Los “mitos fundacionales” de un país (o dicho más correctamente, de un Estado Nación), buscan construir un imaginario compartido que permita mantener unida a una población determinada y justificar un orden social y económico. La Argentina se consolidó sobre la base de varios de esos mitos: el país federal, el crisol de razas, la unidad de las provincias, el país blanco y la vocación atlántica.

De los distintos mitos argentinos, el de la “vocación atlántica” como una imposición de la naturaleza se sigue manteniendo inalterado. Como ha funcionado durante tanto tiempo, como todavía lo podemos visualizar a través de un mapa de rutas carreteras y ferroviarias, o un simple plan de vuelos, parece que esa tiene que ser la normalidad.

Que este modo de vivir y producir en la Argentina se halla convertido en una suerte de embudo que decanta en Buenos Aires parece tener que ver con la geografía. Tal vez con la altura: desde la línea de la cordillera, a 6.900 metros, hacia el nivel del mar. Los ríos fluyen hacia el litoral atlántico y hacía allí está nuestro destino.

Es una argumentación fuerte, y con diferentes matices y argumentos se ha venido repitiendo hace 200 años. Como diría Arturo Jauretche, es una zoncera que a fuerza de repetirla como loros, sin pensarla demasiado, se nos ha convertido en la gran verdad argentina. Lo cierto es que la bendita vocación atlántica es una construcción que responde a determinados intereses económicos que fueron los que dieron forma a ese naciente Estado Nación.

¿Cómo sería la cosa? Para justificar ese orden económico surgido tras las guerras civiles del siglo XIX, el sistema organizó un sistema de ideas básicas: Argentina tenía que organizarse a partir de su vínculo con Europa, fundamentalmente con la potencia dominante en ese momento (Inglaterra), y debía concentrarse en aquella producción que los europeos demandaban. Cereales y carnes. El resto, supercherías de pueblos atrasados. Para qué complicarse la vida.

A partir de 1862, la provincia de Buenos Aires liderada por Bartolomé Mitre impuso sus condiciones y su proyecto económico y social a la Confederación de Urquiza. Los primeros, soñaban un país con puerto único. Los segundos, un país con varios puertos. En los dos bandos, los líderes eran ganaderos y terratenientes. La disputa era por quién se apropiaba con la renta de las exportaciones.

El drama de la confederación urquicista no pasó por su alejamiento de los criterios de la racionalidad económica ni por una supuesta incapacidad en la administración de aquel Estado, sino porque perdió.

Perdió en el campo de batalla (Pavón, a 40 km al sur de Rosario, septiembre de 1861)) y había perdido antes cuando no encontró un modelo alternativo que le permitiera subordinar a Buenos Aires a un interés general más amplio. Los “porteños” se encontraron con el panorama abierto para desarrollar su propio modelo de país. Más concentrado en ese puerto de baja calidad que era el de Buenos Aires (al fin de cuentas, tenía poco calado ya para esa época y el río se embancaba reiteradamente). Y el gran negocio de las exportaciones concentradas en pocas manos.

¿Era inexorable ese modelo? No, no había una razón que así lo determinara en forma tajante. Lo que no había era otro modelo con la fortaleza necesaria para hacerle frente. Las provincias del noroeste no tenían recursos para buscar relacionarse con otros actores. Las del noreste, le tenían más miedo al imperialismo brasileño (en plena expansión), que a Buenos Aires.

El determinismo atlántico fue entonces una construcción de la elite económica para justificar un determinado ordenamiento de los factores de la producción y de las instituciones nacionales. La red de comunicaciones siguió un trazado radial: los ferrocarriles primero; las rutas después, se construyeron con el criterio de llevar producción hacia el principal puerto exportador. Esa visión terminó estructurando dos mitos más: el de una Argentina blanca en América; el de una política exterior racional.

Las relaciones carnales

La definición del canciller de Carlos Menem, Guido Di Tella, le puso un nombre a una situación que se daba por natural. La relación de Argentina con la potencia dominante del momento debía ser tan estrecha como fuera posible. Esa postura es equivalente a la que en plena recesión mundial en 1932, llevó a firmar el pacto Roca – Runcinam por la que el país se convertía en “un estado más” del imperio británico, al decir del mismo Julio Roca hijo, vicepresidente y firmante. El acuerdo aseguraba cuotas de mercado inglés a los exportadores argentinos a cargo de concesiones más que generosas: liberaba de aranceles a todas las exportaciones inglesas; y un tratamiento “benévolo” a las empresas que se radicaran en el país.

Los presidentes Agustín Justo y Carlos Menem fueron apenas los exponentes más destacados de una historia de las relaciones internacionales que buscaban un alineamiento de Argentina con esas potencias. Por supuesto, siempre tuvieron sus intelectuales que buscaron justificar aquellas decisiones. Desde un Raúl Prebisch con Justo a un Carlos Escudé con Menem, había un amplio abanico de argumentos que trataban de demostrar por qué esas decisiones eran “inevitables” y “racionales”.

La historia no es contrafáctica. No podemos saber “que hubiese ocurrido si…”. Y aquel que se arriesga a formular una apreciación de tal naturaleza debería avisar que está realizando un ejercicio de absoluta ficción. Una novela fantástica a partir de sus propias fantasías. Los hechos ocurrieron como ocurrieron y lo cierto es que ninguna de esas dos decisiones logró crear mejores condiciones de vida, impulso de la riqueza y redistribución con desarrollo.

Entonces, a la pregunta sobre la “inexorabilidad” de la cuestión atlántica que nos estaría determinando un esquema de relaciones internacionales con Europa, se le opone la repregunta de si fue suficiente para la construcción de un país más rico y más justo.

En las últimas décadas, los esfuerzos por cambiar ese alineamiento automático y buscar alternativas, tanto diplomáticas como económicas, han tropezado con las férreas descalificaciones de los defensores del statu quo. A través de sus portavoces oficiales, como pueden ser los propios dirigentes económicos y políticos, o a través de sus voceros oficiosos en los medios de comunicación, se critica la “irracionalidad” de una política exterior que “por ideologismo” no mira “los intereses nacionales”.

Lo verdaderamente irracional pasa por insistir con herramientas que ya han demostrado el fracaso; el ideologismo, por creer acríticamente que aquella relación asimétrica entre Argentina y las potencias era beneficiosa; y el interés nacional… no hay que confundirlo con el interés sectorial o individual de aquellos que hablan pensando en un país de 20 millones de habitantes. El interés nacional debería ser considerado a partir de la inclusión de 45 millones de argentinos.

Por Herman Avoscan

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