Un solo cigarrillo quedaba en el paquete. Marco lo sacó y apretó el envoltorio vacío con fastidio pensando que debía bajar a reabastecerse. Planeaba estudiar toda la noche y sabía que no podría hacerlo sin fumar. Se colocó el barbijo y se dispuso a salir cuando una de las ventanas se abrió de repente. Una ráfaga de viento frío y húmedo se coló en el interior del departamento. Se acercó para cerrarla y se percató de que afuera había empezado a garuar.

Dos estampidos se escucharon en ese momento. Venían de la calle que estaba detrás del edificio, a la que daba la ventana abierta; se asomó, pero desde el séptimo piso era imposible distinguir algo; una niebla espesa se mezclaba con las sombras del atardecer. ¿Habían sido disparos? No se preocupó demasiado, hacía apenas dos semanas que vivía allí y aún no le eran familiares los ruidos de la zona. Podían ser estampidos producidos por un caño de escape. Salió del departamento decidido a usar las escaleras en lugar del ascensor. El encierro por la cuarentena, sumado a las horas que le dedicaba a los exámenes, lo estaban entumeciendo y necesitaba estirar las piernas.

Tres meses habían pasado desde el inicio del aislamiento y el invierno se había adueñado de la ciudad, reinaban el frío y los días cortos y oscuros. La gente se había acostumbrado a salir lo menos posible. La famosa curva de contagios seguía acentuándose y la posibilidad de una vacuna aún no era una buena nueva en los noticieros del mundo.

Cuatro materias le faltaban a Marco para recibirse de Técnico en Investigación de la Escena del Crimen. Desde chico le habían atraído las series policiales y la tarea de los detectives. Creía tener condiciones para eso, era intuitivo y frecuentemente descubría quién era el criminal antes de que se develara el misterio. Cuando terminó la secundaria trabajó duramente para independizarse económicamente; se fue a vivir solo y se inscribió en la carrera que lo apasionaba, cuyo cursado, ahora virtual, le permitía seguir en su empleo.

Cinco pisos había descendido cuando un sonido de pasos le indicó que alguien subía, y lo hacía muy rápido. Pensó que no solo a él se le había ocurrido hacer un poco de ejercicio. Se cruzaron en el descanso. Durante un instante Marco miró a la persona en cuestión no pudiendo distinguir si era varón o mujer; la luz era escasa. Llevaba impermeable, la cabeza cubierta con un gorro y anteojos oscuros. Como era usual por esos días, un tapaboca le cubría la cara, un barbijo con rayas horizontales de distintos colores; era el único detalle que resaltaba en la penumbra. Fue sólo un segundo, la persona bajó su cabeza sin detenerse y agilizó su marcha subiendo la escalera, aunque solo hizo un corto trayecto más. Marco escuchó una llave girando en una cerradura en el próximo piso. Quien fuera, vivía en un departamento del tercero. Bajó y salió a la calle, casi desierta. En sus retinas quedó el vistoso tapaboca que llamó su atención en ese encuentro fortuito. Pensó que en ese tiempo de pandemia, irónicamente, no eran los labios, ni las sonrisas, ni las mejillas de las personas los detalles que distinguían su identidad, sino esos barbijos que todos estaban obligados a usar.

Seis campanadas sonaron cuando pisó la vereda. El reloj de la iglesia que estaba a dos cuadras dio la hora exacta. Marco pensó en caminar un poco más e ir al kiosco que estaba a la vuelta, en la calle que estaba detrás de su edificio. Dobló en la esquina y alcanzó a caminar unos metros cuando escuchó unos quejidos que lo hicieron detenerse en seco: un cuerpo yacía tendido en el suelo. Estaba boca arriba, las piernas sobre la vereda y el torso metido en la entrada de un bazar que tenía una especie de pequeño hall de ingreso. El comercio estaba cerrado. En cuclillas, Marco se inclinó hacia la persona tirada; con la luz de su celular pudo ver que era un hombre de mediana edad, pelirrojo, de piel blanca y anteojos recetados. Vestía un sobretodo oscuro que estaba abierto y dejaba ver debajo un ambo color celeste; a la altura del pecho la sangre brotaba a borbotones por orificios que parecían ser ocasionados por disparos de un arma de fuego. El hombre gemía, agonizando; Marco alcanzó a escuchar una palabra que repetía debajo de un barbijo azul: “rainbow”. Luego de unos segundos, con un estertor entrecortado, el hombre cesó de respirar.

Siete minutos pasaron antes de que llegara la ambulancia a la que Marco llamó. Casi al mismo tiempo dos patrulleros se hicieron presentes. Un oficial interrogó al joven y éste informó lo que sabía. La policía revisó la documentación del fallecido: se trataba de un ciudadano neozelandés, al parecer médico por algunos papeles que llevaba consigo. El cadáver fue conducido a la morgue y la policía comunicó a Marco que lo llamarían a declarar como testigo, que tratara de recordar los detalles del caso, aunque fueran mínimos. Regresó a su casa excitado, era increíble lo que le había ocurrido. Esa noche le fue difícil concentrarse en el estudio; para colmo sin fumar.

Ocho de la mañana del día siguiente. Salió del edificio para ir a su trabajo; era personal de seguridad en un supermercado. Al pasar por el kiosco compró cigarrillos y se detuvo ante la pila de diarios recién llegados. El titular de uno local llamó su atención: “Prestigioso médico neozelandés asesinado”. El copete lo sorprendió aún más: “Era un epidemiólogo que había llegado a la Argentina para colaborar con el laboratorio ArgeMed en la investigación para obtener una vacuna contra el Covid 19”. Marco compró el diario y siguió su camino; en su cabeza no paraban de surgir ideas que él trataba de hacer coincidir como piezas de un rompecabezas, apelando a su instinto y a los conocimientos que había obtenido en el transcurso del cursado de su carrera. “Rainbow”, la palabra pronunciada por el médico, repicaba como en su mente como el tañir de una campana.

Nueve científicos componían el equipo del laboratorio argentino que tenía como propósito descubrir la vacuna tan ansiada. Cinco de ellos locales y los restantes, dos noruegos, uno suizo, uno de Nueva Zelanda. La noticia agregaba además un gran avance en la investigación en la que habían cooperado las naciones integrantes, aunando saberes y descubrimientos. Esta información seguramente se había filtrado sin el consentimiento del laboratorio, ya que de darse a conocer hubiera creado grandes expectativas en Argentina y en el mundo. El médico había sido atacado cuando ingresaba al hotel donde residía, contiguo al bazar en el que lo había hallado Marco.

Presumiblemente le habían robado información sustancial acerca del proyecto. Si bien la policía tenía huellas y datos de la escena del crimen, no contaba con pistas sobre el o los autores. Marco leyó varias veces la noticia y a la salida del trabajo se dirigió a la Jefatura de Policía que tenía a cargo la investigación del caso: él tenía una hipótesis y trataría de que lo escucharan.

Diez cuadras había de distancia entre el supermercado y la Jefatura. Las recorrió casi volando, con la ansiedad reflejada en su rostro. Pidió hablar con el oficial a cargo, quien afortunadamente se encontraba en el lugar. ¿Fue la vehemencia que puso el futuro investigador en la exposición de su idea? ¿Fue el perfil profesional del inspector Fuentes quien estaba convencido de que ninguna pista podía desecharse en un crimen, por más descabellada que pareciera? Tal vez fue una conjunción de ambas cosas. Lo cierto es que ese mismo día el inspector libró una orden de registro para los departamentos del tercer piso del edificio en el que vivía Marco. En el 2C fue detenida una espía de nacionalidad británica; entre sus pertenencias hallaron una pistola 9 mm con rastros de haber sido disparada hacía pocas horas, un dispositivo USB conteniendo la fórmula de la vacuna contra el Covid 19 con el membrete del laboratorio ArgeMed y un barbijo con rayas de colores, los siete colores del arco iris.

Por: Alicia Beatriz Scaglia
Taller de Creatividad Literaria

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