Estupefacto, me di cuenta… Sincronía impensada, armonías impropias, relaciones inauditas. Cogeneración infinita, restablecimiento de coordenadas despechadas, relatos que se entrecruzan en cauces secos, pero llenos de peces, que cercan espacios oscuros.

Reiteraciones diferidas, aplausos mudos, inmensa ternura y fusión de corazones nacientes en la marea de la vida profunda y dispar. Tenemos recaudos, arrebatos de desamor y desconfianza. Estamos en plena disputa a escondidas, nosotros, los que abandonamos la inocencia para ganar un lugar en la mesa.

No hay acuerdo posible, todo arreglo está viciado, excomunión de almas afines, conversación parasitaria. Y yo doy testimonio de esto y aquello más acá y/o más allá, perdido en un tiempo vacilante, escondido de las sombras y del ruido, prefiero lo humano, sin querer retornar, en fin, alienado…

La estupidez humana es muy vasta y pertinaz… Abandono la lucha, de cabeza gacha, hasta que llegue una nueva era de cordura y con niveles ínfimos de vanidad y deslices egocéntricos. Una era en que el libre arbitrio esté inmerso en una sopa de juicio y ternura, de entrega y bondad, de belleza y buen tino. Un tiempo bueno para nacer y crecer.

Me predispongo a una comunicación amorosa de intuiciones pacíficas, expresiones tibias y sin pretensiones de dominación con un talante permisivo cargado de evocaciones tiernas. Dar amor silente es el requisito esencial y descubrir que en los otros mora una fraternidad desarticulada y abollada, presente de modo germinal, contradictorio y contenido, pero viviente.

Por: Alberto Suertegaray

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