El consumo: ¿Me hace feliz?

En los últimos 100 años, los patrones de consumo alimentario de la población han cambiado drásticamente. Por Elena Boggio., Licenciada en Nutrición MPRN 6566

En la época de nuestros abuelos no existía la televisión, cadenas de supermercados, shoppings, comida rápida, delivery, industria de productos light, diet, descremados, fortificados, etc, etc. Tampoco se vivía como ahora y era poco frecuente escuchar sobre las enfermedades actuales, llamadas de la era moderna o enfermedades crónicas no trasmisibles (ECNT) como el cáncer, diabetes 2, síndrome metabólico, obesidad, autoinmunes.

El asunto es que estas enfermedades si son trasmisibles en cierto modo, su forma de trasmisión no es por contacto de fluídos corporales sino a través de los hábitos, los cuales comienzan a fijarse en la infancia con el solo hecho de compartir y vivir dentro del núcleo familiar.

Es curioso verlo así y no preguntarse de donde viene todo esto, no? O sea, por qué ahora hay tanta obesidad, por qué hay tanta comida industrializada, tanta comida rápida, tanta enfermedad metabólica evitable.

Creo que un factor de mucho peso es el impacto de los medios masivos de comunicación en nuestras vidas, específicamente los medios publicitarios.

A donde quiera que uno vaya ve cartelería y disponibilidad de bebidas gaseosas mundialmente conocidas. En el lugar menos pensado. En toda pantalla o imagen disponible al público siempre habrá un momento o varios al día con publicidades de alimentos o comidas, en cines, graficas en las calles, publicidades televisivas, en las revistas, en medios de transporte. El bombardeo con publicidad de infinidad de productos para el consumo es constante, desde los alimentos dietéticos hasta los más dañinos. Todos están allí, ofreciendo mejor status, salud, pareja, silueta y hasta diversión si uno los llega a consumir.

Que sucedería si viéramos menos publicidad en televisión y revistas? O nos cuestionáramos si la información publicitada es real?

El primer cambio a notar es que nuestros niños dejarán de pedirnos cosas que no necesitan. El segundo es que utilizaremos menos dinero en comprar cosas que no necesitamos. El tercero es que seguramente nuestra visión de las cosas será más objetiva. Y seguramente otro cambio será estar más sanos, tanto física como mentalmente. Podremos hablar más en familia a la hora de sentarnos a la mesa, podremos elegir a conciencia que productos vamos a comprar para alimentarnos y si surgen dudas podremos consultar a un especialista para informarnos en lugar de creer lo que un discurso publicitario nos vende.

Las publicidades están ideadas para generar una necesidad donde no la hay, actúan en nuestro inconsciente y muchas veces logran convencernos que el producto publicitado lo necesitamos para sentirnos o estar mejor, ni más ni menos. Con esto no quiero decir que todas las publicidades sean nocivas. La clave es poder distinguir una necesidad real cuando existe y diferenciarla del deseo por consumir lo que me ofrece la publicidad prácticamente a nivel impulsivo.

Estamos inmersos en un sistema económico basado en el consumo y la oferta abunda más que la necesidad de consumir. En las ciudades esta tendencia es más visible aún. La aparente solución que ofrece la comida rápida no es tal. No hay ventaja en el costo y en la calidad nutricional de lo que estamos llevando por el hecho de estar cansados y desorganizados. Cocinar en casa una opción más económica y saludable, marca la memoria en nuestra familia de los hábitos y tradiciones a perpetuar. Hábitos alimentarios que pueden determinar si seremos individuos sanos o no.

Cada vez que nuestros niños nos pidan algún alimento que vieron en la publicidad o cada vez que nosotros mismos estemos tentados de consumir algo porque sentimos que nos dará, inconscientemente, esa felicidad efímera preguntémonos: Es real la necesidad? Es real el beneficio, el bienestar?

Hasta la próxima


Elena Boggio
Licenciada en Nutrición MPRN 6566
Contacto: [email protected]

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