El sábado me decidí a cortar el pasto y sacar las ramas secas del patio. Hice pequeños montones e iba colocando todo en bolsas de residuos. Al tomar el último manojo escuché una vocecita que me gritaba:
-No! No me tires!
Me paralicé.

Epa! Será algo transgénico? –pensé, buscando el yuyo que me hablaba.
Escarbé un poco y vi, entre los restos de las plantas, una lamparita
de bajo consumo. Tenía la base cascada y los tubos de color oscuro.

-No me tires a la basura! -clamaba la voz, que evidentemente, provenía de la lámpara.
La observé sin tocarla y sentí que algo se agitaba en su interior: un hombrecito?
-No me tires! Te voy a otorgar tres deseos si me salvas.
No sé porqué le hice caso, pero le susurré mi pedido (no fuera que algún vecino creyera que tengo comportamientos extraños).
-Solo te los puedo cumplir si me sacas de aquí –propuso.
Tarea difícil para mí: de lámparas solo se encenderlas una vez colocadas.
Puse toda mi buena voluntad, lo juro. Traté de desenroscarla suavemente: primero con los dedos, luego con una pinza. Quizá presioné mucho, o me puse nerviosa, no sé; pero la lámpara se rompió, los tubitos liberaron polvillo y el hombrecito murió intoxicado sin otorgarme los tres deseos.

Por: Ana Ester Comelli

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