Desde los antros de la noche surge el día y aquella retorna voraz para tragárselo y tú, en unas pocas horas iluminadas, tienes el tiempo de hacer las cosas debidas y queridas.
Pataleando y a manotazos te defiendes, entre variadas tareas agendadas, de todo aquello que te turba, para terminar con lo que la jornada propone y algo más.

¡Aprovecha el día! Seas niño, joven, adulto o viejo, siembra, tala, cosecha, poda y canta, tenaz, decidido y muy confiante. Delicado y meticuloso.

Cada día te regala sus horas para que las aproveches como quieras, hacha, tala, y con esos maderos construye balsas, canoas y veleros que te lleven a otras orillas.
No desperdicies el tiempo en niñerías ni hagas aquello que te perjudique, ni a ti ni a nadie. Visita a tus afectos, eso es emplear bien el tiempo y por momentos quedate bien quieto para escuchar los sonidos del silencio.

Con la alforja cargada con los frutos del día, emprende el camino a casa y al descanso, que te habrás ganado con el sudor de tu frente.

Después de cenar, si tienes ánimo para ello, revisa lo que has hecho hoy y cada día y piensa en lo que quedó para mañana, sin preocuparte. Otra jornada llegará generosa y te esperará con los brazos abiertos. No cruces los tuyos antes de tiempo…

Dios te espera a cada paso, a tu alma le da fuerzas y abre los caminos. Como sea, amigo, Carpe Diem, ¡aprovecha el día!

Por: Alberto Suertegaray

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