Bella Felicitas, con sus ojos castaños y sus bucles dorados. La de voz cantarina y sonrisa angelical. Con la alegría de sus seis años recién estrenados llenando cada rincón de la enorme casa. Felicitas, con su bondad infinita hacia los animales, la servidumbre y los mendigos que tocan a la puerta. Felicitas y su dulzura hacia toda persona que trata con ella.

En su corazón generoso hay un lugar para sus muñecas: Cristeta, la española, de pelo corto, amarillo y enrulado; Penny Dolls, con la tez blanca de porcelana; Mariquita, hecha de cartón piedra, con su pelo natural y ojos azules de cristal; Lency, la italiana, con su cuerpo de paño y los rizos rubios, y también está May Starr, la americana, de pelo color oro y voz de fonógrafo, diciendo -¡Hola! ¿cómo estás?- a quien desee escucharla. Las muñecas de Felicitas son únicas y costosas, le fueron traídas de distintas partes del mundo por amigos y conocidos de su padre, un hombre de leyes muy importante. Muchos son los que deben favores al doctor y saben del gusto de la niña por las muñecas.

Una vez al día las acicala, viste y peina. Las sienta en rueda, les sirve el té y conversa con ellas: –Todas son hermosas, no tengo preferidas, deben ser buenas entre ustedes y llevarse bien- la niña repite las recomendaciones que escucha a diario de la señorita María Antonia en la escuela.

Las muñecas de Felicitas son especiales, cuando están a solas en la habitación de los juguetes cobran vida; conversan y ríen como esas señoritas ricas que se reúnen a tomar el sol en el Paseo de la Costanera. Hablan de sus vestidos caros, de sus peinados prolijos, de lo mucho que quieren a su dueña y de la suerte que han tenido al conocerla.
Ahora la nena habla con ellas en la habitación de juegos.

-¡Niña Felicitas! ¡Llegó una caja para usted! Es del señor Celedonio, el amigo de su padre, el que está de viaje por Brasil. La que habla es Michila, la niñera, y deposita en el suelo un bulto envuelto en papel de regalo.

La nena abre el paquete, una muñeca negra, vestida con colores vivos y un turbante con lunares aparece ante sus ojos. -¡Ah! ¡Qué bonita! Nunca tuve una muñeca negra. Te llamaré Yomara. Espero que la reciban bien y que sean sus amigas– dice con tono serio y la acomoda junto a las demás. Dentro de la caja queda un pequeño manual con garantía e instrucciones.

Es hora de su clase de piano, niña -recuerda Michila– el profesor ya está en la sala. Felicitas da una última mirada a sus muñecas. La nueva integrante se destaca entre las otras, llamativo contraste el de su color oscuro entre tanto rubio.

La puerta se cierra tras la salida de Michila y la niña, las antiguas cuchichean y miran con desagrado a la recién llegada. -¡Una negra! ¡Quién lo hubiera dicho! No es de nuestra clase, no la aceptaremos. ¿De qué podríamos hablar con ella? ¡Con esa ropa colorinche que trae puesta! Ni siquiera nos acercaremos… ¿Y si nos mancha?– A veces, las muñecas de Felicitas se dejan llevar por la superficialidad, olvidan las enseñanzas de la dueña y se vuelven crueles.

Yomara solo las mira. Se aparta y observa fijamente su caja, la mirada de sus ojos café se pierde entre las orquídeas y los cocoteros pintados en ella. Nada quisiera más que volver a su tierra.

Al día siguiente, la ausencia de Felicitas asombra a las muñecas: ¿por qué no viene a jugar? ¿hoy no nos peina? ¿no habrá charlas ni té? Alguien entra al cuarto, es Michila que abre para ventilar. Habla con pesar, como en un rezo: -¡Qué desgracia! ¡Pobre niña Felicitas! ¡Quiera la Virgencita que se cure pronto!- Afuera, a través de la ventana abierta se ve el otoño que despeina los árboles, arrebatándoles sus hojas amarillas; como un oscuro presagio, el cielo se cubre de nubarrones de acero.

La niña está enferma, un virus extraño dicen los médicos; solo resta esperar que su fortaleza lo venza. Tendida en su cama se queja de dolor de cabeza, su pecho se cierra y la estremece la fiebre. Jarabe de láudano y vapores de eucaliptus pretenden aliviarla. En su delirio ve una ronda de angelitos negros. En el centro, Yomara baila al compás de una alegre canción que ella misma canta; la muñeca la ve, le tiende la mano y danza con ella.

Las muñecas saben de la enfermedad de Felicitas, están tristes, ya no ríen ni charlan, tampoco se acercan a la morena.

Pasa el tiempo y Felicitas mejora, según los doctores el virus ha hecho su evolución y abandona su cuerpo lentamente. Alaban la resistencia que ha mostrado la pequeña. Ya puede sentarse y, bajo la mirada amorosa de su madre, se alimenta con las sopas nutritivas que le cocina Michila.

Llega el día en que se levanta de la cama y pide por sus muñecas. Ha perdido mucho peso, se la nota débil y seria, como si la enfermedad se hubiera ido con su risa. A paso lento, acompañada de sus padres entra al cuarto de juegos. La mamá abre la ventana para dar paso al sol; los rayos entibian el rostro pálido de la niña y juegan a inventar hilos de oro en sus bucles.

Las rubias reunidas en grupo, la negra apartada en un rincón, apoyada en su caja.

Felicitas la levanta: -¿Por qué Yomara está sola? ¿No les dije que fueran buenas con ella?
El padre encuentra el manual y lo lee: -¿Sabías hija que esta negrita puede cantar? Felicitas aprieta el botón en su espalda y Yomara canta:
Samba Lelé se ha caído
tiene una pierna quebrada
quiso subir a la Luna
y se cayó a la laguna.
Pisa, pisa, pisa mulata
Pisa el vestido de seda, mulata.

El ritmo alegre de la canción llena el cuarto y se escapa por la ventana. La cara de la nena se ilumina, sus labios se curvan en una sonrisa que luego se convierte en carcajada. Abraza a Yomara y exclama con felicidad: -¡Papá, es la canción que me cantaba en sueños!

Los padres no entienden lo que dice pero ríen felices con ella. ¡Tantas cosas habrá alucinado a causa de la fiebre! Por fin Felicitas vuelve a ser la de siempre.

El cuarto de juegos se cierra, Felicitas debe descansar. Las rubias se acercan tímidamente a Yomara, se sienten culpables y se arrepienten de haberla despreciado. Le están agradecidas por haber devuelto la risa al rostro de su dueña, le piden perdón y le ofrecen su amistad. Yomara sabe muchas canciones y desea cantarlas para ellas. En el piso del cuarto las rubias se sientan en rueda; en el centro, como una reina, está Yomara, la muñeca negra.

Por: Alicia Beatriz Scaglia

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