Cielo matizado de naranjos y violetas. Un mar sereno que parece saludarme con sus lenguas. Silencio lleno de música natural; es lo que mis ventanas alcanzan a contemplar.

Dolida y cansada me refugio aquí. Quiero entender, ver, sentirme. Asumo el Universo con sus propios luceros, como mi hogar. Entonces, asumo mi masa como mi morada. Morada siempre en construcción; solo mi fachada comparto. Elevada con ladrillos compuestos con agua de lágrimas, solidificadas con las hojas del calendario. Uno a uno, los adobes han ido guardando en su porosidad los vestigios de felicidad, como sus cimientos. Cada espacio de mi obra tiene su olor, su color, sus abismos, sus ruegos.

Mis ventanas en forma de hojas recostadas sobre pared hueca sostienen los blancos, urdiendo en ellos como espigones el matizado marrón. Con sus telones de flecos almidonados, noto si estoy despierta o dormida. Un mundo afuera y un mundo adentro de ellas.

Sin esfuerzo advierto cómo termitas entrando y saliendo de su madriguera, se atropellan y mezclan en mi umbral; mis nuevos miedos, mis nuevas incertidumbres, con mis miedos ya procesados, mis certezas ya trabajadas. Así, es muy difícil mantener el orden en mi hogar. Lo intento. Tengo las paredes adornadas con cuadros de mis héroes, de mis fantasmas; con lámparas que me recuerdan la oscuridad y también, con cuadros que muestran cada uno de mis vicios.

Mantengo el botiquín equipado para curar las heridas de lo mal encausado y de la rebelde experiencia. Le ofrezco pala y escoba a las neuronas que intentan limpiar mi basura acumulada recorriendo cada cuarto. Generalmente, el corazón se interpone entre ellas. Otras veces, es él el que acomete, encontrando resistencia también. Pobre razón! Queda atrapada, pero es ella la que sabiamente deja el desenlace de esta incesante tozudez al reloj.

Con una sola vía cuentan mis pensamientos y mis sentimientos. Noto en mi pecho como se disputan el primer lugar para encontrar la salida. Son las palabras las que vienen a mediar. Me hacen escribir cien veces en ese halo. Soy lo que pienso o soy lo que siento? Tengo que ser sincera en mi respuesta. A veces soy lo que siento. A veces soy lo que pienso. Lejos de la sapiencia estoy, pero las palabras (que son como agua fangosa en medio del páramo) deben saber que somos un todo, que somos el todo. Sin vértigo, la vía desaparece.

Todo hogar tiene su patriarca. Cuando el hastío golpea la mesa, tiembla todo; pero como animales en celo, dos son los contrincantes. El miedo (que se sabe necesario a veces) presenta batalla. Mis queridos sueños, al ver que se acerca el duelo, angustiados se esconden bajo la cama. En cambio mis prejuicios, principios, emociones, mi hipocresía, mis cadenas, la infaltable avaricia, se acomodan y mezclan en mis tribunas, vociferando entusiastamente.

El que vence, porque siempre vence uno, acumula riquezas, sentido de propiedad en las estanterías del tiempo, volviéndose el alquimista de sus espectadores. Pero, la paleta que revuelve tal mezcla es la entusiasta y nunca vencida, encantadora y chispeante esperanza. Es ella la que saca siempre mis sueños de abajo de la cama y los pone primeros en la fila. Si, es agotador enfrentar un Armagedón cada día, pero también es un ladrillo más que sumo.

Tanta discordia tiene que ser compensada para aliviar la tensión. Para ello tengo un cuarto rojo perfumado, con velas y con su propio lenguaje, el que me invita a rozar y hacer míos, esos, los codiciados puntos de placer. Todo un submundo!

Por fuera me diferencia mi manto. El que me encubre y cubre. Por dentro, este racimo de sentidos. Quizá todo sería más fácil si no existiera. Debajo de la piel, todos tenemos las mismas luchas, contando con los mismos mecanismos y lo más importante, cada célula tiene en sus profundidades el alimento resultante de nuestras elecciones.

Ya el sol casi duerme, mientras yo voy despertando. Sacudo la arena de mi ropa, sin llorar, porque si lloro sobre la arena, el dolor se evapora para volver en forma lluvia. Regreso convencida de revisar las trabas que me he impuesto, prometiéndome dejar siempre una flor que invite a suavizar las contiendas.

Qué morada. Qué íntima. Qué peligroso mundo guardo.
Lo que es adentro, es afuera. Lo que es arriba, es abajo
Al final, todo se trata de sobrevivir, no a los demás, sino a mí misma.

Por: Jenny A.M.

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