Correr es un gesto natural que aprendemos de niñas. Pero su repetición miles de veces pone a prueba la capacidad de amortiguación y la estabilidad del pie. El menor fallo puede traducirse en patologías graves en el pie, las rodillas o la espalda. Prevenirlas es fácil.

¿Cumples con los 10.000 pasos diarios que recomiendan las autoridades sanitarias? De ser así, a lo largo de tu vida darás entre 100 y 200 millones de zancadas y acabarás recorriendo una distancia equivalente a cuatro vueltas al mundo. Bastante más si eres runner.

En el proceso de carrera intervienen muchas partes del cuerpo (el cerebro como capataz, los brazos para impulsar, el abdomen para estabilizar, las rodillas, los muslos y los gemelos para generar el movimiento…), pero el apoyo recae únicamente sobre un pie a cada paso. Y a tope de velocidad, el impacto se multiplica por cuatro. Si pesas 60 kilos, cada vez que impactas contra el suelo, tu pie de apoyo soporta 240 kilos. En un maratón, por ejemplo, se llegan a dar una media de 27.000 zancadas. El total de los impactos sumará toneladas. Así que el menor fallo puede ser fatal.

“El pie es una estructura arquitectónicamente compleja. Tiene 88 huesos, 33 articulaciones y más de 100 tendones. No solo está ahí para sostenernos erguidas. Aguanta nuestro peso y reparte el impacto de cada paso sobre el cuerpo como haría un amortiguador. Una mala pisada será un movimiento que repetiremos millones de veces y que, a la larga, puede acabar en lesión. No solo del propio pie, sino de estructuras superiores como las rodillas, la cadera o la columna”, explica el podólogo Víctor Alfaro. Este profesional del pie y cofundador de Podoactiva es uno de los expertos en podología deportiva más reputados a nivel internacional.

Una mala pisada será un movimiento que repetiremos millones de veces y que, a la larga, puede acabar en lesión.

Cuida de los pies de los futbolistas del Real Madrid, de los atletas de la Real Federación Española de Atletismo y de muchos famosos obligados a pasar demasiadas horas sin sentarse. Una enorme experiencia que vierte en el libro Todo comienza por un paso (Alienta), convertido ya en referencia para runners y deportistas en general.

  • De los tacones a las zapatillas

Uno de los problemas habituales de las corredoras populares es que pasan muchas horas encaramadas a unos tacones. Al final de la jornada, con la musculatura agotada, descienden de golpe de una altura de 10, 8 ó 6 centímetros para calzarse las zapatillas de running. Este gesto, aparentemente simple, supone toda una agresión a la musculatura de la pierna. “Con los tacones elevamos mucho el talón con respecto a la punta. Es lo que en el argot se llama “tener mucho drop”, dice Alfaro. En esa postura forzada, el tendón de Aquiles, los isquiotibiales, los soleos y los gemelos se acortan. Al ponernos la zapatilla desaparece ese desnivel, pero la musculatura no crece de repente. Al contrario, va a traccionar más porque le estás obligando a una postura que demanda más longitud.

«Es una situación de enorme tensión que aumenta exponencialmente las posibilidades de sobrecarga o roturas”, explica el especialista. Cuando por motivos laborales no queda otra que usar zapato de tacón, Alfaro recomienda hacer pequeños parones para estirar los músculos. “Descalzarse y dar unos pasos sin los zapatos va a evitar ese acortamiento de la cadena muscular posterior de la pierna”, añade. La idea puede parecer algo alocada, pero no es sino el consejo que reiteran los médicos: hacer movilizaciones musculares y estiramientos a lo largo de la jornada, no solo durante la hora que estamos en el gimnasio.

A las mujeres, desde niñas, nos enseñan a ser coquetas. Y a amar los zapatos de tacón por encima de otro calzado. Tienes los del trabajo, los de las bodas, las sandalias para ir a la terraza, esos tan atrevidos para la noche… En cambio, creemos que unas zapatillas valen para todo. “Un mal calzado –deportivo o de calle– es letal para la salud: desde rozaduras dolorosas a desequilibrios en otras articulaciones. Es preferible tener poco calzado, pero de calidad. Y más, cuando se trata de la zapatilla para hacer un deporte de impacto, como es el caso del running”, apostilla el podólogo.

  • Malas decisiones que salen caras

Por su experiencia, Alfaro está acostumbrado a ver en su consulta a runners con problemas en los pies, las rodillas o la espalda cuyo origen está en una decisión equivocada con la zapatilla de correr. La propia de principiantes es la de comprar la más barata del mercado, aunque sus prestaciones sean limitadas, con la idea de cambiar a una superior si lo de correr no les engancha. Otro error es echarse a correr con esas zapatillas viejas que hay por casa. “Y hay otra muy frecuente: creer que una zapatilla deportiva tiene uso universal, que lo mismo te vale para zumba que para correr. No es así”, afirma. “Las de baile se diseñan blandas para que el pie pueda moverse con libertad, para que pueda hacer giros y torsiones sin límites.

Pero para correr necesitamos justo todo lo contrario. Una zapatilla con poca amortiguación, mala estabilidad y hasta que no transpire va a aumentar el riesgo de ampollas, esguinces y otros problemas del sistema locomotor. Cuando esto sucede, la respuesta suele ser creer que correr es malo, que no es para nosotros y cogerle aversión. El running no es un deporte caro», señaló.

«Una zapatilla con poca amortiguación, mala estabilidad y hasta que no transpire va a aumentar el riesgo de ampollas; esguinces y otros problemas del sistema locomotor. Correr por la calle es gratis. La ropa puede ser mejor o peor, pero las zapatillas son cruciales”, asegura.

La elección de la zapatilla no debe hacerse de manera apresurada. Hay que tomarse tiempo, probar varias y contar con el asesoramiento de un profesional. “Mi recomendación es ir a una tienda especializada donde un dependiente que sabe de running te va a orientar sobre algunos de los modelos que mejor encajan con tus necesidades. Ir sin prisas, olvidarse del pudor y probar muchas. Sin miedo: atarse los cordones y dar algunas zancadas por la tienda para ver si aprietan en algún punto, si notamos algo raro en la planta…

Ahora bien: la zapatilla no lo resuelve ni lo evita todo. Hay peculiaridades de la pisada que solo se solventan con una plantilla individualizada. “Nos va a ahorrar muchas horas de dolores, sesiones de fisioterapeuta y desazón al ver que los resultados en carrera no son todo lo buenos que esperábamos por no tener una pisada eficiente”.

  • Más vale prevenir

Una cosa es echarse una carrera para tomar el colectivo y otra muy diferente correr varios días a la semana. “Antes de lanzarse a entrenar con cierto nivel de exigencia hay que chequear dos órganos fundamentales: el corazón y el pie. Para lo primero está la prueba de esfuerzo. Para lo segundo, un estudio biomecánico de la marcha”. Esta es la gran herramienta de la podología actual. Frente a los antiguos métodos en los que solo se analizaba el pie en reposo sobre una superficie con espejos, las nuevas tecnologías con cámaras de alta velocidad permiten estudiar todo el rango de movimientos del pie en carrera, desde que apoya en el suelo hasta que despega. “Cualquier fallo, por pequeño que sea, puede detectarse. Y ponerle remedio”. (Fuente: Objetivo Bienestar)

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