Desde tiempos remotos, la música siempre le tejió capítulos a los personajes. En esta ocasión servirá para destacar a tres historias detrás de tres canciones. Rubin Carter, Carlos Monzón y Ringo Bonavena tuvieron un final dramático.

El estadounidense murió luego de una larga estadía en prisión por haber sido culpado de un triple crimen que nunca cometió. Pagó cara su condición de hombre de color en un Estados Unidos que siempre saca su costado segregacionista a pesar de proclamar lo contrario. Lo que se conoce como borrar con el codo lo que se escribe con la mano. A «El Huracán» le cortaron los brazos.

 

 

Iba en camino de convertirse en campeón mundial de los medio pesados. El enorme Bob Dylan le dedicó «Hurricane», corte del magnifico Desire. Son cerca de mil palabras donde el juglar describe lo que ocurrió con Rubin Carter en un bar de Nueva Jersey a mediados de junio de 1966.

«Soy eterno, un hijo mas de este credo popular, quizá un tonto. Soy leyenda y por lo tanto, siempre estaré saltando como un mono», es el estribillo de Puño Loco, que se repite tres veces en la canción que León Gieco y Luis Gurevich compusieron en honor a Carlos Monzón. El tema está incluido en Orozco, editado en 1997.

El santafesino le arrebató el título mundial a Nino Benvenuti en Roma, le dio la revancha en Montecarlo seis meses después, defendió la corona de los medianos en catorce oportunidades y se retiró en la ciudad monegasca frente al colombiano Rodrigo Valdez en 1977. Su vida vertiginosa la transitó entre las mieles de la fama y varios escándalos. La muerte de Alicia Muñiz, por entonces pareja del ex campeón mundial, le significó cumplir una pena de once años de encierro. En una salida transitoria, encontró la muerte en los primeros días de 1995 en un accidente automovilístico. Tenía tan solo 52 años.

Oscar Natalio Bonavena se inició en el boxeo en el gimnasio de Avenida Caseros cuando contaba con 15 años. El mote de Ringo se lo ganó cuando una fanática de Los Beatles lo confundió con Ringo Starr. Es que Bonavena se había radicado en Estados Unidos y Los Fav Four filmaban unas secuencias en el Rockefeller Center. Se ligó con Frazier y con Cassius Clay, tuvo duelos épicos con Goyo Peralta y ya retirado un custodio del Mustang Ranch lo asesinó con tiros de escopeta. Tenía 33 años. Era un 22 de mayo de 1976, fecha grabada a fuego en los argentinos, y ya sabremos porqué. Las Pastillas del Abuelo lanzó en 2013 su séptimo registro de estudio, «El barrio en sus puños», en el que reconstruye la historia de Bonavena a través de doce canciones. El álbum en formato físico surge como producto del proyecto devenido en obra de teatro ciego que el septeto llevó a cabo junto al poeta Alberto Sueiro y la compañía del staff del Centro Argentino de Teatro Ciego (CATC), en un teatro de San Telmo.

Bob Dylan ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2016. El motivo alegado por la academia sueca es «haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción». La canción se centra en la figura del estadounidense Rubin Carter, boxeador afro-americano que en mitad de su fulgurante carrera sería acusado y condenado por un triple homicidio del que finalmente, muchos años después, quedó absuelto al no encontrarse ninguna evidencia de su culpabilidad. Aunque la canción (casi nueve minutos de narración casi cinematográfica ininterrumpida en la que Dylan cuenta con pelos y señales todos los detalles concretos del caso) se centre fundamentalmente en las peculiaridades de las acusaciones racistas a Carter, se podría considerar que se convirtió rápidamente en un himno y arquetipo del movimiento por los derechos civiles de las minorías étnicas en EEUU.

Hurricane supuso además la vuelta al éxito de Dylan en el mundo de la canción protesta, del que llevaba ausentado casi doce años por haber incursionado en el misticismo, aupándose rápidamente a las listas y sirviendo como presentación a la sociedad de la inocencia y del propio caso de Carter, que tomó a partir de entonces unas dimensiones mediáticas sin precedentes para un asunto que, por desgracia, no dejaba de ser el pan de cada día en Estados Unidos: negro con pocos recursos (en el caso de Carter, al ser boxeador, se añadió también un supuesto “carácter violento”), acusado y condenado por jurados populares formados en su mayoría por blancos, en procesos colmados de irregularidades. El interés de Dylan en Carter nació a raíz de una autobiografía que este último escribió y consiguió publicar desde la cárcel, en la que se defendía de las falsas acusaciones y denunciaba con pasión la segregación racial que a pesar de todas las revueltas ocurridas entre finales de los años 50 hasta su supuesta normalización en 1968 (coincidiendo con el asesinato de Martin Luther King), seguían imperantes en un país en el que todavía, a día de hoy, sigue siendo complicado hablar de igualdad de razas.

Dylan visitó a Rubin en la prisión de Rahway State, en Nueva Jersey, en el medio de Rolling Thunder, una gira por todo el país y con 650 presentaciones. Años después declaró que tardó meses en poder escribirle una canción debido al impacto que le causó el carisma personal del boxeador y los escalofriantes datos de corrupción judicial de su caso. Quizá por eso, a pesar de que el tema se convertiría en el primer sencillo del álbum Desire, uno de los más populares en la carrera del genio de Minnesota, y alcanzaría el puesto 31 en la prestigiosa lista de la revista Billboard. La letra es casi una crónica periodística rebosante de indignación, y se aleja del lado más poético del cantautor: La versión en vivo que incluye el disco de la gira, es sencillamente magistral.

Carlos Monzón fue campeón del mundo cuando casi nadie lo conocía y se convirtió en uno de los mejores y más reconocidos boxeadores de la historia. Pero también fue el primer femicida condenado por la sociedad antes que por la justicia por el crimen de Alicia Muñiz, su pareja por entonces. La sociedad argentina comenzó a tomar conciencia de la violencia de género (aunque todavía no se la llamaba así) por aquellos días del verano de 1988 y se dio cuenta de que un héroe deportivo también podía ser un asesino. Monzón había sido increíble. Su arte tenía una ventaja competitiva sobre sus rivales de la misma categoría. Muy flaco, era más alto y tenía brazos más largos que sus rivales. Era el único tipo que retrocedía y seguía pegando. En 1970, lo llevaron a pelear contra el campeón del mundo, el italiano Nino Benvenuti en Roma. Casi no lo despidió nadie, salvo algunos familiares. Y Monzón se trajo el título, que defendió en 14 peleas a lo largo de siete años. De esas catorce defensas, Monzón hizo once fura del país y tres en el Luna. Allí, en Corrientes y Bouchard, en su sexta defensa ante Bennie Briscoe, ocurrida en noviembre de 1972, terminó agarrándose de El Malo hasta el final del asalto. Ganó por puntos.

Decidió el retiro, cuanto tenía más ganas de vivir y de probar otras experiencias que de entrenarse. Lo hizo en un escritorio, después de haberse esforzado demasiado para vencer al colombiano Rodrigo Valdez. Hasta ahí, un ejemplo deportivo. Se hizo de abajo, llegó a lo máximo y hasta su retiro en 1977, era el boxeador récord mundial en defensa de su título. Ya había probado el cine, se había separado de Pelusa su primera mujer y madre de sus hijos mayores, y era el novio de la argentina más deseada del país: Susana Giménez, a quien había conocido filmando «La Mary» y de quien se separó a poco de retirarse de la vida deportiva.

Nunca supo qué hacer con su vida libre fuera del boxeo. Probó algunos negocios, entrenar a principiantes, pero lo único que le gustaba era la noche y sus vicios. Libre de los controles y las privaciones de su vida deportiva, se dejó llevar por el alcohol. Otra rubia, a los 23 años, lo encandiló y tuvieron una relación con altibajos. Se casaron y tuvieron un hijo, Maximiliano. Parecía la mujer ideal para sosegar al seductor y volver a formar una familia.

Pero en una de las tantas peleas y reconciliaciones, llegó la trágica madrugada del 14 de febrero de 1988. En un primer momento se dijo que habían caído juntos de un balcón de una casa quinta en Mar del Plata. Pero las pericias de la Justicia determinaron que la ex modelo estaba muerta por asfixia antes de caer. Monzón fue detenido, juzgado y condenado. Todos entendieron la gravedad del asunto. Se trataba de un gran deportista, ídolo de multitudes, pero que en su vida privada había tenido varios episodios violentos.

Entonces, mientras una parte de la sociedad se sacaba el miedo y le gritaba «Asesino», otra, seguía alentándolo como en sus peleas con el «Dale campeón». Murió un 8 de enero de 1995 en un accidente automovilístico, cuando ya gozaba de un régimen de salidas transitorias de la cárcel. Estaba llegando tarde de regreso y temía ser sancionado. Pisó el acelerador de más, así como también había bebido de más. Mordió la banquina, volcó y falleció casi instantáneamente. Sus restos fueron despedidos por una multitud en su Santa Fe natal.

Se calculan que asistieron a su sepelio unas 60 mil personas que le dieron el último adiós a su más grande ídolo deportivo. Pero también a un hombre que mató a su pareja y pagó con la cárcel por ello lo que decidió la justicia.

Con tan solo 17 años y dos de haber comenzado a practicar el arte de los puños, Ringo Bonavena se consagró campeón amateur, en 1959. A raíz de una suspensión de parte de la Federación Argentina de Box, tuvo que iniciar su carrera profesional en EEUU, la meca de este deporte. El incidente ocurrió en una pelea frente al estadounidense Lee Carr en el marco de las Juegos Panamericanos de San Pablo 63. Bonavena, quien estaba recibiendo una tremenda paliza, no tuvo mejor idea que morder la tetilla izquierda de su oponente. Unos años después llegó el desquite y en el campo profesional lo noqueó.

En su debut venció al campeón canadiense George Chuvalo y a otros aspirantes al título mundial como Zora Folley, Mildenberger o Leotis Martin. Combatió dos veces contra Joe Frazier -en la primera lo derribó en dos oportunidades-, y el 7 de diciembre de 1970 enfrentó a Cassius Clay en el MSG. Lo tuvo a maltraer promediando la pelea, que resultó ser sumamente pareja e iba punto a punto en las tarjetas. En el último asalto se equivocó, fue al frente y Clay tuvo su chance. Fue KOT para el mejor de todos los tiempos. Esa pelea tuvo el rating más alto (79.3) en la historia de la televisión hasta que en 1990 fu superado por una de las semifinales del Mundial de ese año, en la cual Argentina dejó en el camino a Italia en la ronda de los penales teniendo un pico de 82 puntos. Ringo tuvo la particularidad de pelear en distintos lugares del país y no solamente en el Luna. Por ejemplo, le ganó por KOT a Carlos Vasquez el 8 de mayo en Roca. Sus duelos con José Menno, Santiago Lovell y Miguel Páez fueron muy recordados pero con Gregorio Goyo Peralta había algo muy especial. Era el combate de las antinomias. Al sanjuanino la gente lo quería por su humildad, mientras que resistía a Ringo por su arrogancia. Goyo era peronista y Bonavena, un antiperonista proveniente de una familia radical.

En 1965 no faltó nadie al Palacio de los Deportes. Fueron 25236 espectadores y Ringo le arrebató el título de campeón argentino a Peralta.En febrero de 1976 le ganó a Billy Joiner en Nevada y fue su última actuación.Su palmarés fue 58,9,1.»Esto es un circo, viejo. Alrededor del ring hay mesas con faisanes, champagne, putas hermosas vestidas de gala, millonarios con guardaespaldas, camareras prácticamente en bolas sirviendo, risotadas, todo el mundo fuma habanos o cigarrillos o marihuana. Es una cagada, un desastre. ¿Quién puede pelear así? Ah, -recordó azorado- te tiran comida al ring si algo de lo que estás haciendo no les gusta. Pan y circo, viejo. Yo aquí no peleo más…», dijo Ringo en lo que fue su primera y única pelea -la última de su carrera- bajo un contrato que obraba en poder de Joe Conforte. Sally Conforte fue la primera en enterarse sobre esta queja de Ringo y su amenaza de romper el contrato y no pelear más en el Mustang Ranch. Y trató de calmarlo. Le regaló 7000 dólares de su bolsillo y le facilitó lograr documentos de identidad como residente definitivo de los Estados Unidos, algo muy difícil y valorado. Para ello lo hizo «casar» con una de sus chicas: Cheryl Anne Rebideaux, de 24 años. Esta despampanante criatura era además – y nada menos- la novia de William Ross Brymer, el guardaespaldas personal de Joe Conforte. Brymer había sido boxeador profesional, visitó levemente algunas prisiones por «amenazas a una mujer», «tenencia de narcóticos» y «asalto a mano armada». No veía del ojo derecho a raíz de un desprendimiento de retina, siempre estaba armado, odiaba a Ringo y una vez haciendo guantes quiso sobrepasarse hasta que Bonavena le metió un cross de izquierda y lo puso nocaut. Esto aumentó su rencor.

Pasada la medianoche del 21 de mayo de 1976, Bonavena estaba jugando en el Casino Harrah’s. Recibió un llamado telefónico, se trataba de una provocación. Finalmente, de una trampa. Tenía todo programado para regresar a Buenos Aires la noche siguiente, la del 22 de mayo de 1976 en Aerolíneas Argentinas, vía Los Ángeles. No obstante, e increíblemente entre las 6:15 y las 6:30, según el sheriff Bob De Carlo, tras aquella llamada Ringo salió velozmente en su auto Chevrolet, modelo Montecarlo Coupe 75′ color caramelo, desde el Harrah’s hacia el Mustang Ranch. Su amigo Morales había desaparecido de «los lugares que solía frecuentar» después de la señal mafiosa que dejaron sus objetos personales incinerados. Había quedado solo.

-Eh, oigan bien ustedes, estúpidos guardaespaldas de cuarta, voy a entrar de cualquier manera- amenazó Ringo desde la calle frente a la puerta del Mustang Ranch, sabiendo que alguien le apuntaba desde lo alto.
– Te conviene irte amigo- le respondió John Coletti, desde una amplia mirilla de la puerta principal.

No hubo tiempo para más. William Ross Brymer, con una escopeta Remington 30-08, le disparó desde lo alto y una de las seis balas descargadas atravesó el corazón de Ringo.

El 28 de mayo, seis días después del asesinato, su cadáver llegó a Buenos Aires y ni la lluvia ni la cruel dictadura militar que se había instalado dos meses antes pudieron contener a las 150 mil personas que acompañaron el féretro desde su velatorio en el Luna Park hasta el cementerio de la Chacarita.

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Marcos Di Lernia

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