Está parado en la vereda de la Penitenciaría con su viejo bolso de lona al hombro donde tiene algo de ropa, documentos y unas zapatillas viejas. Todavía resuena en sus oídos el golpe de las puertas de hierro, el ruido de las trabas, el vibrar de los timbres y las órdenes a gritos.

Pero ya está afuera. El viento de agosto le da en la cara con tierra, igual que cuando llegó, ocho agostos atrás.

La vereda y la calle no son nada receptivas: el cemento gastado, sin árboles, lejos de viviendas, rodeadas de baldíos de arena seca, yuyos duros y pedazos de nylon que flamean.

Empieza a caminar hacia el extremo del muro donde paran los colectivos. Busca su billetera. Hay unos pesos para traslados, comida y pocos días en una pensión. Encuentra la foto ajada de su pibe. La mira y piensa. ¿Cómo estará ahora? ¿Querrá verlo?
No lo van a dejar.

Piensa también en la madre del chico. Le dio su merecido a esa perra. Por eso no lo van a dejar que se acerque. Los viejos y los hermanos de ella se la juraron. Pero esa loca no embroma a nadie más.

Camina hacia la parada con malos recuerdos. Se le mezclan con el qué hacer, adónde ir. Saca del bolsillo chico el papel que le pasó «El Ruso» y lo relee.

-Decile que te mando yo, te va a tirar algo- le murmuró.
– Puede ser. Gracias.
Llega el micro. Sube y empieza su viaje hacia algún lugar, buscando alguien para hacer lo que salga.

Por: Ana Ester Comelli

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