Durante la madrugada de un dos de abril, una fuerza de desembarco argentina ocupó las Islas Malvinas y los archipiélagos aledaños de Georgias y Shetland. No eran la Armada Brancaleone pero se le parecían bastante. Unas Fuerzas Armadas conformadas por la doctrina de seguridad moldeada desde Estados Unidos, y un gobierno absolutamente alineado con los designios de Washington, repentinamente se lanzaban a una aventura político militar de imprevisibles consecuencias contra el tercer ejército del mundo y con el poder de fuego de la OTAN. Fue en abril de 1982. Pasaron 39 años.

 

Una guerra es una guerra, valga la perogrullada. En una guerra no hay margen para el error, porque se mata o se muere. Varias veces pude conversar con los veteranos sobre lo que representó ese conflicto para sus vidas personales. Ninguno volvió igual. Algunos no pudieron soportar el estrés post traumático. La mayoría resiste, pero las heridas del alma son profundas. “En la base de (Río) Gallegos hacíamos prácticas con la antiaérea. Pasaba el avión de Aerolíneas, seguíamos la trayectoria, imaginábamos que tirábamos. Era un juego. En Puerto Argentino fue distinto”, contó uno de los sobrevivientes.

Claro: en Puerto Argentino los aviones se defendían. Desde la línea de la costa la flota inglesa, amparada en el mayor alcance de sus cañones, demolía las fortificaciones argentinas. Los aviones tomaban como blanco el aeropuerto porque era estratégico evitar que siguieran llegando municiones. “El avión no alcanzó a aterrizar. Nos tiramos a la pista con el avión sin tocar el piso… así llegamos a Malvinas”, narró.

Otro veterano fue embarcado el día anterior con destino incierto. “No sabíamos hacia donde íbamos. Nos subieron en Puerto Belgrano y empezó la navegación. Después nos dijeron que estábamos por llegar a Georgias, que esta vez no era un juego, que la Patria nos daba la oportunidad de recuperar las islas”, comentó.


“Mi compañía se dividió en dos helicópteros. Nos habían dicho que no iba a haber gran resistencia pero cuando sobrevolamos la base nos recibió una descarga de ametralladora. Nunca olvidé el ruido de esos golpes contra el caso. Jorge Aguila, que era de Neuquén, de Paso Aguerre, murió en mis brazos”, cuenta Hugo Escobar, subsecretario provincial de Veteranos de Malvinas.

¿Experiencias traumáticas? La de un pibe de 18 años a quien lo dejan a cargo de un Fusil Ametrallador Pesado para defender la retirada de sus compañeros. “Estos hijos de puta nos van a dejar abandonados acá”, pensó aquel muchacho y todavía la mirada se le nubla al recordar la situación mientras hace el gesto de sostener el arma. El ejército inglés avanzando, la guarnición argentina tratando de volver a Puerto Argentino. La orden de retirarse vino poco después, pero esos minutos impregnaron esa vida.


Armada Brancaleone I

En la película italiana, un grupo de bandidos intenta cambiar su fortuna apropiándose de una tierra que acababa de perder a su señor y propietario. Y con esa voluntad emprenden el viaje, con ambiciones más allá de toda lógica y de toda posibilidad, con más sueños que realidades, a conquistar riqueza, honores, fama.

La Junta Militar que integraban Leopoldo Galtieri (Ejército), Leandro Anaya (Armada), Omar Graffigna (Fuerza Aérea), tenía mucho de Brancaleone. La operación se concibió como “parte de pago” a Anaya por su participación en el golpe palaciego que destituye al presidente Roberto Viola (también personaje de la dictadura), y encumbra a Galtieri. Cuentas que había borradores de planes de invasión, pero quedaba poco tiempo para preparar los detalles operativs, desde la altura de las mareas y los movimientos de tropas al conocimiento de las líneas defensivas enemigas.

Las Fuerzas Armadas argentinas nunca habían tenido como hipótesis de guerra viable ir contra la fuerza británica en el Atlántico Sur. Dos eran las más cercanas: con Brasil por los conflictos de la Cuenca del Plata y el manejo de los ríos Paraná y Uruguay; con Chile, por los todavía irresueltos problemas de límites. La disposición de las principales unidades de combate terrestre, ubicadas en los grandes centros urbanos y lejos de las fronteras, hablaba de una disposición de controlar el territorio interior más que de una cuestión defensiva externa.

Otro escenario de guerra imaginado era Paraguay. A tal punto que la provincia de Formosa sufrió durante casi un siglo la ausencia de inversiones en infraestructura básica (caminos, hospitales, puertos), porque se pensaba que era un territorio “invadible”.

Brancaleone II

Desde lo estratégico militar era una aventura pensar que un ejército modelado para actuar hacia adentro iba a poder enfrentar al tercer ejército más poderoso del mundo. Pero una guerra nunca empieza en el momento en que se cruza la frontera. Ni siquiera cuando se inicia la movilización de las tropas. Si lo bélico es la continuidad de la política por otros medios, los preparativos deben comenzar mucho antes. Desde lo económico, por ejemplo.

Una guerra necesita de industrias. El famoso complejo militar industrial no es un invento del cine. En la Argentina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX así lo habían entendido los que priorizaron la industria del carbón, el acero y el petróleo. La dictadura cívico militar iniciada en 1976 tenía otro paradigma económico: acero o caramelos; Argentina debía concentrarse en producir en lo que era eficiente. Caramelos. Una industria desguarnecida y en quiebra, un complejo científico en el exilio, no auguraba un buen final para aquella desventurada ambición de recuperar Malvinas.

Brancaleone III

Una guerra exige un complejo entramado de relaciones diplomáticas, que garantice algún respaldo internacional para equilibrar presiones. Para los líderes golpistas de 1981 – 82 (militares o civiles, economistas o diplomáticos), el mundo era muy fácil de comprender. Estaban los absolutamente buenos, como Estados Unidos y la OTAN (especialmente desde que Ronald Reagan había reemplazado a James Carter); y el mal personificado sobre la tierra, el comunismo de la Unión Soviética, China y Cuba. El proto Eje del Mal.

Esa cosmovisión maniquea de las relaciones internacionales se complicó mucho más con ese complejo que nos da a los argentinos de creernos más importantes de lo que somos. Porque, vaya a saber por qué, esa cúpula cívico militar estaba orgullosa y convencida del rol que jugaban en la lucha contra el comunismo internacional y en el reconocimiento de Washington a tan importante rol.

Así que equipararon el rol que tuvieron como colaboradores e instructores de los mercenarios de la Contra nicaragüense en esos años oscuros, con la cerrada alianza bélica y diplomática que mantenían Estados Unidos con el Reino Unido. La historia del Canal de Suez, cuando los norteamericanos no movieron un dedo para defender los intereses británicos, fue leída erróneamente. El gobierno de Reagan no solo no se mantuvo neutral sino que jugó un rol activo a favor de Londres. Al fin de cuentas, no era tan difícil elegir entre una dictadura tercermundista que agonizaba y su principal aliado en la OTAN. Solo que algunos no lo entendieron.

Pidiendo auxilio al enemigo

Abril del ’82 fue un mes de febriles negociaciones. Inglaterra, conducida por Margaret Thatcher, preparaba el camino para “lavar la afrenta” al honor del Imperio: desde lo militar, equipando la Task Force que iba a operar en el Atlántico Sur; desde lo diplomático, para aislar a la Argentina. Y no le iba a costar demasiado.

El 3 de abril, apenas un día después de concretada la recuperación y después de varios días de nerviosas reuniones promovidas por el embajador inglés, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la famosa Resolución 502, que exigía la retirada inmediata de todas las tropas argentinas estacionadas en las islas y el inicio de negociaciones diplomáticas para buscar soluciones. Diez votos a favor (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, República Democrática del Congo, Guyana, Irlanda, Jordania, Japón, Togo y Uganda). Panamá, en ese momento al mando del general Omar Torrijos, fue el único que votó en contra. Y se abstuvieron Unión Soviética, Polonia, China y España. El jefe de la diplomacia argentina en ese momento, Nicanor Costa Méndez, mencionó su sorpresa por esa votación. Otro ejemplo de la incomprensión de cómo se movía el mundo.

La Unión Soviética y China, por su arsenal nuclear y su peso político mundial, eran miembros permanentes del Consejo de Seguridad y tenían poder de veto. Si hubieran querido, esa resolución que colocó a Argentina en el rol de agresor no salía. Pero… ¿por qué iban a querer? Nuestro país no era ni remotamente un país aliado a sus intereses, tenía su juego geopolítico en el mundo occidental. Era un problema ajeno.

La logística de la guerra I

El comienzo de las acciones bélicas dejó a la Argentina en la más completa orfandad logística y de inteligencia. Estados Unidos puso a disposición de Inglaterra todo su mecanismo de inteligencia, de satélites al juego de espías. Chile, movido por los rencores de Augusto Pinochet, aportó inteligencia y juegos militares de distracción. La OTAN puso a disposición entrenamiento en tácticas de disuasión de aviones Miragge y Dagger (los que usaba nuestra fuerza aérea), y de los misiles Exocet. Todos, sumaron bloqueos a la compra de armamentos.

Buenos Aires debió recurrir a complicados mecanismos de triangulación para conseguir repuestos, municiones y armas, vía Libia y otros países que habían sido demonizados por la política exterior argentina.

La logística de la guerra II

La guerra aeronaval siguió las pautas de una guerra convencional aunque nunca declarada. Las islas fueron aisladas del continente a partir de la superioridad aérea y naval de la Task Force. En ese panorama, las fuerzas argentinas hicieron demostración de coraje y pericia técnica para mantener operativo una línea de abastecimiento y atacar a la flota inglesa.

Sobreponiéndose a una pésima preparación militar (que incluyó el envío de tanques pesados que se empantanaron en el suelo blando de las islas), a una táctica que se pasó esperando un desembarco en Puerto Argentino que nunca ocurrió, a la displicencia con la que se manejaron desde lo político, diplomático y económico, las fuerzas argentinas enfrentaron a ese enemigo con toda la valentía del mundo.

Recordemos algo central: Argentina disponía de un Ejército improvisado sobre la base del servicio militar obligatorio, el Reino Unido disponía de unas fuerzas armadas profesionalizadas y experimentadas. Y a pesar de esos oficiales que pensaban que estaban al mando de un campo de concentración, con los episodios de torturas y persecución a sus propios subordinados, esas tropas demostraron un espíritu de combate por encima de la media. Por encima de esos mismos oficiales formados como bandas de parapoliciales antes que soldados.

Para poner en su correcta dimensión a ese conflicto, vale recordar declaraciones del almirante John Woodward, jefe de la Task Force, al diario The Guardian: “Ganamos la guerra con un importante grado de suerte. Cuando los argentinos se rindieron, las pérdidas británicas iban en aumento y estábamos a punto de quedarnos sin alimentos y municiones. Si ellos hubieran resistido una semana más la historia hubiera podido terminar de manera muy diferente”. Y mencionaba el “colapso logístico” que estaba a punto de ocurrir si se prolongaba la guerra.

Los soldados invisibles

Argentina dispuso de alrededor de 23.000 efectivos para la guerra de Malvinas. Durante el conflicto, hubo 649 víctimas. Durante los años que siguieron, los veteranos pasaron por distintas etapas, desde el ocultamiento vergonzante y el olvido al tibio reconocimiento de hoy. Siguen sin existir estadísticas oficiales, pero las organizaciones de ex combatientes estiman que hubo más de 500 suicidios entre los que regresaron al continente. A ese número, se le agregan unos 2.300 fallecidos por causas explicables a aquella situación.

En junio y julio de 1982, los soldados argentinos comenzaron a llegar a los puertos de Comodoro Rivadavia y Río Gallegos en barcos hospitales ingleses. Allí eran recluidos durante algunos días en barracas improvisadas y regresados en turnos a sus lugares de origen. La excusa de una revisión médica y el preparativo para la vuelta a la vida civil se contrastaba con la realidad del “arreglate como puedas”. En realidad, lo que buscaban los jefes militares de entonces era evitar la fotografía de un gran contingente regresando derrotado. Esa misma política continuó durante años. Se quiso invisibilizar la guerra y a su amarga expresión, aquellos jóvenes que sufrían del estrés post traumático del conflicto. Es relativamente fácil tratar de olvidar el dolor cuando nunca se lo sufrió. O cómodo, si es que se es responsable del mismo. Pero quedan las víctimas. Quedan los que regresaron. Sus Familias. A ellos les debemos un agradecimiento. Y sobre todo, justicia.

Por eso, el dos de abril es el día de los Veteranos y los Caídos en la Guerra de Malvinas. Recordarlos, homenajearlos, reconocerlos, no implica enaltecer una guerra ni crear una conciencia bélica. Implica una reparación con nuestra propia memoria histórica. Sanar una de las tantas heridas sociales que hemos padecido como sociedad. Y así, con todos esos retazos, seguir construyendo una identidad.

Por: Herman Avoscan

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