Subí a la barda. Cada vez que me superan las dificultades y no veo las salidas voy allí porque me hace bien. Cambios en el trabajo, mi madre con una enfermedad terminal, hijos en edades difíciles, el dinero que nunca alcanza… ¡y la pandemia! Mis hombros se me antojaban demasiado estrechos para soportar tanto. Traté de no victimizarme, pero ese día me sentía con derecho a ser el hombre más desdichado de la Tierra.

Increíblemente no había viento y el frío era perfectamente soportable. Un perfume a jarilla invadía el ambiente. Era tiempo de luna negra, sin embargo la oscuridad no era completa, las estrellas se las arreglaban para dar algo de resplandor a la noche.

De pronto, la claridad fue en aumento. Una luz blanca y potente apareció en el Sur, suspendida, al otro lado del río. Una luz enorme, redonda, poderosa. Una luz desconocida, extraordinaria, ajena… Inmediatamente supe que presenciaba algo inédito, que estaba formando parte de un evento asombroso. Mi respiración se detuvo pero no pensé en huir; perplejo, solo atiné a sentarme en el suelo, boquiabierto, tratando de no pestañear por temor a perderme algo.

El Valle Amarillo fue dorado. Sin permiso de nadie la luz se adueñó de los cañadones, de las grietas, de las rocas, de cada sendero y de cada rincón de las bardas. También debió adueñarse de mí pero yo estaba demasiado atónito para darme cuenta. No hubo sonidos; durante el tiempo que duró el fenómeno, todo fue luz. ¿Pasaron segundos, minutos, horas? No lo sé; reaccioné cuando decidió elevarse lentamente hasta convertirse en un pequeño punto brillante que se confundió con las estrellas.

Dimensioné nuestra insignificancia. Mi angustia y yo, los demás, el virus que nos acecha y los que vendrán, el planeta todo: ¡cuánta pequeñez vulnerable! Recordé la pretenciosa e ingenua rosa de El Principito… ¡Eso somos! Una pequeña muestra, quizás repetida, en un universo infinito; coexistiendo con quién sabe cuántas muestras más, muchas de ellas posiblemente superiores a la nuestra. Pero actuamos pretendiendo no saberlo.
Tomé mi bici y emprendí lentamente el regreso. Me sentí increíblemente vacío, como si alguien o algo, ¿la luz?, me hubiera absorbido la energía.

A la mañana siguiente, el titular de un diario local informaba: “Anoche, un OVNI sobrevoló el cielo del Alto Valle”.

Por: Alicia Beatriz Scaglia

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