Escritora mexicana, monja de la Orden de las Jerónimas, fue la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII. La influencia del barroco español, visible en su producción lírica y dramática, no llegó a oscurecer la profunda originalidad de su obra. Su espíritu inquieto y su afán de saber la llevaron a enfrentarse con los convencionalismos de su tiempo, que no veía con buenos ojos que una mujer -y mucho menos una religiosa- manifestara curiosidad intelectual e independencia de pensamiento.

Por: Norberto Landeyro

Tierra azteca

Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana nació en San Miguel Nepantla, Virreinato de la Nueva España (hoy México), el 12 de noviembre de 1648 y vivió tan solo 46 años y unos pocos meses más.

Fue una niña prodigio, al punto tal que aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho escribió su primera loa (una expresión de alabanza). En 1659 se trasladó con su familia a la ciudad capital. Admirada por su talento y precocidad, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Los marqueses de Mancera la apadrinaron y brilló en la corte virreinal por su erudición, inteligencia y habilidad versificadora. Posteriormente quiso entrar a la Universidad pero como las mujeres no tenían derecho a estudiar se disfrazó de hombre para poder hacerlo.

“No estudio por saber más, sino por ignorar menos”

Pese a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de la Orden de las Carmelitas Descalzas y permaneció cuatro meses, al cabo de los cuales lo abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en otro, esta vez de la Orden de San Jerónimo, ya definitivamente.

En realidad su vocación religiosa era escasa (no su espiritualidad) y pareciera que Sor Juana prefirió el convento al matrimonio para seguir gozando de sus aficiones intelectuales: «Vivir sola… -escribió- no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros».

Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del poeta español Luis de Góngora y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, Condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad.

Literatura y controversia

En su habitación también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la poesía y el teatro (en los que se aprecia la influencia de Góngora y Calderón de la Barca), hasta breves sentencias filosóficas y estudios musicales.

“Yo no puedo tenerte ni dejarte, ni sé por qué, al dejarte o al tenerte, se encuentra un no sé qué para quererte y muchos sí sé qué para olvidarte”

Gran parte de esta obra se perdió, pero entre los escritos en prosa que se han conservado cabe señalar la «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz». El obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz, había publicado en 1690 una obra de Sor Juana Inés, la «Carta athenagórica», en la que la religiosa hacía una dura crítica al «sermón del Mandato» del jesuita portugués António Vieira sobre las «finezas de Cristo».

Pero el obispo había añadido a la obra una «Carta de Sor Filotea de la Cruz», es decir, un texto escrito por él mismo bajo ese pseudónimo en el que, aun reconociendo el talento la religiosa, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde con su condición de monja y mujer, antes que a la reflexión teológica, ejercicio reservado a los hombres.

No la convenció el argumento, y en la «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz» (es decir, al obispo de Puebla) Sor Juana Inés de la Cruz dio cuenta de su vida y reivindicó el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues el conocimiento «no sólo les es lícito, sino muy provechoso», aseguró. La «Respuesta…» es además una bella muestra de su prosa y contiene abundantes datos biográficos, a través de los cuales podemos conocer muchos rasgos psicológicos de la ilustre religiosa.

Pero, pese a la contundencia de su respuesta, la crítica del obispo de Puebla la afectó profundamente; poco después vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa, con lo que dio una muestra más de su postura al frente de los derechos femeninos.

Su obra

Su obra parece inscribirse dentro del barroco, pero su ingenio y originalidad la han colocado por encima de cualquier escuela o corriente particular. Desde la infancia demostró gran sensibilidad artística y una inacabable sed de conocimientos que, con el tiempo, la llevaron a emprender una aventura intelectual y artística a través de disciplinas tales como la teología, la filosofía, la astronomía, la pintura, las humanidades y, por supuesto, la literatura, que la convertirían en una de las personalidades más complejas y singulares de las letras hispanoamericanas.

«Al trato de amor, hallo diamante y soy diamante al que de amor me trata»

En la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz es posible encontrar numerosas y elocuentes composiciones profanas (redondillas, endechas, liras y sonetos), entre las que destacan las de tema amoroso, como los sonetos que comienzan con «Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba» y «Detente, sombra de mi bien esquivo». En «Rosa divina que en gentil cultura» desarrolla el mismo motivo de dos célebres sonetos de Góngora y de Calderón, no siendo inferior a ninguno de los dos. También está presente en ella aquella temática ascética y mística que desde el renacimiento español había brillado en obras de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz; en este grupo, la fervorosa espiritualidad de Juana se combina con la hondura de su pensamiento, tal como sucede en el caso de «A la asunción», delicada pieza lírica en honor a la Virgen María.

«Y aunque es la virtud tan fuerte, temo que tal vez la venzan. Que es muy grande la costumbre y está la virtud muy tierna»

Sor Juana empleó las redondillas (estrofa compuesta de cuatro versos, normalmente octosílabos de arte menor, diferenciadas del cuarteto) para disquisiciones de carácter psicológico o didáctico en las que analiza la naturaleza del amor y sus efectos sobre la belleza femenina, o bien defiende a las mujeres de las acusaciones de los hombres, como en las célebres «Hombres necios que acusáis». Los romances se aplican, con flexibilidad discursiva y finura de notaciones, a temas sentimentales, morales o religiosos (son hermosos por su emoción mística los que cantan el Amor divino y a Jesucristo en el Sacramento). Entre las liras es célebre la que expresa el dolor de una mujer por la muerte de su marido («A este peñasco duro»), de gran elevación religiosa.

Una especial atención merece «Primero sueño», poema en silvas (endecasilabos y heptasílabos) de casi mil versos escritos a la manera de las «Soledades» de Góngora, en el que Sor Juana describe, en forma simbólica, el impulso del conocimiento humano, que rebasa las barreras físicas y temporales para convertirse en un ejercicio de puro y libre goce intelectual. El poema es importante además por figurar entre el reducido grupo de composiciones que escribió por propia iniciativa, sin encargo ni incitación ajena. El trabajo poético de la monja se completa con varios hermosos villancicos que en su época gozaron de mucha popularidad.

El teatro y la prosa

En la dramaturgia escribió una comedia de capa y espada, «Los empeños de una casa», que incluyía una loa y dos sainetes, entre otras intercalaciones, con predominio absoluto del octosílabo; y el juguete mitológico-galante «Amor es más laberinto». Compuso tres autos sacramentales: «San Hermenegildo», «El cetro de San José» y «El divino Narciso»; en este último, el mejor de los tres, se incluyen villancicos de calidad lírica excepcional. La influencia de Calderón resulta evidente en muchos de estos trabajos, pero la claridad y belleza del desarrollo posee un acento muy personal.

«Yo no estimo tesoros ni riquezas, y así, siempre me causa más contento poner riquezas en mi entendimiento que no mi entendimiento en las riquezas»

La prosa de Sor Juana es menos abundante, pero de pareja brillantez. Está formada por textos devotos como la célebre «Carta athenagórica» (1690), y sobre todo por la «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz» (1691). En este texto hay mucha información relacionada con su capacidad intelectual y con lo que el filósofo Ramón Xirau llamó su «excepcionalísima apetencia de saber».

Estatua de Sor Juana en España

De menor relevancia resultan otros escritos suyos acerca del Santo Rosario y la Purísima, la Protesta que, rubricada con su sangre, hizo de su fe y amor a Dios y algunos documentos. Pero también en la prosa encuentra ocasión la escritora para adentrarse por las sendas más oscuras e intrincadas, siempre con su brillantez característica, como vemos en su «Neptuno Alegórico», redactado con motivo de la llegada del virrey Conde de Paredes.

“Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo”

A raíz de la reacción neoclásica del siglo XVIII, la lírica de Sor Juana Inés cayó en el olvido, pero, ya mucho antes de la posterior revalorización de la literatura barroca, su obra fue estudiada y ocupó el centro de una atención siempre creciente; entre los estudios modernos, es obligado mencionar el que le dedicó el gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatira en 1990.

En cierta forma es desconcertante la figura de esta poetisa que, a pesar de ser hermosa y admirada, sofocó bajo el hábito su alma apasionada y su rica sensibilidad sin haber cumplido los veinte años. Pero la crítica moderna ha deshecho la romántica leyenda de la monja impulsada al claustro por un desengaño amoroso, asegurando además como indudable que su silencio final se debió a la presión de las autoridades eclesiásticas.

El cine

Assumpta Serna (izq.) y Dominique Sanda en «Yo, la peor de todas»

El cine también se ocupó de su vida: tres fueron los films realizados sobre la monja escritora, dos en México, «Sor Juana Inés de la Cruz» y «Constelaciones», y el tercero en la Argentina, dirigida en 1990 por María Luisa Bemberg, titulada «Yo, la peor de todas», interpretada por un gran elenco hispanoamericano entre los que se destacaban Assumpta Serna, Dominique Sanda, Héctor Alterio, Lautaro Murúa, Gerardo Romano y Franklin Caicedo. El guión se basó en un ensayo de Octavio Paz titulado «Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe».

En la pantalla puede apreciarse además un aspecto ambivalente de la religiosa, dada su estrecha relación con la virreina, la Marquesa de La Laguna, María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga. Algunos estudiosos de su obra han asegurado que varios de los poemas amorosos escritos por ella, estuvieron inspirados, precisamente, en la Primera Dama de la Nueva España.

El final

Su muerte no careció de heroismo, ya que se contagió de cólera ayudando a sus compañeras religiosas enfermas durante la epidemia que asoló el territorio en el año 1695.

La poesía del Barroco alcanzó con ella su momento culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos de análisis y reflexión que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII.

Vale la pena releer a Sor Juana Inés de la Cruz, a quien por su relevancia en las letras hispanoamericanas, se la reconoce no solamente por su nombre religioso: es también «La décima musa» y «El Fénix de México».

Fuentes citadas: Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Sor Juana Inés de la Cruz. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona
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