-No he sabido cómo encarar finalmente estos sucesos ni sus consecuencias; aún son para mí un gran enigma, un acertijo del cual no poseo ni un remoto acercamiento a la solución. Aún así, cuando miro hacia el pasado temo encontrar tan evidente la clave de todo en una simple conversación, o en un viejo escrito o foto o gesto como una mueca de asco o una sonrisa forzada… Realmente no lo sé.

¿Seré ciertamente, entonces, un auténtico cobarde, un hombre empecinado en su inercia ya que todo lo que toca es finalmente controlado por un ruin destino, el tiempo o aún Dios? Qué más da. Ya no sé qué palabras utilizar cuando intento explicar, pienso constantemente en qué palabras usar pero ya no lo sé. Y, honestamente, no entiendo porqué me obsesiono en saber, porqué escribo, lloro, amo o pienso si es cierto que no poseo el control de nada: la nada, indetenible y monstruosa, pero a mis ojos imperceptible, es la que posee el control de todo. ¡Oh, por Dios! Por qué he de pensar que sólo somos materia cuando podemos llorar, reir, amar y pensar y hasta hacer y crear… Supongo que es el precio que debo pagar gracias a la tristeza y a la idea constante del fin de todas las cosas, dado lo que te comentaba hace tan sólo unos momentos… O no sé, ya ni sé qué hora es, ¿sabe usted? Uno se acostumbra a que en el verano se prolonga el atardecer y ahora son las siete y está todo profundamente oscuro. En fin, supongo que eso ya no interesa, a estas alturas…

El Doctor, viendo incansable e inútilmente su reloj pulsera, no percibía la inquietud de su compañero, quien caminaba a la cabeza en aquel indefinido y complicado sendero, tal vez harto de escucharlo parlotear. Una única luz blanca penetraba sus ojos y sus pieles aún siendo tenue como si fuese una pequeña luna; una réplica acaso más eficaz, más cercana, más cálida y bella. El Doctor, ensimismado, volviendo su vista al suelo advirtiendo los peligros que denotaba el terreno, siguió hablando.

-Qué enfermedad este escepticismo constante. Tanto se nos impregna en el pensamiento que acabamos llegando a puntos tan perjudiciales y dañinos. A veces me descubro dudando de cosas tan evidentes, tan naturales, como que si la hoja del fresno del frente de mi casa realmente será roja, amarilla o gris cuando yo la veo verde, dejando todo en las manos de subjetividades incoherentes… Qué gracioso que la vida finalmente se componga de frivolidades que sólo tienen la oportunidad de ser trascendentes cuando nosotros se la damos, y que, si no es así, permanezcan allí (por así decir, ya que el allí no se lo debemos a la ignorancia, sino a lo conocido, a lo hecho, a lo tangible como parte de una realidad percibida por mayorías) sin ser nada (lo cual claramente remite a lo no existente): una hoja que no es hoja, una brisa que no es brisa, aún la vida que no es vida, sino lapsos de tiempo inconcretos y absurdos, sin la trascendencia de ser comprendida por los tantos factores de vivir, algo flotante en un inacabable vacío a la espera de un significado, una vida sin vida: nada. ¿Qué es el mundo entonces sin la raza humana? ¿Es un mundo que no es mundo? ¿Sería lo que es sin haber recibido un nombre, siendo representado para todo aquello que lo valida y afirma de esa manera en base a conceptos y explicaciones? ¿Podremos conocer, alguna vez, la vida más allá de nuestra existencia y de todo lo que conocemos, aún en lo ontológico y en lo más profundo del ser? ¿O finalmente el humano como única unidad es la pura manifestación de lo que es vivir? No sé, tantas cosas giran en mi mente…

Dígame usted, ¿no es completamente absurdo dudar del color de una hoja? Y de todas maneras me pregunto: ¿en qué podemos basar aquella duda irracional ante lo más natural del mundo, si no es en alguna grave enfermedad en el alma?

Durante un rato predominó un silencio que reflejó las meditaciones de los dos hombres, tan profundas e intrincadas que el clima pasaba desapercibido, a la luz de una estrella en una noche ya avanzada.

El Escolta caminaba con una firmeza ambigua, como quien desea forzosamente ocultar su miedo, consolándose con la veracidad de sus principios tan bien estipulados aún ante la inseguridad: el resultado de infinitas suposiciones sobre una decisión que infundía una profunda duda acerca de su deber, el cual era aún más importante que sus propios deseos y su albedrío. Mientras andaba, ese miedo no abandonaba su mente; pensaba en qué pasaría, en qué haría él luego, y no dejaba de preguntarse qué valor tendría su vida, siendo tan fácilmente entregada a un destino tan fútil, tan tristemente liviano.

Temió por ella perdiendo la consciencia de que no valía nada; sería él quien moriría antes que su compañero, quien poseía un propósito más grande que el suyo aunque no fuera consciente de ello. Por el contrario, el Doctor seguía meditando en pensamientos similares a los que había expresado hacía unos momentos, mientras que el Escolta, cayendo en una profunda pesadez a causa de sus pensamientos, enlenteció la marcha.

El otro, sin percatarse ni siquiera apenas, finalmente dijo:
-Sí… Esto pasó hace ya muchos años. Lo curioso es que ya no sé cuántos: luego del suceso me obsesioné con mantener la cuenta, pero llegó un momento en el que me decidí a no saber más, me resigné ante la tan esperanzadora ignorancia que siempre se muestra más indulgente que el saber… Sin embargo, particularmente hoy me es desesperante -confesó-. ¿Lograré recordarlo algún día?

Aguardó sin decir nada, como si estuviera esperando una respuesta a su desdichada pregunta. Tal vez sabía y entendía perfectamente que aquella respuesta, así como sería divina y consoladora, era también inalcanzable. Ya ni siquiera su compañero lo oía, quien caminaba, absorto y mirando sus pies cubiertos de barro y tapados por la maleza, mientras una brisa húmeda que corría con lentitud le daba escalofríos, enfriaba su nariz y lo hacía lagrimear. Se percató de que sus ropas no serían suficientes para contrarrestar el frío; el invierno, aproximándose, ya había comenzado a amenazar a todos los pobres que no tenían ninguna manera, ni exterior ni interior, de mantenerse calientes.

Por: Verónica C. Bruno

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