Cuando se terminaba esa tarde fría, Elena empezó a preparar la cena. El menú sería: carré de cerdo con salsa de hongos, uno de los platos favoritos de Ernesto, su esposo. En la mesa pondría un mantel que usaba pocas veces y la vajilla de colores cálidos.
El auto se detuvo en el garaje a las nueve de la noche y ella observó que estuviera todo listo. Se abrió la puerta del frente y entró Ernesto con campera y llaves en una mano y portafolios en la otra.
-¡Hola Elena! ¡Llegué! – Dijo aliviado.
-¡Hola! – Hubo un beso rápido.
-¡Qué rico olor! ¿Qué preparaste?
-Carré de cerdo con salsa de hongos.
-¡Bien! Me lavo y vengo enseguida.
Ya sentados a la mesa, él contó anécdotas su día de trabajo y se sirvió dos veces.
-¡Está riquisísimo! -Le dijo-
Elena lo miró agradecida. Ella, de noche, solo comía una ensalada.
-¿Y el Pancho dónde está que no vino a saludarme todavía? -preguntó él mirando alrededor.
-¡Ah!… Hoy lo llevé conmigo hasta la cabañita. Quería ventilarla un poco y buscar hongos bajo los pinos.
-¡Fueron hasta allá!…¡Me imagino cómo aprovechó a correr!
-¡Sí! Se ensució todo.
-¿Y ahora dónde está?
-No está.
-¿Cómo que no está? -Preguntó extrañado.
-No está más -Contestó ella seriamente. –Bueno, la verdad es que lo maté.
-¿Queeé? – Ernesto no podía creer lo que oía.
– Si, lo atropellé con el auto.
-¿Cómo?
-Bueno, viste cómo es… era él, -se corrigió. Cuando entró a la cabaña saltó por todos lados, especialmente arriba y debajo de la cama…
-¿Y?…
-Y… que encontró esto ¿Ves? -Le mostró enojada.
Elena sacó de una bolsa de nylon, escondida bajo un almohadón , una pashmina bastante maltratada. Se notaba aún su textura suave y sus colores vibrantes.
Ernesto se sobresaltó al verla.
-Sí, el Pancho la encontró en un rincón del dormitorio y me la dio. Se la fui a quitar y creyó que estábamos jugando.
-¿Y?… -Repitió él con poca seguridad.
-¿Te creés que no me di cuenta que es de Sara, mi compañera de gimnasia? ¡Sí! Esa que siempre llama por teléfono y no se entiende bien para qué.
-¡Hay millones de pañuelos así!
-¡No! Este tiene SU perfume!
-¡Estás loca! ¿Y el perro qué culpa tenía?
-Estaba tan enojada que subí sola al auto y aceleré con todo. El tonto se puso a saltar adelante y lo pisé. ¡Por TU culpa no tenés más perro.
-¡Sos una desquiciada! ¿Qué ganaste con eso?
-¿Qué querés? ¿Qué la pisara a ella? Ganas no me faltaron. Pero yo no voy a ir presa por esa tipa ni a pasar vergüenza por cornuda.
Ernesto ,confundido, se tomó la cabeza. De pronto se sobresaltó.
-¿Los hongos de esta salsa son los que juntaste?
Elena sonrió con gesto intrigante y contestó: – ¡Claro! Como a vos te gusta.

Por: Ana Ester Comelli
Taller de Creatividad Literaria

Comentarios
¿Qué opinas de esta publicación?
  • Impresionante (0)
  • Interesante (0)
  • Útil (0)
  • Aburrido (0)
  • No me gusta (0)