¿Un holograma atrapado entre los juncos? ¿Un brazo de la Vía Láctea incursionando en la tierra? ¿La bruma del agua hecha figura humana? ¿O en verdad el espíritu vagabundo de una desquiciada que vivió hace mucho tiempo? ¿Qué era? ¿Era?

Lo que fuera se imponía en la laguna. Ordenaba el tiempo a su antojo, también el espacio. Y decidía quiénes podían verla. Eran suyas las noches y algunos días de invierno, cuando la niebla se convertía en cómplice envolviendo el paisaje con aliento de hielo. Entonces aparecía.

A veces, suspendida y quieta, flotaba sobre el agua; otras, caminaba en la orilla, el extremo del chal hiriendo la lama. Fantasmal y etérea; el viento domando sus largos cabellos.

Garzas y flamencos, sumisos a su paso. Solamente el chajá la anunciaba, tal vez alertando sobre la condena que implicaba mirarla.

La vieron los cazadores, desde sus ranchadas en el monte de ceibos. La vieron los jinetes, arreando de madrugada. La vieron las pastoras al ocaso, demorando el regreso por un becerro extraviado. La vieron los niños tramperos de pájaros, mientras aguardaban en silencio, abiertas sus jaulas.

Nunca volvieron a ser los mismos. Grabaron su imagen en las retinas y en las almas: joven y bella, blanco su vestido, mirada enajenada. En sus ojos, súplica y reclamo que no ponía en palabras. Y así rodó su nombre: la Loca de la Laguna.

¿Cómo interpretar lo que pedía? Tal vez algún anciano, huelleando en sus recuerdos, podría explicarlo…
-Fue hace mucho –contó el viejo– él la doblaba en edad; ella, niña todavía, solo pensaba en amarlo. La luna y las estrellas, testigos de sus citas en el espejo de agua. Los descubrió su padre y la encerró para siempre. Pasó el tiempo y un día, cuando ya su juicio la había abandonado, pudo escaparse y corrió a buscarlo al lugar donde se encontraban.

Quizás escuchó la voz de él llamándola, o vio su imagen esperándola del otro lado, o solo quiso ser laguna y recordarlo eternamente. Caminó hacia lo profundo, sus pisadas quedaron en la orilla, mechones de pelo negro adornando los camalotes. Después, solo fue burbujas en la piel del agua.

-¿Cómo calmar su dolor? –se inquietó alguien.
-Solo la oración puede darle paz -sentenció el hombre.
Coronas de flores blancas, cruces, imágenes de la Dolorosa, guitarreros entonando melodías de amor. El rezo de unas letanías y gotas de agua bendita. Todos se dieron cita en la laguna, convocados por la trágica historia amorosa, con la esperanza de sosegar ese espíritu.
Así fue, su nombre es leyenda y jamás se la volvió a ver. Ahora la revivo yo.

Por Alicia Beatriz Scaglia

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