«Frankenstein o El Moderno Prometeo» (originalmente, Frankenstein or The Modern Prometheus), la gran obra literaria de la escritora inglesa Mary Godwin Shelley, fue escrita en seis meses a partir de un desafío, y publicada el 1° de enero de 1818. Enmarcada en la tradición de la novela gótica, el texto va mucho más allá del género de la ciencia ficción y el terror, y se refiere a la moral científica, la creación y destrucción de vida y el atrevimiento de la humanidad en su relación con Dios. Es casi un ensayo filosófico sobre los temas más trascendentales de la existencia.

Por: Norberto Landeyro

El mito

En el subtítulo de la obra hay una referencia directa al mito griego: uno de los dos protagonistas de la novela, el doctor Víctor Frankenstein, intenta rivalizar en poder con Dios, como una especie de Prometeo moderno que arrebata el fuego sagrado de la vida a la divinidad, creando una criatura que posteriormente resultará incontrolable.

En la mitología helénica, Prometeo (en griego antiguo Προμηθεύς, «previsión», «prospección») es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses, guardarlo en el tallo de una cañaheja (arbusto), darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus (el supremo divino) por este motivo.
Ya veremos más adelante cómo el cine trastocó lo escrito por la autora.

Una mujer independiente

Mary Godwin Shelley fue una novelista, ensayista, dramaturga y biógrafa inglesa, que logró el reconocimiento mundial por esta obra, una de las más famosas de la literatura occidental. Pero no fue solamente la creadora de aquella historia sino que también instaló un gran antecedente en el rol de la mujer escritora, independiente y feminista.
Nació en 1797 en Londres en plena Revolución Industrial, y sus padres fueron quienes inspiraron e incentivaron su vida profundamente intelectual. William Godwin era un filósofo y político que ganó algún renombre por ser uno de los precursores del pensamiento anarquista; Mary Wollstonecraft era escritora, pensadora y autora de «Vindicación de los derechos de la mujer» (1792), uno de los primeros textos de la filosofía feminista de la época (ver la nota del 24 de febrero de 2021 en esta misma sección).

Mary Godwin Shelley (izq.) y su madre

“No es extraño que siendo la hija de dos personas que han alcanzado la celebridad literaria, haya tenido desde muy pequeña deseos de escribir”, dijo la propia Mary Shelley en la introducción de la tercera edición de «Frankenstein» de 1831 –la primera que se publicó con su nombre, ya que las dos anteriores se habían editado de forma anónima–.

Tema recurrente

Mary nunca llegó a conocer a su madre ya que ésta falleció a los tres días del parto. A partir de ese momento, la muerte fue un tema recurrente durante el resto de su vida. Se cuenta que desde que aprendió a leer, lo hacía con frecuencia sentada sobre el pasto al costado de la tumba de su progenitora. De adulta, sus propios embarazos también fueron trágicos: solo logró sobrevivir un hijo de los cinco que concibió con el también célebre poeta Percy Shelley, de quien tomó el apellido. También tomó la palabra, su propia palabra: inspirada en todas aquellas historias y ficciones de su infancia, comenzó a escribir las suyas.

En 1815 casi no había actividades en la vía pública del centro de Europa. Ocupar el tiempo era una preocupación. La idea de Mary surgió en un estío que nunca llegó: debido a la mayor erupción volcánica en más de 1600 años, en Indonesia a finales de ese año, el hemisferio norte se hundió en un verano extrañamente fresco y sin sol en 1816.

Mary y Percy Shelley

La tradición sostiene que en la casa del poeta Lord Byron (íntimo del matrimonio Shelley-Godwin), en Ginebra, Suiza, el escritor inglés le propuso a unos amigos que habían llegado de visita, un desafío literario: escribir la historia de fantasmas más escalofriante.

En aquel grupo estaba precisamente Mary Shelley, con apenas 18 años; también su marido Percy, y el médico John William Polidori, a quien se le adjudica haber escrito el primer relato de vampiros. Durante varios días, los visitantes cumplieron la consigna como un simple juego. Luego, cada uno leyó su historia, una más terrorífica que la otra. Lo que no advirtieron es que entre esos relatos, estaba la que se convertiría en una de las obras más celebradas de la literatura: «Frankenstein». Mary Godwin Shelley había sido la ganadora del desafío.

El «monstruo» como lo imaginó el cine

“Me dediqué a pensar en una historia que rivalizara con las que nos habían entusiasmado con esta tarea. Una que hablara sobre los miedos misteriosos de nuestra naturaleza y despertara un horror emocionante, una que hiciera que el lector temiera mirar a su alrededor, que helara la sangre y acelerara los latidos del corazón. Si no lograba esto, mi historia de fantasmas sería indigna de su nombre”, expresó Mary en una de sus cartas. Muchos analistas literarios concuerdan en que «Frankenstein» es una gran metáfora que aborda el nacimiento como algo creativo y destructivo a la vez, una tensión entre luz y oscuridad en la que Mary Shelley exploró los rincones más tensos de su propia vida.

“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos”. Poco después, aquellos esfuerzos culminaban en un desenlace portentoso y aterrador, cuando Víctor Frankenstein observaba “cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo”.
Mary Godwin Shelley y su «sombra»
A partir de entonces, la autora consiguió fama y prestigio extraordinarios en una época en que las mujeres y escritoras de ese tipo de historias en Londres eran poco frecuentes. La vida y la muerte, el dolor y la culpa, la fe y la ciencia son los ejes que recorren su obra, en la que el doctor Víctor Frankenstein llevó adelante el increíble experimento de crear vida. Pero luego no todo es lo que parece y la trama se vuelve una cacería entre creado y creador. Hoy, a más de 200 años de su publicación, continúa formando parte de los clásicos para leer entre las distintas generaciones de lectores.
Mary Godwin Shelley no solo escribió aquella historia que la catapultó al escenario mundial de las letras, sino otras que -aunque menores- no pasaron desapercibidas, como «Mathilda», «Valperga», «El último hombre», «Lodore» y «Falkner», textos en los que incorporó muchos elementos autobiográficos, como la relación con su padre. También abordó temáticas feministas –herencia intelectual de su madre– con las que expuso el rol de la mujer en la sociedad inglesa.
Escribía cuentos, poesías, ensayos y otros textos que también le llegaban por encargo. Definió con profesionalismo y dedicación la figura de la escritora profesional, convirtiéndose en una redactora todo terreno que escribió para vivir y vivió para escribir. Muchos años después, la escritora neozelandesa Katherine Mansfield dijo: “Primero soy escritora y después mujer”. Mary Shelley, más de un siglo antes, lo había anticipado.

«Durante casi dos años había trabajado infatigablemente con el único propósito de infundir vida a un cuerpo inerte. Para ello me había privado de descanso y de salud».

El monstruo
La criatura no tiene nombre para la autora, quien lo llama “eso”, “monstruo”, “cosa” y hasta “insecto”. Las innumerables versiones cinematográficas de la novela a lo largo de los años, le adjudicaron el apellido del médico que trató de competir con Dios, probablemente con la finalidad de crear más terror del que existía en el texto, que ya era suficiente. También lo llenaron de cicatrices por la unión de varias partes de cadáveres, algo que no figura en la obra de Mary Shelley. Todo valió en el séptimo arte…

El monstruo, que nace de la materia inerte, va transformándose en ser humano a medida que adquiere el lenguaje y, aunque nace inocente, su soledad y el horror y el desprecio que produce su contemplación a las demás personas lo van convirtiendo en un ser brutal. Persigue al doctor Víctor Frankenstein, destruye a su familia y es posteriormente perseguido por su creador que, con culpa y responsabilidad por su obra, trata de evitar otros males que la criatura pueda causar.
«Frankenstein» está compuesta por tres narraciones concéntricas. En la primera, Robert Walton cuenta a su hermana, en sus cartas, su viaje al Polo Norte. Walton es un marinero que rescata a Frankenstein en lo profundo del Ártico, donde el científico está persiguiendo al monstruo. En una de esas cartas se inserta la narración de Víctor Frankenstein a Walton, que incluye a su vez la narración del monstruo a Víctor Frankenstein. Parece un juego de palabras repetidas, pero su estructura, de cajas chinas, responde al género epistolar tan de moda en el siglo XVIII.
El cine
Es «Dr. Frankenstein» (1931) de James Whale la primera versión cinematográfica de la novela de Mary Shelley. Whale se inspiró para su estética en «El gabinete del Dr. Caligari», obra mítica del expresionismo alemán rodada en 1919 por Robert Wiene y eligió al famoso actor inglés Boris Karloff para interpretar a la criatura. Este film y «Drácula» (1931), del director Tod Browning, constituyen la base del cine de terror norteamericano.
Afiche del primer film
Desde esa primera película, muchas son las versiones, recreaciones, imitaciones y adaptaciones que se han realizado de la obra literaria o de otras versiones cinematográficas. Hay ejemplos en el cine norteamericano, británico, italiano, español…
Algunas se sitúan en el cine fantástico o de terror, otras son sátira de este tipo de cine, con una intención humorística. Muchas dan el nombre del creador (Víctor Frankenstein, en la novela) a la criatura. Otras, no.
«La novia de Frankenstein», de 1935
Algunas, con mayor o menor fidelidad, aluden a las circunstancias que llevaron a Mary Shelley a escribir su novela. Así, en la primera secuencia de «La novia de Frankenstein», Mary le cuenta a su marido y a Lord Byron lo que no explicó en su novela (que Víctor Frankenstein destruye a la compañera que había comenzado a crear para la criatura).
Basil Rathbone en el rol de Víctor Frankenstein
En realidad, el cine casi nunca respetó la novela original. Reversionó el argumento para convertirlo en un género en sí mismo: se puede hablar de terror y también se puede hablar de Frankenstein por separado en la pantalla grande. El monstruo sin nombre, pero denominado forzadamente con el de su creador, tiene espacio propio a lo largo de la historia del Séptimo Arte sonoro: desde 1931 se han producido en el mundo casi 100 films sobre un personaje que la cultura popular convirtió en inmortal. Algo que sus creadores, el doctor Víctor Frankenstein de la mano de Mary Shelley, no pudieron lograr.
Mary Godwin Shelley murió a los 53 años en Londres.
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