía. Había vidrios rotos desperdigados por el piso, y junto a estos sus largas y finas medias, mojadas gracias a un redondo charco traslúcido.

Permaneció aquel papel escrito en el escritorio siendo escudriñado por la anchurosa oscuridad, como si fuera esta el olvido mismo que levemente se experimenta a poquísimos instantes de la muerte.

Por: Verónica C. Bruno

 

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