El 2 de julio de 2021 se cumplirán 60 años del suicidio (?) de Ernest Miller Hemingway, uno de los mejores y más influyentes escritores del siglo XX. Multipremiado (ganó el Pulitzer en 1953 y el Nobel en 1954), nació en los Estados Unidos pero también fue ciudadano del mundo y periodista, y como tal reflejó magistralmente la realidad de varias guerras. Su existencia fue una permanente aventura y su muerte estuvo rodeada de misterio, ya que nunca se supo si el disparo de la escopeta que puso fin a su vida fue accidental o voluntario.

Por: Norberto Landeyro

«Doblan por ti»

«Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti».

El título de esta novela del gran escritor norteamericano, está tomado de una composición del poeta metafísico inglés Jonh Donne (1572- 1631), y es una expresión popular que hace referencia a la costumbre de hacer sonar las campanas de la iglesia cuando alguien muere. Hemingway así comenzaba a describir en el libro, su participación en la Guerra Civil Española como corresponsal, para contar la lucha de «las dos Españas», la «roja» y la católica.

El texto de Donne es interpretado como una metáfora sobre el hombre, que forma parte inexorablemente de un «ser colectivo» constituido por todos los hombres, interpretación que -obviamente- compartía el autor nacido en Oak Park, estado de Illinois.
La novela escrita por Ernest Hemingway fue publicada en 1940, a un año de la conflagración hispana, y prontamente fue llevada al cine, 1943, en una versión interpretada maravillosamente por Gary Cooper e Ingrid Bergman, dirigidos por Sam Wood.

El argumento del libro se desarrolla en la España de la guerra civil en torno a la historia de Robert Jordan, un profesor de castellano oriundo de Montana (EE.UU.), que participa como especialista en explosivos en el lado republicano («rojos», por su ideología comunista). Le encomiendan la destrucción de un puente, vital para evitar la contraofensiva del bando sublevado («nacionalistas») durante una importante ofensiva.

Jordan llega al lugar, que está ocupado por varios personajes fieles a la causa, y entre ellos conoce a María, una joven de la que enseguida se enamora, y a Pilar, una mujer ruda y fea, pero valiente y de una gran voluntad; tiene una enorme lealtad a la República y ayuda mucho a Jordan tanto en la misión del puente como en lo personal con María.

Durante los días previos al ataque, el profesor descubre el amor y la importancia de la vida. Pero también entiende que seguramente morirá y no podrá ir a Madrid con María, como ambos deseaban.

La muerte y el fanatismo

La muerte es uno de los temas principales de la novela. Cuando ordenan a Robert Jordan volar el puente, el sabe que no sobrevivirá. Pablo y El Sordo, líderes de las bandas de guerrilleros republicanos, también son capaces de ver ese inevitable destino. Casi la totalidad de los personajes del libro reflexionan sobre sus propias muertes.

A lo largo de la novela abundan la camaradería y el sacrificio ante la muerte.Tanto Jordan como los demás compañeros ocasionales están listos para hacer todo lo que se espera de un buen hombre, es decir, si es necesario sacrificar sus vidas. Los frecuentes abrazos entre ellos refuerzan esa sensación de compañerismo cercano al final. Un incidente respecto de la muerte de la familia del personaje de Joaquín, sirve como perfecto ejemplo de ello: tras conocer la trágica noticia, los camaradas de lo abrazan y consuelan diciéndole que ahora ellos serán su familia. Rodeando este amor confraternal entre camaradas se encuentra el amor por la tierra, por España. El amor por un lugar, por unos sentidos, y por la vida misma, son representados mediante el suelo cubierto de agujas de pino que hay en el bosque -descrito al comienzo y, conmovedoramente, al final de la novela- cuando Robert Jordan yace moribundo sintiendo el latido de su corazón contra el suelo cubierto -precisamente- de agujas de pino.

La novela explora la ideología política y la naturaleza del fanatismo. Tras advertir la facilidad con la que se emplea el tópico de «enemigo del pueblo», Jordan pasa rápidamente a adentrarse en las discusiones y opina que «para ser fanático hay que estar absolutamente seguro de tener la razón y nada infunde esa seguridad, ese convencimiento de tener la razón como la continencia. La continencia es el enemigo de la herejía».

 

El autor

Hemingway vivió casi 62 años, pero de qué manera!. Nacido en 1899 en el suburbio de Oak Park, Chicago, Illinois, EE.UU., al terminar en 1917 sus estudios medios, descartó la universidad y consiguió trabajo en el diario «Star» (Estrella) de Kansas City, lo que lo llevó a viajar por distintos países de Europa y África. En realidad, ese fue el comienzo de su vida trashumante.


Cuando los EE.UU. decidieron intervenir en la Primera Guerra Mundial intentó enrolarse en el ejército, pero una antigua herida se lo impidió. Entró en la Cruz Roja y se convirtió en conductor de ambulancias en el frente italiano donde resultó herido de gravedad antes de cumplir los diecinueve años. Fue condecorado con dos medallas: la «Medaglia d’Argento al Valore Militare» y la «Croce di Guerra». En sus actuaciones en el frente demostró siempre un gran valor y se destacó en los lugares de mayor peligro. De esa experiencia nació la novela «Adiós a las armas», la más vendida de su producción literaria, que también fuera llevada al cine en un film protagonizado en 1957 por Rock Hudson, Jennifer Jones y Vittorio De Sica, entre otros actores.

Retornó a su país después de la guerra, se casó con Hadley Richardson y volvió al periodismo como corresponsal del «Toronto Star». Tres años más tarde, su esposa perdió una valija en una estación ferroviaria con casi toda la obra escrita que Hemingway había completado hasta ese momento. Tuvo que empezar casi desde cero.

La cadena de periódicos de William Randolph Hearst (el creador de la «prensa amarilla»), la mayor y más importante del mundo en esa época, lo nombró corresponsal en Europa.
En 1929 visitó por primera vez España y tuvo su primera cita con los Sanfermines de Pamplona, hecho que lo hizo un apasionado de las corridas de toros. Volvió en 1937 durante la Guerra Civil como corresponsal y se inclinó por los republicanos, a los que defendió en artículos y novelas. Allí conoció a Martha Gellhorn, corresponsal de la revista «Collier’s» y autora de cuentos, y se enamoró de ella. En noviembre de 1940 se divorció de su segunda mujer y se casó con Martha. Fueron de luna de miel a China donde ambos actuaron también como corresponsales de guerra.

En 1944 fue testigo privilegiado y pudo describir el llamado «Día D»: el desembarco aliado en las playas francesas. Llegó hasta París con las tropas libertadoras. Después de la guerra, se estableció en Cuba, cerca de La Habana, y en 1958 en Ketchum, Idaho. Ernest Hemingway había llegado por primera vez a la isla caribeña en abril de 1928 en el vapor Orita, cuando el buque que lo llevaba de Europa a Key West (Florida) hizo una breve parada. Aquel paraje lo embriagó tanto que estuvo en Cuba intermitentemente entre 1932 y 1960. Conoció a Fidel Castro y simpatizó con el en los inicios de la Revolución Cubana.

Hemingway en Cuba junto a Fidel Castro

Su salud

Estuvo al borde de la muerte en la Guerra Civil Española, cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel; en la Segunda Guerra Mundial al chocar con un taxi durante los apagones, y en 1954, cuando estando de safari (otra de sus pasiones) se estrelló en África en dos accidentes aéreos sucesivos que le dejaron dolores y mala salud durante el resto de su vida.

Sobrevivió al ántrax, la malaria, la neumonía, la disentería, el cáncer de piel; además, tuvo hepatitis, anemia, diabetes, presión arterial alta, un riñón dañado, rotura del bazo, hígado dañado por el alcoholismo, una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla de mortero, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales.

En sus últimos meses de vida, sufría ya problemas mentales, y tuvo que ser hospitalizado dos veces a causa de procesos depresivos, que finalmente no pudo vencer, suicidándose de un tiro de escopeta en su residencia de Ketchum el 2 de julio de 1961, aunque siempre quedó la duda acerca de si había sido su decisión o simplemente un accidente, ya que era muy aficionado a las armas y las manipulaba constantemente. Hacía solo cinco días que había sido dado de alta en la aun hoy célebre clínica Mayo de Rochester, Minnesota, después de ser sometido a un tratamiento.

De todas formas, en la vida de Ernest Miller Hemingway, y aun después de ella, el suicidio fue casi una constante. Su padre -médico ginecólogo- se mató de un disparo luego de enterarse de que padecía una enfermedad terminal; antes, y siendo un niño, lo había llevado a presenciar el difícil parto de una india, cuyo esposo se suicidó a causa de los gritos de la mujer. Varios años después de su fallecimiento, las hermanas Mariel y Margaux Hemingway, dos de sus nietas, se suicidaron durante el mismo año, 1996. Un trágico sino familiar…

El legado

Fue uno de los grandes escritores del siglo pasado, que influenció a varias generaciones, y que también legó a sus colegas una técnica literaria llamada del «iceberg». Si bien el ruso Anton Chéjov ya la había utilizado, fue el autor norteamericano quien la puso de lleno en la consideración del universo de las letras, particularmente en sus cuentos «Los Asesinos», “Colinas como elefantes blancos”, “Campamento indio” o “Las nieves del Kilimanjaro”, por mencionar solamente algunas de sus obras maestras.

Según sus propias palabras, «Si un escritor en prosa conoce suficientemente bien aquello sobre lo que está escribiendo, puede omitir cosas que el conoce, y el lector, si el autor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas un sentimiento tan fuerte como el escritor las hubiera expresado. La dignidad del movimiento de un iceberg se debe a que solamente un octavo de su masa aparece sobre el agua. Un escritor que omite cosas porque no las sabe, no hace más que dejar lagunas en lo que describe».
Por lo tanto, lo que esta teoría viene a decir es que la clave de la narración tiene que residir debajo de la superficie y traslucirse luego en la parte visible. El autor debe saber sobre la historia mucho más de lo que luego va a contar.

El recurso está relacionado con algunas cuestiones que Hemingway aprendió con los simbolistas y cubistas en Francia: la imprescindible disciplina del escritor, la búsqueda de la palabra correcta, la eliminación de todo aquello que no contribuya a formar la anécdota y el efecto en el lector, la capacidad simbólica de las palabras y la relación abstracta que hay entre ellas, corregir y reescribir lo escrito (a tal grado llevaba a la práctica estas ideas que reescribió el final de «Adiós a las armas» ¡39 veces!), no abusar de la descripción sino usar la invención.

Dejó una obra inmensa, con títulos memorables, como el que refiere este análisis, y otros del valor de «El viejo y el mar», también llevada al cine con Spencer Tracy como protagonista y Cuba como escenario, además de «Fiesta», sobre la vida en la ciudad de París entre las dos grandes Guerras Mundiales; también, centenares de cuentos legendarios, del nivel extraordinario de «Los asesinos», otro trabajo que mereció tratamiento cinematógrafico, protagonizado por Burt Lancaster, al igual que «Las nieves de Kilimanjaro» (Gregory Peck y Ava Gardner) y «Tener y no tener» (Humphrey Bogart y Lauren Bacall).

Ernest Hemingway es una invitación constante al asombro ante el talento de un hombre que en una sola, vivió muchas más vidas.

Comentarios
¿Qué opinas de esta publicación?
  • Impresionante (0)
  • Interesante (0)
  • Útil (0)
  • Aburrido (0)
  • No me gusta (0)