Años atrás viajé a Cabana, actualmente un barrio de Unquillo, en la provincia de Córdoba; antes era un lugar serrano al que iba de vacaciones con mi familia.

Después de recorrer algunos kilómetros por caminos de ripio, detuve el auto y anduve hasta llegar a un lugar al que llamábamos “La Olla”, donde solíamos zambullirnos, y descubrí que solo era un pozo con diez centímetros de agua; el arroyo estaba prácticamente seco. Lo crucé y fui cerca del alambrado al lado de un árbol para comprobar que la vertiente donde buscábamos el agua, no existía…

Todo había cambiado. Estaba, sí, la casa de doña María a la que le comprábamos la leche, los huevos, el pan casero y las frutas, que nos permitía cosechar a los niños. Me invadió la nostalgia; caminé por el vado, que solo era un puente de paso, y vi un cartel que aún se erguía: con la misma letra irregular de antaño decía PAN CASERO. Sonreí recordando que una prima, quince años mayor que yo, dijo «conocimos tantos lugares como el Pan de Azúcar, el Paredón, la Cueva de los Pajaritos y nunca fuimos a Pan Casero». No! Dijo mi madre espantada, «ese camino va a una estancia donde venden pan hecho en horno de barro».

Estaba concentrada en mis recuerdos cuando observé que se detenían dos jóvenes y me preguntaron si podía indicarles cuánto faltaba para llegar a Pan Casero. Respondí que no sabía, que le preguntaran a un lugareño.

Me detuve en el tiempo pensativa e intrigada; existirá un lugar llamado así o los jóvenes eran tan tontos como mi prima?

Por: Stella Maris Ferreyra

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